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Medalla Rector Juvenal Hernández Jaque

Dicurso del Profesor Tito Ureta Aravena

Palabras de agradecimiento al recibir la Medalla Juvenal Hernández Jaque, Mención Ciencia y Tecnología. 6 de septiembre de 2010

Hoy, la lista de autoridades y personalidades presentes es larga y ya la conocemos. Por lo tanto los englobaré a todos en un único vocativo: ¡Queridos amigos presentes!

En primer lugar agradezco a las autoridades de la Universidad de Chile por distinguirme con la Medalla Rector Juvenal Hernández Jaque 2010 en la mención Ciencia y Tecnología, señalado honor... tan merecido. Asimismo, a Víctor Cifuentes, Decano de la Facultad de Ciencias por la postulación y su excesiva presentación al jurado. Además expreso mi alegría por recibir esta distinción en compañía de Pablo Oyarzún cuyos méritos como humanista son ampliamente reconocidos. Por último, al Prof. Dr. José Amat, laureado en 2009, por la cálida presentación que ustedes han escuchado.

Dije ‘honor... tan merecido' y en esto sigo a Miguel de Unamuno quien al recibir una medalla de manos de Alfonso XIII rey de España, le dijo: "Gracias, Majestad, por este honor que tanto merezco." Sorprendido, el rey le preguntó por qué decía eso y Unamuno le contestó: "Porque soy muy sincero, Majestad". Aún más estupefacto, el rey le dijo que en esas ocasiones todo el mundo declaraba no merecer tales honores, a lo que Don Miguel replicó: "Es que ellos, Majestad, también son sinceros!"

Inevitablemente estas palabras contienen algunas pinceladas biográficas que sólo se justifican para entender el por qué y el cómo he llegado a estos minutos de fama. Provengo de una familia iquiqueña modesta y pequeña, con una madre luchadora y dedidida a que sus tres hijos lograran, mediante la educación, vivir una vida digna. En 1955 solicité un cupo entre los jóvenes que querían estudiar Medicina. Si bien mi puntaje de Bachillerato era razonable mis méritos académicos eran muy esmirriados. Había cursado el primer año de la enseñanza secundaria en el Liceo de Antofagasta, pero al comenzar el año siguiente mi madre logró matricularme en la Escuela Normal. Los cuatro años que pasé en la Normal fueron gratos sólo porque allí me enseñaron a tocar violín y así pude ingresar irreversiblemente al fantabuloso mundo de la música. Como lo único que me gustaba era el violín, muy pronto pasé a formar parte de la Orquesta Sinfónica de la Escuela. Naturalmente mis notas en los otros ramos bajaron a niveles cada vez más rojos y, finalmente, tuve que abandonar la escuela y me encontré a mis dieciséis años sin educación y obligado a buscar trabajo en lo que fuera. Finalmente logré un puesto de junior en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile, pero gracias a una serie de momentos mágicos e irrepetibles, pude matricularme en el quinto año en un liceo nocturno y luego en el sexto año del Liceo Lastarria, manteniendo mi trabajo en el Hospital, pero ahora en horario nocturno. Así, de hecho sin educación liceana, llegaba a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile siguiendo los pasos de mi hermano mayor. Mi hermana menor también lo haría algunos años después.

Aunque sin educación formal ya había adquirido la infinita petulancia de la adolescencia y creía que nada estaba más allá de mis capacidades, desde las geometrías no euclidianas hasta todos los idiomas del planeta, pasando por los contrapuntos musicales y los sfumatos de los pintores renacentistas. Pero mi soberbia desaparecía al asistir a las fascinantes clases de Pancho Hoecker y Gabriel Gasic en el primer año, o de Hoffmann y Middleton en el segundo. Pero especialmente en las clases de bioquímica de Hermann Niemeyer que me mostraban un mundo para mí desconocido y, por sobre todo, con un futuro expectante. Logré que me aceptaran en Bioquímica para repetir algunos experimentos clásicos sobre contracción muscular. Esos experimentos me marcaron definitivamente y desde entonces comencé a pasar más y más tiempo en el laboratorio y menos en las cátedras médicas. Ya en 1957 comenzó mi relación contractual con la Universidad con un cargo de ayudante alumno. La fascinación por la Bioquímica se reforzó definitivamente al pasar a formar parte del laboratorio de Hermann Niemeyer, cuya personalidad avasalladora y sus cualidades como estudioso de la ciencia y su capacidad y gusto por realizar experimentos, lograron entusiasmar a varios jóvenes interesados. Hermann tuvo una carrera científica y académica descollante y en 1990 recibió la medalla Juvenal Hernández, pocos meses antes de su fallecimiento.

