SOBRE UN POEMA DE PARRA

 

Por Ignacio Valente

 

En el último número de Arúspice revista de poesía editada en Concepción, leo un asombroso poema de Nicanor Parra, circundado por versos de jóvenes émulos que ostentan su influjo visible, si bien se acercan más a la mecánica del antipoema que no al humor personal e irrepetible de su creador. No me resisto a citar completo, así sea a renglón corrido, este sencillo y memorable poema:

 

La madre de un hombre está gravemente enferma
Parte en busca del médico
Llora
En la calle ve a su mujer acompañada de otro hombre
Van tomados de la mano
Los sigue a corta distancia
De árbol en árbol
Llora
Ahora se encuentra con un amigo de juventud
¡Años que no nos veíamos!
Pasan a un bar
Conversan, ríen
El hombre sale a orinar al patio
Ve una muchacha joven
Es de noche
Ella lava los platos
El hombre se acerca a la joven
La toma de la cintura
Bailan vals
Juntos salen a la calle
Ríen
Hay un accidente
La muchacha ha perdido el conocimiento
El hombre va a llamar por teléfono
Llora
Llega a una casa con luces
Pide teléfono
Alguien lo reconoce
Quédate a comer, hombre
No
Dónde está el teléfono
Come, hombre, come
Después te vas
Se sienta a comer
Bebe como un condenado
Ríe
Lo hacen recitar
Recita
Se queda dormido debajo de un escritorio.

Hay una novela de Kafka, absurda y conmovedora, hay una parábola trágica de la condición humana, hay la substancia de muchos ensayos en este breve poema. Sus versos, lacónicos, convencionales de intento, inducen a pensar en esta nunca bien ponderada función de la palabra poética: decir un mundo en una estrofa, encerrar en un mínimo sistema verbal un máximo de amplitud humana, una experiencia que el novelista debe desarrollar en múltiples secuencias narrativas, o que el hombre de pensamiento debe refractar en las plurales dimensiones de su análisis. A un poeta, más cerca de los dioses, han de bastarle pocas líneas para revelar la existencia en la palabra.

He aquí el privilegio de la poesía, uno de los pocos que resisten a este avasallador intento poético de la narrativa actual, y sobre todo de la novela latinoamericana. Cortázar, Fuentes, Rulfo, Vargas Llosa, ¿no aspiran todos ellos, por distintos caminos, a absorber en la palabra narrativa determinadas exploraciones de la imagen, de la música, del mito, del sueño, de la libertad expresiva, del uso y la conciencia verbal, que se habían reconocido como más propias o aún excluyentes del poema?

Sus novelas, sin embargo, son por lo general extensas y farragosas, y consagran un gran esfuerzo a escapar del decir trivial. Lo que la poesía salva para sí de esta simbiosis es, por el contrario, su esencialidad, y su poder de transfigurar precisamente los desechos del habla cotidiana. Decir al hombre en dos o tres movimientos expresivos. Intuir la vida en cuatro giros del idioma. Reflejar al grotesco o al conmovedor individuo humano en la quintaesencia de una situación vulgar.

El lenguaje poético se concentra, entonces, en la línea de una creciente intensidad. No obstante estar el mismo contagiado de una apariencia prosística de un tono prestado de la crónica, del coloquio, de la narración -como aparece claro en este poema-, su fuerza secreta radica en esos destellos concentrados de intuición que se encierran en un simple matiz verbal. Si hoy la narrativa tiende a la condición del poema, y viceversa -y en este viceversa está toda la poesía de Parra-, pocos signos más propios quedan de la palabra poética que esta máxima concentración expresiva.

El lector inadvertido atribuirá a este poema la forma de la prosa, su despreocupación verbal, su continuidad narrativa. Parece, incluso, el resumen apretado de un relato, la sinopsis de un cuento. Sin embargo, frente al carácter abstracto y esquelético que una tal síntesis tendría, este poema se arrroga una estilización tan concreta de la existencia, una carga humana tan ostensible y exacta en cada verso, que incluso parece describir la vida con lujo de detalles. La condición humana en una breve anécdota. La transferencia de los fines, la fuga de los objetivos, lo que la vida hace con nosotros al margen de nosotros mismos entre risas y llantos vacíos, la alienación tragicómica de la voluntad... Es una parábola, no una alegoría. Tiene la concreción esencial de un poema, no el dispendio comprimido de un relato.

Los materiales de construcción de este poema acentúan la impresión de flaccidez prosística, pero también, por eso mismo, el valor de su triunfo expresivo. Son frases hechas, giros convencionales, elementos típicos y genéricos que aún dentro de un relato resultarían obvios, fáciles, lugares comunes. Pero en el poema, y a fuerza de exacerbar su convencionalismo y su vulgaridad, tales expresiones se tornan esenciales, dramáticas, y revisten una figura que es tanto más terrible cuanto más anónima y universal. Esta es la maestría del poeta: bordear en todo momento una abstracción trivial, una alegórica vulgaridad, y extraer de esos .materiales una historia que tiene la realidad inapelable de las situaciones singulares, así como la universalidad que esas situaciones cobran en la poesía verdadera.

Su fondo de experiencia, tan evidente, concentra la materia de amplias disquisiciones de un Freud, un Sartre, un Heidegger. El poeta nos hace reconocible y próximo lo que los conceptos nos han hecho difuso y lejano. Su descarado pesimismo, sin embargo, se matiza con un elemento diverso y no menos indudable: lo conmovedor, casi lo patético. Hay aquí un sello del más auténtico Parra: la piedad, la piedad conmovida y reverencial por la condición humana.

Este protagonista que da su título al poema –"Un hombre"- no es el sujeto despreciable de la "pasión inútil", no es el animalillo sexual o el neurótico, no es la abstracción del "ser para la muerte", no es el abominable individuo caído en la cotidianidad. Es un hombre, el ser compasible que abrazamos en nuestro prójimo, un personaje que por encima de su sonámbula alienación vale más que todos los reinos de este mundo, y sobre quien, dormido en el escritorio después de la grotesca sucesión de contingencias, se inclinan la misericordia humana y la piedad de los ángeles. ¿No prolonga este poema una resonancia ulterior, una imagen más allá de sí mismo, y en esta imagen los ángeles consuelan al pobre, al atribulado, al enajenado protagonista de este juego de títeres?

Antologistas de todo el mundo, uníos en la selección de este siniestro y hermoso poema de Nicanor Parra.

 

 

 

En: El Mercurio, Santiago, 4 de agosto de 1968.

SISIB y Facultad de Filosofía y Humanidades - Universidad de Chile