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Discurso del Prof. Luis A. Riveros, Rector de la Universidad de Chile, en Ceremonia de celebración del Día del Profesor Normalista.

20 de agosto de 2005.
Salón de Honor. Universidad de Chile.


 

Quisiera, darles la bienvenida a la Universidad de Chile, a nuestro Salón de Honor en la Casa Central. Quiero entregarles un saludo cariñoso a nombre de la Universidad de Chile, por lo que ustedes significan, han significado y deben significar para la educación chilena. Quiero decirles que el hecho que este acto tenga lugar en el Salón de Honor no se considera un préstamo de local para una actividad, sino que lo sentimos como un compromiso con la educación que el país reclama. Tanto nosotros desde aquí, como Chile entero, desde tantas situaciones, demandamos a los poderes políticos para que de una vez por todas la educación en Chile vuelva a ser un capital nacional y no simplemente la adquisición de un servicio por parte de quienes pueden pagarla, mientras los pobres reciben una educación deficitaria, de mala calidad que ni siquiera los habilita para el desempeño profesional y menos aún para la educación superior.

Todos los que en mi generación tenemos una formación que viene de la escuela primaria del Estado, del liceo público y de la universidad estatal, hemos recibido una influencia indeleble del profesor normalista. Del profesor normalista que nos educó, de aquel que nos enseñó parte de los fundamentos de nuestro desarrollo personal, nos enseñó a ser personas, cosa que hoy no se enseña con suficiente énfasis en la educación que prevalece en nuestro país. Nos enseñó a ser responsables, nos enseñó a convertirnos en un ser humano, algo que tampoco se enseña hoy satisfactoriamente en ningún nivel de nuestra educación. Por lo tanto, nuestra generación no tiene esa mirada desdeñosa hacia el pasado cuando nos formamos como personas y se nos habilitó, educacionalmente bajo un Estado generoso y cumplidor que nos llevaba de la mano y nos permitió a muchos dar el salto crucial que hoy tantos están inhibidos de poder efectuar.

Quienes tuvimos la vocación de estudiar pedagogía, nos encontramos con muchos que venían de la escuela normal y desde entonces una cuestión que hoy resulta fundamental e innegable, que las escuelas normales, aparte de ser formadoras, seleccionaban vocaciones pedagógicas. Formar un pedagogo no es solamente entrenar a una persona para que pueda ser un buen empleado al servicio de los estudiantes que tiene en la sala de clases; formar un pedagogo significa construir un alma disciplinada al servicio del semblante vocacional de los jóvenes y los niños. Las escuelas normales seleccionaban esas vocaciones que posteriormente iban al Instituto Pedagógico y de ahí surgieron grandes profesores no sólo de la enseñanza media, sino también de la universidad; eran un producto de la escuela normal. Al desaparecer la escuela normal, el sistema se inhibió en su desarrollo vocacional y se provocó esta debacle a la que se agregó la situación contractual y profesional de los profesores. Hoy la formación pedagógica es simplemente deficitaria, porque falta el alma de ella, que es la vocación, en primer lugar, y porque falta el estímulo de un sistema que la acoja y permita que el profesor haga un aporte sustantivo en días difíciles para las pedagogías. No hay que olvidar que en cualquier sala de clases hoy los jóvenes traen más información obtenida de Internet o de los medios comunicacionales que cualquier conocimiento que el profesor puede entregar, lo cual aumenta para ellos el desafío vocacional que se presenta.

Hoy, más que entregar conocimiento, el profesor debe ser efectivamente un conductor de la búsqueda por parte de los jóvenes, y si los profesores no son formados en esa vocación la educación se convierte en algo redundante. Como alguien lo ha escrito, las paredes de la escuela se han derrumbado, la escuela está inmersa y permeada totalmente por el medio, y por lo tanto, el profesor de hoy más que nunca, más que antes, debe ser un formador de vocación y debe ser el mismo una persona seleccionada por sus propias vocaciones para orientar a aquel niño que tiene preguntas y busca respuestas. Por eso creo, en días en que los políticos hablan de tantas cosas, en que estamos acostumbrados a campañas mediales, en que estamos acostumbrados a titulares, sin embargo, no nos hemos acostumbrado todavía a demandar de los políticos respuestas concretas frente a las demandas del país.

Los profesores tenemos la obligación de exigir una respuesta respecto a qué es lo que vamos a hacer con la educación chilena. Si acaso vamos a permitir que la educación chilena siga subsistiendo para ponernos como uno de los países con una de las peores educaciones del mundo, si vamos a permitir que la educación chilena siga sustentando una de las distribuciones de ingreso más vergonzosa del planeta, si vamos a permitir que la educación chilena se siga deteriorando en calidad y en equidad, si vamos a permitir que la educación chilena sea simplemente un aspecto decorativo de las funciones públicas. O, en cambio, si vamos a querer una educación que de verdad potencie a nuestros niños para la sociedad del conocimiento o si vamos a querer una educación que potencie a nuestros jóvenes para dar un salto social que necesitamos para que el país tenga igualdad y crecimiento o si vamos a querer una educación que efectivamente nos ponga al día con el intelecto del mundo y no con el intelecto del pasado, de la historia y del atraso.

Pienso que en esta celebración, es importante hacerse estas preguntas y es relevante que cada uno en nuestros corazones tenga ese compromiso para exigir que no solo valgan las declaraciones, los discursos y las sonrisas. Aquí son importantes los compromisos políticos y un compromiso político es fundamental para este país: la educación para los niños de Chile. Cuando a los profesores universitarios poco se nos escucha en estas materias, cuando tantas veces los rectores de universidades estatales hemos declarado nuestro compromiso con estas tareas y hemos exigido que existan pronunciamientos respecto de estos deberes ineludibles del estado chileno. No hay respuestas, sin embargo, o hay respuestas evasivas que conducen posteriormente a ese enorme desencanto de nuestros jóvenes. Hay un gran desencanto y una gran frustración de la juventud chilena, porque no ve perspectivas con un sistema que lo hacemos funcionar como si fuese un supermercado. Pero la educación no puede ser un supermercado; la educación es para formar personas.

Quería transmitirles todo esto, porque creo que para los profesores un minuto de celebración debe ser siempre también un minuto de compromiso hacia el futuro. Los profesores hemos sido por vocación formados para mirar hacia el futuro, no para mirar hacia el pasado, porque estamos formando gente, niños y jóvenes para el mañana y como esa es nuestra vocación, nuestro sentimiento, nuestro corazón, es muy importante preguntarnos qué va a pasar con la educación chilena del mañana. Cuando celebramos un día tan importante como éste, en que conmemoramos parte de nuestra historia, parte de la tradición del país, de las fuertes raíces de la educación chilena, también es importante mirar hacia el futuro y exigir que haya una respuesta a lo que vamos a hacer con la educación chilena para llegar a ese Chile de crecimiento, a ese Chile de equidad, a ese Chile de expansión, a ese Chile de presencia internacional que todos queremos, y que esté en todos los discursos políticos, pero que requiere una base importante no asegurada.

Los niños y jóvenes, sobre todo los niños y jóvenes pobres, merecen una educación de calidad y, por lo tanto, se requiere un compromiso distinto con los profesores, con la formación del sistema a todos los niveles, incluyendo naturalmente a las universidades. Les deseo un feliz día, pero que sea también un día de compromiso y de mirada futura.

 

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