Hermann siempre intentó, pero sin éxito, superar mi inexistente formación básica, indispensable para un científico en cierne, y se las arregló para que me aceptaran como alumno libre en cursos de Física, Físicoquimica y Matemáticas. En las primeras clases de esos ramos, después de un par de minutos ya estaba pensando en el experimento que había programado para la tarde de ese mismo día. Nunca asistí a las segundas clases o a las siguientes. El frenesí experimental fue exitoso. En mis primeros años con Hermann fui incluido como coautor de una publicación en 1962 en los Archives of Biochemistry and Biophysics. Nada de mal para un joven estudiante que lo ignoraba todo.

Esos primeros años perpetrando experimentos fueron de gran excitación porque me sentía esponja absorbiendo todo el conocimiento bioquímico de la época. Fue en ese tiempo que tuve mi primer momento mágico. Supongo que muchos de los presentes han vivido momentos parecidos en que el devenir se detuvo, el cielo se hizo más luminoso y el corazón pareció latir con fuerza y más prisa. Nada permitió anticiparlos porque no es posible querer tenerlos y ¡ya está! tenerlos. Así como llegan se van y siempre me dejaron la sensación de cambio irreversible, pero sin poder decir qué fue lo que cambió.

Niemeyer me había pedido que purificara la enzima que fosforila glucosa en el hígado. Me pidió además que hiciera equipo con un profesor de una universidad del sur de Chile que comenzaba una estadía en el laboratorio. Temblaron con razón las ratas del Instituto al conocer la inminencia de la hecatombe. Una vez producida y los hígados molidos y centrifugados, comenzamos la purificación. Moncho era muy hábil en medir actividades enzimáticas y concentraciones de proteína en las fracciones que nos entregaba el procedimiento. Ya era de noche cuando detectamos abundante actividad de la enzima, pero también algo de actividad en fracciones en que no esperábamos encontrarla. Insistimos en caracterizarlas buscando errores, pero no los encontramos. Entonces, de repente, me di cuenta que estaba observando el fenómeno de formas múltiples de una enzima, lo que en esos años era casi desconocido. Repentinamente percibí una silueta de los experimentos que las observaciones pedían a gritos.

Entonces Moncho me hizo notar que ya eran las dos de la mañana, y propuso celebrar los resultados con una botella de vino en el restaurante il Bosco en la Alameda, en esos años abierto toda la noche, En el par de horas que duró la botella y preso de la mayor excitación, empecé a usar servilletas de papel para anotar esbozos de experimentos por hacer, los resultados probables y las consecuencias de las observaciones. Moncho pedía que le explicara cada servilleta. A veces le daba en el gusto pero eran tantas las ideas que quería servilletear, que le decía: después Moncho, después. En esos momentos más parecía un poeta ebrio escribiendo versos estuporosos recién creados y a punto de ser olvidados para siempre.

Esa noche fue un momento mágico porque se produjo en mí un estado mental delirante que me llevó a diseñar en pocos minutos el futuro de mi investigación, en buenas cuentas el proyecto de casi toda mi vida. Durante ese par de horas todo lo que pensaba tenía una peculiar agudeza burbujeante, como si las mirara con una lupa enfocada con mayor nitidez que la corriente. No más tomar una nueva servilleta me parecía que el papel adquiría una vitalidad pulsátil que me crispaba los nervios y que me impulsaba a escribir más y más rápido. Naturalmente las servilletas se perdieron, pero sus contenidos todavía están conmigo y puedo aún recordar proposiciones que nunca tuve tiempo de poner a prueba. Son mis servilletas mentales y aún me acompañan.

En 1963 recibí mi título de médico-cirujano y al día siguiente ya estaba en el laboratorio gracias a una beca de la Facultad de Medicina para hacer clínica médica por las mañanas e investigación en ciencias básicas por las tardes. Por cierto jamás fui al hospital. Mi tesis sobre hexoquinasas se completó a comienzos de 1965 y en septiembre de ese año, con una beca Fogarty de los National Institutes of Health, viajamos a New York con mi flamante esposa Elfriede, para iniciar una estadía de posdoctorado en la famosa Universidad Rockefeller en el laboratorio de Fritz Lipmann, ese gigante de la Bioquímica laureado en 1953 con el Premio Nobel de Medicina. Volví a Chile en 1968 como joven promesa, hasta llegar a ser hoy un anciano distinguido habiendo apenas rozado la etapa de las realizaciones.

