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Columna de Opinión:

El cine es arte y escuela

El académico del Instituto de la Comunicación e Imagen, Ignacio Agüero, se refiere en esta columna de opinión a las potencialidades que tiene el cine en la educación de los niños y jóvenes, todo esto, a partir de la experiencia del proyecto "Cero en Conducta" vivida en la escuela Pedro Quintana Mansilla, en Coyhaique, en el marco de la Semana de la Educación Artística.

A partir de la experiencia del cine, plantea el profesor Agüero, los estudiantes Verán que el mundo es muy ancho y que las emociones de los personajes de las más distantes geografías.

A partir de la experiencia del cine, plantea el profesor Agüero, los estudiantes "Verán que el mundo es muy ancho y que las emociones de los personajes de las más distantes geografías".

El cine es, por sí mismo, un fenómeno con enorme capacidad formativa para los jóvenes. Tanto al momento de ver películas como al de hacerlas. El lugar ideal para practicar esta formación es la escuela, pues ahí van los jóvenes todos los días.

Imaginemos un curso mixto de jóvenes de 15 años que en hora y media de clases de un día lunes oscurece completamente la sala con bolsas de basura  de modo que no entre nada de luz, ni por las ventanas ni por las rendijas de las puertas, y que luego de comprobada la total oscuridad prueba el haz de luz de un proyector de modo que ilumine solo el rectángulo de la pantalla. Que luego comprueba la calidad y el volumen del sonido.

Imaginemos que el día martes, en esa sala completamente oscura y correctamente sonorizada, los alumnos ven veinte minutos de La Recta Provincia de Raúl Ruiz; veinte minutos de Al azar Baltazar, de Robert Bresson; veinte minutos de Machuca, de Andrés Wood, y veinte minutos de Barakha, de Ron Fricke, en una clase en que el profesor solo indica la nacionalidad de la película y del director, el año y el lugar donde se filmó, mostrándolo en un mapamundi, y no dice nada más. Al final de la clase los jóvenes quedan estupefactos porque el profesor no les ha explicado nada, los ha dejado solos con las imágenes de esas películas.

Al día siguiente, miércoles, vuelven a ver fragmentos de películas. El jueves el profesor, que es quien selecciona los fragmentos, pues son películas que ha visto y que le gustan mucho, muestra veinte minutos de Padre Padrone, de Paolo y Vittorio Taviani; veinte minutos de Los Cuatrocientos Golpes, de François Truffaut; veinticinco minutos de El inmigrante, de Chaplin; veinte minutos de Romeo y Julieta, de Franco Zeffirelli.

El viernes, último día de la semana, los alumnos sacan las bolsas de basura de puertas y ventanas, las doblan y guardan para una próxima vez. En los 70 minutos que quedan los alumnos, iracundos, piden al profesor que les explique las películas y por qué las han visto, que si les hará una prueba y qué valor tendrá esa nota,  qué significa el mono que se baña en una laguna de agua caliente en la película Baraka. El profesor les dice que las películas se explican por sí mismas, que pueden conversar sobre ellas, que investiguen por internet lo que se dice de ellas pero que él no tiene nada que explicar pues todos han sido espectadores iguales. ¿Quién es él para explicarles las películas? También les dice que en el cine no se ponen notas, que no hay respuestas mejores que otras, y que el mono de Baraka es lo que vieron. El profesor anota en la pizarra todas las preguntas de los alumnos. Fin de la clase, fin de la semana.

¿Qué es lo que ha ocurrido? Ha ocurrido una gran experiencia formativa. Los jóvenes pasarán el fin de semana con miles de imágenes que los molestarán hasta el lunes cuando volverán a asaltar al profesor con cientos de preguntas. No podrán sacarse de la cabeza el beso de Machuca con su amiga mientras comen leche condensada y lo compararán con los besos de Romeo y Julieta; recordarán los golpes que sufre el burro Baltazar, recordarán la orina del niño Gavino cuando su padre lo saca de la escuela para llevárselo a trabajar; volverán a reír a carcajadas recordando a Chaplin intentando engañar al mozo que le pasa la cuenta y él no tiene cómo pagar.

Verán que el mundo es muy ancho y que las emociones de los personajes de las más distantes geografías y tiempos se parecen a las suyas; experimentarán de un modo íntimo e individual nuevos pensamientos y emociones que los harán mirar de otro modo su propio barrio, a sus propios padres, a su propia escuela. Pensarán, llorarán, crecerán. Experimentarán, sin saberlo, que el cine porta la otredad, y cuando en otra semana el profesor les pase unas cámaras y ellos filmen el entorno de su propia escuela, experimentarán, sin notarlo de inmediato, que ellos pueden crear el mundo y que son iguales al que hizo Machuca, a Truffaut, a Ruiz. Que por primera vez no se les explican las cosas y tienen que quedarse con las dudas y las preguntas y los temblores como si fueran seres humanos, seres capaces de sentir y pensar por sí mismos, desde su propia fragilidad. De eso se trata el arte, de hacerse las grandes preguntas. Y en la escuela se trata de que el alumno pueda retirarse del rol de alumno objeto de instrucción para experimentarse a sí mismo como ser pensante y creador.  

Así ha sido la experiencia del proyecto CERO EN CONDUCTA del Instituto de la Comunicación e imagen de la Universidad de Chile, vivida en la escuela Pedro Quintana Mansilla, en Coyhaique, bajo el alero de la SEMANA DE LA EDUCACIÓN ARTÍSTICA, de la cual esta Universidad integra su directorio, en la esperanza de que esta Semana deje de existir cuando el arte sea una práctica constitutiva de la escuela chilena.

Ignacio Agüero, académico del Instituto de la Comunicación e Imagen.

Viernes 19 de mayo de 2017

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