HISTORIA DE HIJOS PRÓDIGOS

I

Aquí se encienden velas.
Poco a poco nos reconocen los parientes y las cosas.
La arrugada pared de madera que de nuevo recorren nuestras manos.
La escalera quejumbrosa
en donde espera un sueño
que en vano intentará cerrar nuestros ojos.

En el silencio no se sonríe a nadie.
Sólo una niña que aún no sabe hablar
sigue hablando con su sombra.
Quizás es la sombra de una muerta
que quisiera comunicarse con nosotros.

Se cierra rechinante una ventana
abierta hacia el cementerio del cerro. Va a haber temporal.
Van a guardar los animales . Nadie se acuerda de la luna cansada de delatar
a los ratones que roen manzanas en la bodega.
Los postes del telégrafo
hacen más desnudos y vastos los caminos solitarios.

Aquí se encienden las velas.
Un espejo despierta.
En su fondo muestra una calle en donde sentados en la cuneta
veíamos a otros niños elevar volantines.
Una calle atravesada por un tren fatigado (desde la ventanilla del carro mirábamos pasar sin amor ni odio al pueblo).
Una casa con un cuarto abandonado. El viento se entretiene en lanzar cartas y cuadernos por la
           ventana.
Un sendero olvidado en donde el último caballo de la tierra y una muchacha que aún no nace
esperan que apaguemos las velas.

(No nos hallábamos aquí.
No nos hallábamos en ninguna parte.

El cuerpo de toda mujer era el fin de una casa extraña y deshabitada.
Las palabras de los amigos
eran las mismas de los enemigos.
Nuestro rostro se transforma en el rostro de un desconocido).

Bajo las oscuras vigas soñolientas
la madre saca el pan recién nacido
del vientre tierno de la cocina.
El padre ofrece el vino
y los vasos se alzan con un gesto inmemorial.

 II

Porque una niña que no sabe hablar habla con su sombra.
Porque esta noche de temporal deben encenderse velas y un espejo despierta para contarnos nuestra historia.
Porque una ventana se ha cerrado rechinando tras una última mirada al cementerio del cerro.
Porque en un gesto inmemorial nos han sido ofrecidos el pan y el vino,
así como toda la vía láctea cabe en el cuadrado de la ventana,
cabe en un solo momento de esta herrumbrosa noche de invierno
un tiempo verdadero
del que sobreviven las semillas del pan y del vino.
Un tiempo como el girar de un trompo en la mano o el girar de las estaciones y los planetas
en donde todos tenían su tarea perfecta
y artesanos y comerciantes,
pastores y labradores,
escribas y sacerdotes,
bebían en paz el vino fraterno al final de la jornada, rodeados de la música de las constelaciones y los árboles,
mientras las mujeres aguardaban junto a los niños y frutos dormidos en el hogar, con el fuego y el amor que no cesan.

III

La niña ha callado.
La madre lleva a dormir a la niña y apaga el fuego de la cocina.
El temporal habla a la casa en un lenguaje que ya hemos olvidado.
El padre nos ha acogido pero somos nosotros los que no lo reconocemos.
Quizás nuestros rostros queden en el espejo
junto al último caballo de la tierra y una muchacha que aún no ha nacido
esperando ser recuperados por nuevos Hijos Pródigos.
Hemos consumido el vino y el fuego.
Los caminos que van a la ciudad nos esperan.

De Poemas del país de nunca jamás, 1963.

 

SISIB y Facultad de Filosofía y Humanidades Universidad de Chile