La inexistencia de programas formales de posgrado en las universidades chilenas de esos años resultó en un estilo de hacer ciencia que inevitablemente me llevó a incluirme entre los científicos románticos, también llamados dionisíacos, que para responder las preguntas usan la intuición que los lleva por senderos lúdicos diferentes a los de aquellos investigadores apolíneos, que son sistemáticos y que tienden a desarrollar líneas establecidas hasta la perfección. Son los extremos de dos actitudes diferentes de la mente, las que también existen en escultura, pintura, danza o música y probablemente en todas las actividades humanas.

Para los dionisíacos la vida es lúdica pero difícil. Para financiar su quehacer deben escribir proyectos especificando con todo detalle lo que pretenden hacer y los resultados que obtendrán. Los apolíneos no tienen problemas: para ellos todo está claro de antemano. Pero los dionisíacos sólo intuyen la dirección que los lleva a enfrentar lo desconocido. No saben lo que van a encontrar ni cómo lo harán. Mis caminatas por las anchas planicies de la ignorancia me obligaron a usar los ásperos senderos dionisíacos. Al irme a casa, tarde en la noche, no sé lo que haré al día siguiente. ¿Cómo podría especificar lo que haré en uno, dos o tres años? En la frontera del conocimiento todo aparece borroso, mezclado, contradictorio, ilógico e incoherente. Pero los revisores de proyectos, apolíneos todos ellos, son implacables: la carta Gantt debe tener el detalle más exquisito posible. Me susurran que los apolíneos proponen en sus proyectos solo los experimentos que ya hicieron. Por ello nunca se equivocan, ni en la programación del quehacer ni en los resultados que obtendrán. Aún así, nunca tuve problemas para conseguir el financiamiento o los instrumentos para mi laboratorio.

Sólo mencionaré algunos hitos en mi devenir por los caminos de la investigación científica y tareas afines. En 1970, acepté a regañadientes ser secretario de la Sociedad de Biología de Chile durante las presidencias de Jorge Allende y Danko Brncic y luego mi presidencia algunos años después. A pesar de mi renuencia inicial, fueron 14 años activos e interesantes porque me permitieron conocer con bastante profundidad los problemas de la investigación en todo el país. Además me hice cargo durante 14 años de la publicación oficial, los Archivos de Biología y Medicina Experimentales, sucediendo al profesor Jorge Mardones Restat. También me tocó ser presidente de la Sociedad de Bioquímica de Chile. En 1988 fui elegido miembro de número de la Academia de Ciencias del Instituto de Chile en el sillón Nº 10 que ocupaba Osvaldo Cori. En dos oportunidades mis colegas me eligieron Director del Departamento de Biología de la Facultad de Ciencias; es decir me pidieron que me alejara de los tubos de ensayo y pipetas, que entonces eran de vidrio y que había que cuidar porque en ese tiempo pipetas, tubos y maestros no eran desechables. Además fui nombrado miembro de la Comisión Superior de Evaluación Académica de la cual fui presidente durante cuatro años. A pesar del mucho tiempo invertidos en leer y ponderar currículos fue una de las tareas más enriquecedoras que he desempeñado. En 1993 fui requerido por el rector Jaime Lavados para dirigir el Departamento de Investigación Científica y Creación Artística. Luego, participé en la Comisión Especial Senado Universitario y en seguida, como senador transversal, miembro del Senado Universitario durante los pasados cuatro años.

Pero, por supuesto, a lo que me dedicado con mayor pasión, siempre fue la investigación y su resultado natural, la docencia. Los quince años que pasé en la Facultad de Medicina fueron muy felices por el entusiasmo, la mística y el desenfreno intelectual de los que hacíamos investigación en las durísimas condiciones de ese tiempo. Nunca olvidaré una tarde lluviosa de 1959 en el anfiteatro de Anatomía Patológica en que Neruda (que aún no era Nobel) recitó durante un par de horas varias de sus poesías a una muchedumbre universitaria maravillada.

Nunca logramos que se nos diera espacio de laboratorio en la nueva Escuela de Medicina. Sin embargo, aún en los inhóspitos vericuetos de Borgoño 1470 en la ribera norte del Mapocho, la investigación y los cursos internacionales de posgrado prosiguieron con sin igual valor y energía. En 1973 los militares ni siquiera supieron que ese lugar existía y por ello no tuvimos que sufrir los allanamientos vergonzantes que ocurrieron en otras dependencias de la universidad. Eventualmente, en 1975, abandonamos Borgoño para trasladarnos a la Facultad de Ciencias. Durante un tiempo el lugar quedó abandonado pero luego se instaló allí la nefanda organización conocida como DINA. Finalmente las retroexcavadoras realizaron su tarea y Borgoño 1470 desapareció para siempre.

Al trasladarnos en enero de 1975 con Niemeyer y otros románticos viajeros a la Facultad de Ciencias, nos instalamos provisoriamente, en una barraca inhóspita de madera. Después de 35 años es la misma barraca, ahora más desvencijada y descolorida, que ocupo actualmente, con una mini oficina pero con casi todo lo que necesito para hacer lo que me apasiona. Como se sabe, los canarios no cantan mejor en jaulas de oro. Además, tuve la suerte de juntar a mi lado a un grupo de jóvenes interesados en interrogar a la naturaleza con herramientas bioquímicas. Sería fatigado mencionarlos porque inevitablemente olvidaré a algunos. Pero no puedo dejar de recordar a Jasna Radojkovic (que hoy recorre senderos desconocidos), Jorge Babul, Juan Carlos Slebe, Ana Preller, Victoria Guixé, Rosalba Lagos, Sergio Zepeda, Eduardo Kessi y recientemente, Ricardo Cabrera, Christian Wilson y Diego Quiroga, algunos de los cuales, como corresponde, ya me superaron largamente como académicos e investigadores, y otros que en el futuro cercano serán aún mejores.

No los aburriré con otros detalles. Naturalmente el laboratorio produjo una cantidad no despreciable de trabajos científicos. Por supuesto visité muchos laboratorios en Estados Unidos y Europa, a veces durante varios meses. También dediqué tiempo a escribir ensayos basados en conferencias para público general. Los ensayos se publicaron en dos libros: En el Filo de la Navaja de Occam en 2003 de la Editorial Universitaria y Fragmentos de una Guía para Perplejos del siglo 21 en 2007 de la Facutad de Ciencias/LOM Ediciones. En las próximas semanas debiera estar en librerías un ladrillo de 500 páginas sobre Origen y Evolución de Proteínas y Enzimas en una hermosa edición de la Editorial Universitaria. En buenas cuentas, todas aquellas cosas que hace un académico dedicado con pasión a la ciencia.

En este momento debo agradecer a muchas personas que gracias a sus consejos y, especialmente, por su ejemplo, hicieron posible que hoy reciba esta medalla tan importante. Desde luego a mi madre y a mis hermanos con quienes, por mandatos génicos compartidos e historias particulares, somos tan parecidos y a la vez tan diferentes. Por supuesto a Elfriede (¿qué sería de mi...?) que me ha soportado con infinita paciencia durante años y años y por su constante estímulo y aguijonamiento, indispensables para este eficiente procrastinador. Naturalmente a Hermann Niemeyer que con su ejemplo se convirtió en mi espejo y en el de toda una generación de estudiantes que lo recuerda con admiración. A mis compañeros de trabajo universitario por crear un ambiente de superación y mística. A mis alumnos, porque me obligaron a estudiar sin pausa para no defraudarlos. A mis asociados en el laboratorio, porque sin ellos no habría podido responder las preguntas que nos proponíamos. Finalmente a mis muchos amigos, no todos científicos, que han debido tolerar mis aristas y que me han enseñado tantas cosas.

Sin darme cuenta apenas, han pasado 55 años desde que llegué a la Universidad de Chile. Nunca se me pasó por la cabeza irme a trabajar bajo otros cielos o a otra universidad. También es cierto que ninguna universidad chilena ha tratado de reclutarme. Quizás se nota que debajo de mi delantal blanco llevo una túnica azul.

La Universidad de Chile ha sido el mejor sitio para el discurrir de mi vida. Además de educarme invirtió dinero en enviarme al extranjero para pulir, hasta donde fue posible, mis asperezas académicas. Me dio la libertad de pensar sin mayores interferencias excepto en el período en que la Universidad fue intervenida. Logró entusiasmarme al mostrarme un camino de verdad, de belleza, de realización plena. Para ello solo me exigió el voto de pobreza, pero no el de obediencia, ni menos el de castidad. Al caer las sombras del crepúsculo diré con el salmista: nunc dimitis, con la alegría de haber cumplido el imperativo de excelencia hasta donde mis capacidades lo permitieron. Pero especialmente porque me dio la posibilidad de recorrer la vida, día y noche, al enseñarme que hay más para ver que lo que puedo ver, que hay más para expresar que lo que puedo decir, pero aún más para mantenerme en silencio.

 

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