Universidad de Chile

Departamento de Antropología

El bono por logro escolar y el daño a la educación chilena

"Ésta es una política social nueva, por medio de la cual queremos premiar a los niños y niñas que se esfuerzan". Con esta frase, el ministro Joaquín Lavín hizo entrega de los primeros bonos por desempeño escolar, que vienen a sumarse a las otras siete transferencias que conforman el Ingreso Ético Familiar.

Este bono consiste en un aporte económico a las familias de niños y niñas de quinto básico a cuarto medio, cuyo desempeño académico se encuentre dentro del 30% mejor de sus cursos. De esta manera, las familias de los estudiantes más vulnerables del país recibirán $50 mil cuando sus hijos estén dentro del 15% superior y $30 mil si pertenecen al 15% siguiente.

Esta iniciativa viene a sumarse a un tipo de política pública ya instaurado en nuestro país, donde la lógica de mercado y de competencia pareciera ser ley, incluso primando por sobre el apoyo directo a las escuelas y los estudiantes. La diferencia clara, en este caso, es que el contexto de este bono, entregado por el Ministerio de Desarrollo Social junto a otros aportes, está fuera de un marco educativo.

Al estar su origen fuera de un marco educativo, también lo están sus objetivos. Como se suma al resto de los bonos orientados a disminuir la pobreza, el objetivo de mejorar el rendimiento académico de los alumnos queda en segundo plano. Esto sucede en parte porque no existe evidencia empírica que relacione positivamente la entrega de incentivos monetarios por desempeño escolar con mejoras en el rendimiento académico de los estudiantes y en parte porque el dinero no llega directamente a los estudiantes, sino a las familias de éstos.

Esto no sería malo si, justamente por no tener un motivo educativo, se mantuviera alejado del sistema escolar. Sin embargo, se introduce en las aulas un mecanismo nocivo para los propios objetivos de la educación, pues incorpora elementos que están fuera de una lógica pedagógica y educativa. ¿Estamos dispuestos a promover que un alumno vaya al colegio y confunda el objetivo de aprender con el de ganar dinero para él y su familia? Si lo hacemos, es posible que estemos fomentando que se corrompa el objetivo fundamental de la educación -el aprendizaje- y por lo tanto, la educación en sí misma. Lo anterior puede incluso alterar otros elementos del sistema, como por ejemplo, reforzar la noción de la evaluación y la asignación de calificaciones como premios o castigos, cuando toda la literatura nacional e internacional apunta a utilizar la evaluación con el objetivo de guiar los procesos de aprendizaje. Además de lo anterior, esta lógica de competencia puede disminuir la cooperación entre los buenos estudiantes y aquellos que tienen más dificultades de aprendizaje o peor desempeño académico.

Además del daño que un incentivo económico puede generar a la educación en su conjunto, puede también haber un daño a los niños y niñas que son parte de esta dinámica. Una vez más -como se ha hecho con la mayoría de las políticas públicas relacionadas con infancia en Chile- se diseña una iniciativa que pretende "premiar a los niños y niñas" con una lógica adultista, basada en el éxito y la competencia. ¿Por qué debemos asumir que los incentivos que mueven a los adultos, que estamos inmersos en una lógica de competencia diaria, tendrían sentido para los niños? ¿Por qué, una vez más, creemos que la forma en que los adultos pensamos es la misma que los niños y niñas desarrollan? La lógica competitiva, en que no todos pueden acceder al bono sino sólo "los mejores", puede hacer que niños y niñas se sientan presionados por sus familias o su entorno directo para lograr tener mejores calificaciones, pudiendo confundir este objetivo con el que realmente debe tener la educación: el aprender. ¿Estamos dispuestos a premiar económicamente a un niño por aprender? ¿Cuánta distancia existe entre la entrega de un incentivo monetario a un niño por obtener buenas calificaciones y el trabajo infantil?

No queremos ser alarmistas. Evidentemente se deben guardar las proporciones, pues este bono en específico representa un aporte de $50.000 anuales, que puede ser marginal para la economía familiar. No obstante, esto puede transformarse en un primer paso que legitime una lógica que va en la dirección contraria al verdadero objetivo de la educación: el aprendizaje y adquisición de conocimientos y habilidades de los alumnos, y que finalmente puede perjudicar tanto a niños y niñas como al sistema educativo en su conjunto.

NOTA: Columna publicada originalmente en el blog www.sentidoscomunes.cl

Por Javier Pascual, Sociólogo investigador en temas de efectividad escolar y política educativa y María Jesús Sánchez, Socióloga diplomada en Niñez y Políticas Públicas del Depto. de Antropología

  • Compartir:
    http://uchile.cl/u81575
    Copiar
  •  
  •  
  •  

Departamento de Antropología

Su mensaje fue enviado correctamente
Nombre del Destinatario:
E-mail destinatario:
Su nombre:
Su e-mail:
Comentarios: