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Columna de opinión

Re-pensar la economía con Ha-Joon Chang

El próximo 22 de agosto, el destacado profesor de economía del desarrollo de la Universidad de Cambridge, Ha-Joon Chang, recibirá el premio Doctor Honoris Causa e inaugurará el Magíster en Desarrollo y Cooperación Internacional del Instituto de Estudios Internacionales (IEI) de nuestra casa de estudios. A juicio del académico del IEI, José Miguel Ahumada, esta ocasión "ofrece una gran oportunidad para repensar la forma en que la economía y el desarrollo se han entendido y enseñado en nuestro país desde hace más de cuarenta años", tal como indica en esta columna.

Según el académico, la venida del prof. Chang permite pensar en la economía de formas desafiantes para un país como el nuestro, y su status quo.

Según el académico, la venida del prof. Chang permite pensar en la economía de formas desafiantes para un país como el nuestro, y su status quo.

El 22 de agosto será la ocasión en la que Ha-Joon Chang recibirá la condecoración Doctor Honoris Causa de la Casa de Bello.

El 22 de agosto será la ocasión en la que Ha-Joon Chang recibirá la condecoración Doctor Honoris Causa de la Casa de Bello.

El académico José Miguel Ahumada también establece que esta visita a la Universidad de Chile permite re-pensar nuestra propia enseñanza económica, con otra mirada de futuro, a su juicio.

El académico José Miguel Ahumada también establece que esta visita "a la Universidad de Chile permite re-pensar nuestra propia enseñanza económica", con otra mirada de futuro, a su juicio.

Veamos el asunto más detenidamente.

En Chile la economía como disciplina ha gozado de un status privilegiado ante el resto de las ciencias sociales. A diferencia de éstas últimas, la economía se atribuye el poseer, cual ciencia natural, un conocimiento técnico, neutral y objetivo sobre la receta para que una sociedad pueda producir y distribuir sus bienes materiales de la forma más eficiente y productiva posible. Esta receta es tan fácil como universal: eliminar todas las barreras políticas arbitrarias que limitan que los agentes privados puedan intercambiar sus bienes y servicios en un espacio natural (esto es, despolitizado) movidos cada uno por sus cálculos de utilidades (marginales y decrecientes, como reza el mantra marginalista).

En esas interacciones libres (de ataduras políticas), la competencia espontánea del mercado generaría los incentivos necesarios para que los empresarios encontraran las áreas más eficientes para producir y a su vez invirtieran en nuevas tecnologías y bienes. Así por ejemplo, abrir el mercado a la competencia internacional permitiría que cada país se especializara en sus ventajas comparativas; el libre flujo de capitales entre países, a su vez, permitiría la acumulación de capitales necesaria para realizar nuevas inversiones, mientras que la protección de la propiedad (material e intelectual) generaría los incentivos y certidumbres para que los empresarios tomaran riesgos y descubrieran nuevas formad de producir.

La estrategia que se derivó de este relato fue clara: Chile debía, si de aumentar la libertad y el desarrollo se trataba, privatizar las empresas, desregular el mercado financiero, firmar acuerdos comerciales con la mayoría de los países junto con reducir el Estado a un rol meramente subsidiario y cuya única función fuera la de proteger los derechos de propiedad.

Así visto, el economista en Chile cumplía con un rol determinante: ser el científico neutral que resguarda la libertad del mercado y la apertura comercial ante las interferencias que pudieran emerger del Estado conducido por grupos de interés y populismos de todos los colores. Ese rol de guardián de la verdad científica ante la política es, en efecto, uno de los consensos más sólidamente impuestos en el país y que aún guarda una fuerza aplastante.

Pues bien, Ha-Joon Chang ha elaborado una visión que está en las antípodas de esa pretensión universalista, tecnocrática y despolitizada de la economía. Ya a principios de la década del 2000, Chang escribe un artículo que removió el piso de la disciplina. Su tesis era que esa esfera de ‘libre mercado’ independiente de las ‘interferencias del Estado’ (y que debía ser defendida por el economista neutral y técnico) era un espejismo que ocultaba, de hecho, intereses políticos específicos. Chang se hacía la siguiente pregunta: ¿Por qué consideraríamos una interferencia al libre mercado aumentar el aumento de, por ejemplo, los aranceles pero no que los niños no tengan hoy derecho a trabajar en una fábrica, o que los votos no se puedan vender libremente en un mercado, o que exista un salario mínimo? Todos esas normas, dice Chang, son ‘interferencias’ efectivas al mercado y, sin embargo, las naturalizamos y no nos referimos a ellas como ‘interferencias arbitrarias’ al libre juego del mercado.

De esta forma, que una medida sea consideraba o no ‘interferencia’ al ‘libre mercado’ depende de los valores dominantes de una época, esto es, de la ideología política hegemónica de un sociedad. Aún más, sostiene Chang, los principales precios de un ‘mercado libre’ (salario, interés y tipo de cambio) también son, en gran medida, resultado no del espontáneo juego de oferta y demanda entre individuos libres, sino de relaciones de poder entre grupos sociales y de regímenes institucionales (que a su vez son el resultado de pactos sociales). Mientras el salario está determinado, entre otros elementos, por la capacidad de negociación del trabajo y las reglas laborales, el tipo de interés viene condicionado por la Tasa de Política Monetaria establecida por el Banco Central, institución cuyos objetivos y composición son políticamente establecidos. A su vez, el tipo de cambio existe en varias formas institucionales (flexible, fijo o ‘sucio’) y su nivel está sujeto a diferentes instrumentos utilizados públicamente de acuerdo a objetivos políticos decididos de antemano.

Así, el ‘libre mercado’ está internamente plagado de relaciones de poder, regímenes institucionales específicos e ideologías dominantes que naturalizan ese entramado y acusan a toda norma y política ajena a dicho entramado dominante como ‘interferencias arbitrarias’. La economía, así visto, es necesariamente un fenómeno político.

Pero Chang no se quedó solamente con esa conclusión. Aquella visión de economía política (heredera ecléctica de lo mejor de A. Smith, F. List, K. Marx, T. Veblen, K. Polanyi, J.A. Schumpeter y F.A. Hayek) lo llevó a dudar de la receta universalista de la ciencia económica dominante. Rechazando el razonamiento excesivamente matemático de la disciplina actual, Chang, en su famoso libro Kicking away the ladder (2003), optó por un análisis histórico, institucional y comparado para analizar las causas profundas del despegue de los países hoy desarrollados. En aquella obra, Chang desnudó la falta de evidencia histórica de la receta neoliberal: Ni Inglaterra ni EEUU, ni los países nórdicos, ni Corea del Sur, ni Taiwán, ni Japón habían seguido dicha receta durante sus respectivos despegue económicos. Muy por el contrario, en cada uno de los casos, el Estado aplicó un amplio conjunto de políticas de promoción de exportaciones, protección arancelaria, fuertes inversiones en bienes públicos y educación, junto con un sistema financiero fuertemente articulado hacia el sector industrial y un rol clave del Estado en conducir inversiones hacia sectores con potencial tecnológico.

Mientras el discurso dominante señalaba al mercado como el amo del proceso económico, Chang sostenía que en los casos exitosos de despegue éste había sido únicamente un excelente siervo gobernado por un proyecto estatal de desarrollo industrial. Sin embargo, dichos países que habían crecido a partir de dicha estrategia (particularmente EEUU), a partir de mediados de los 1980s hacia adelante, presionaban a los países pobres para que implementaran la estrategia neoliberal. Vía la OMC y los TLCs buscaban imponer el libre comercio e impedir el uso de políticas industriales que les habían traído tan buenos resultados a ellos. A dicha actitud de los países desarrollados hacia los países pobres, Chang lo denominó en su libro del 2009 como los ‘malos samaritanos’: les prometían el desarrollo con el libre mercado, pero en realidad solo impedían que los países pobres pudieran emular las políticas que los habían conducido al éxito.

La venida de Chang a la Universidad de Chile permite re-pensar nuestra propia enseñanza económica. Por un lado, qué es ‘libre mercado’ y qué es ‘interferencia’ dependen de la estructura ideológica y política subyacente. La Ley del Descanso Dominical de 1903, hoy considerada tan obvia, en su momento fue resistida por parlamentarios porque ‘intervenía arbitrariamente’ contra la libertad de contrato y comercio, tal como hoy sucede con el debate sobre la jornada de 40 horas.

Por otro lado, la estrategia chilena de inserción vía TLCs y apertura radical, premisa asumida por todo el orden político, hoy no solo no ha permitido diversificar las exportaciones hacia áreas intensivas en conocimiento, sino que ha profundizado la desindustrialización y estancado la matriz productiva en áreas extractivas y rentistas. Aquello de la mano, luego del ciclo de TLCs, de una reducción del espacio para políticas pro-desarrollo en áreas tan claves como controles de capitales, subsidio a las exportaciones o requisitos de desempeño hacia las inversiones extranjeras. Con dichos acuerdos, nos recuerda Chang, hemos sido los mejores alumnos de los malos samaritanos, generando como resultados un estancamiento económico actual que tiene sus profundas raíces en la frágil matriz productiva heredada de dicha estrategia.

Ni la economía es un fenómeno técnico y separado de la política, ni el libre comercio la fuente del desarrollo. Tal como Keynes lo hizo con la economía neoclásica, Chang nos viene a remover las dos premisas centrales de una economía en nuestro país que, hoy por hoy, está explicando cada vez menos cómo salir del estancamiento y justificando cada vez más las relaciones de poder y estructuras políticas sobre las cuales se erige dicho estancamiento.

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