Universidad de Chile

Discursos

Retos de la globalización para la educación chilena. Conferencia del Profesor Luis A. Riveros, Rector de la Universidad de Chile

Santiago 17 de agosto de 2004

Conferencia en el Primer Encuentro de Educación organizado por las Comisiones Técnicas de la Dirección de Educación Municipal de Santiago.

Introducción

La educación debe sufrir muchos y continuos cambios en enfoques y contenidos. En la sociedad del conocimiento en que estamos comenzando a desenvolvernos, la labor del educador es cada vez más compleja. Debemos cambiarnos rápidamente de la tarea pedagógica enfocada en la entrega de materia, labor tradicional y fundamental del maestro en el pasado cuando su responsabilidad esencial consistía en transmitir el conocimiento vigente a las nuevas generaciones. Ese conocimiento era establecido e irrefutable, y constaba en textos y programas que permanecían en condición de tal durante muchos años. Por el contrario, el profesor debe ahora ubicarse en el plano de quien enseña a las nuevas generaciones a buscar la información apropiada, junto con indicarles donde está (el día de hoy!) el conocimiento vigente. No es poco frecuente en nuestros días que un niño o joven interrogue a su profesor sobre lo que solamente el día de ayer el mismo verificó en Internet, o dedujo de una información contenida en algún medio de comunicación. El profesor debe estar preparado para responder no en el ámbito conocimiento-específico, sino en el metodológico-específico, para que se forme y consolide la inquietud del niño por buscar y aprender, por sentirse siempre insatisfecho con las respuestas y por desarrollar metodologías para aprender en forma permanente. La clave del futuro no es buscar la información sino saber donde encontrarla.

Pero no es sólo esa dimensión consistente con el cambiante conocimiento vigente lo que tiene que ver con el actual rol del educador y la educación. El otro ámbito es la sensacional internacionalización (hablamos ahora de una globalización) que está ocurriendo en el campo de las comunicaciones y del conocimiento. ¿Cómo podríamos aislar a nuestra clase, en cualquier nivel educativo de que se trate, de la experiencia mundial o ajena a nuestra realidad nacional, en un tema específico cualquiera? Y es cierto, esta necesidad de abrir las mentes a las nuevas cosas, los nuevos avances y teorías, está muy cerca de las ciencias duras y de sus maravillosos y casi diarios descubrimientos. Y en ellas incide notablemente el ámbito internacional, ya que lo descubierto o puesto en práctica hoy en alguna parte del mundo, estará ya mañana entre nosotros, y nuestros niños y jóvenes así lo saben. Pero la internacionalización también afecta a las ciencias o disciplinas que eran hasta hace poco consideradas "aisladas" por la naturaleza de su hacer, de aquellas incidencias o efectos venidos de otras partes del globo. Tomemos por caso la Historia de Chile, la cual podríamos considerar un ámbito solamente de interés local y sin mayores implicancias en la corriente de cambios a nivel internacional. Sin embargo, eso ya no es así: la historia misma se ha ido globalizando, las nuevas interpretaciones se basan en la historia de agregados regionales, y mucho más en el futuro se observarán aquellas partes como integrantes del ciclo histórico mundial. ¡Observen si no nuestros niños no estarán en contacto con muchas páginas web para observar cómo se interpretan trozos de nuestra historia con perspectiva muy distinta!

Los educadores tenemos que estar preparados -como generación de tránsito que somos-para viajar hacia la educación en la sociedad del conocimiento. Un viaje difícil, porque no todos nuestros estudiantes acceden a los mismos medios para poder complementar el trabajo de la clase, o adelantar preguntas en el desarrollo de su afán inquisitivo. Pero el tránsito ya está allí, y nuestro trabajo -más allá de los programas de contenidos y de homogeneización a nivel regional y nacional-tendrán cada vez un componente mayor a cargo nuestro, y de la realidad que debemos cultivar nosotros mismos en nuestros alumnos. Y lo mismo en el contexto del fenómeno de la globalización, que es el que hoy nos reúne, puesto que esta es una dimensión particular de lo mismo que he enunciado como el tránsito hacia la educación en la sociedad del conocimiento. La cuestión de fondo reside en asumir las nuevas tareas, pero que sobretodo ella sea asumida por la sociedad, que debe brindar el reconocimiento y el estímulo a una educación diseñada no para obtener puntajes y certificación, sino para formar personas adecuadas para el éxito en la compleja sociedad en que nos estamos adentrando.

El proceso de globalización

En la década de 1980 acostumbrábamos a hablar cada vez más familiarmente del proceso de "internacionalización". Con ello nos referíamos al agudo cambio que había ocurrido en materia de integración económica y de apertura en materia de fronteras políticas. Concurría a ello el derrumbe del Muro de Berlín y la caída de los socialismos reales, como asimismo el cambio en la economía americana que se movilizaba hacia una mayor apertura a partir del new deal de la época de la guerra y acaecido durante la guerra fría -que propugnaba la virtual autarquía de las economías como método defensivo y estrategia disuasiva. La experiencia de los países en desarrollo -que persiguieron por años un modelo de independencia económica que brindó pocos resultados positivos, al menos en el contexto de su dinámica productiva-estaba cambiando drásticamente hacia la apertura comercial. La experiencia exitosa de los llamados "tigres" asiáticos, que basaron su éxito en la apertura y el desarrollo del sector exportador, aún en los duros años de la guerra fría, proveía a los organismos internacionales con una base sólida para recomendar un cambio fundamental en la estrategia mundial de desarrollo. Finalmente, la experiencia de la Unión Europea, que por entonces empezaba a ser foco de análisis contribuía también a una visión integral del mundo desde la perspectiva productiva, comercial y de la inversión, además de aquellos recientes en materia de educación.

Esta conjunción de procesos llevó a una creciente oleada de medidas en los distintos países, todas ellas en la dirección de producir apertura y mayor integración hacia el resto del mundo. Se ha vivido una época caracterizada por la pérdida de desconfianzas, y por una apuesta generalizada a favor del mayor comercio y de la integración productiva y comercial. A esto ayudó el tránsito de las reformas en Latinoamérica, especialmente a partir de la experiencia chilena, mexicana, uruguaya, y más tarde de Brasil, Argentina y Centroamérica, todas ellas con enorme énfasis en la función económica y comercial. La apertura del ex mundo socialista, en una forma consistente con las reformas de estilo conservador que impulsaban los organismos internacionales, dieron apoyo innegable a la transición en el nuevo esquema. La apertura del mercado chino -en la inspiración de las reformas del líder Deng Xiao Xi destinadas a crear un "socialismo de mercado" --despertó furibundo interés en el mundo occidental, al verse en China grandes oportunidades de inversión e intercambio. Y finalmente, la consolidación de la Unión Europea -un fenómeno que se veía como altamente improbable hacia fines de los años ochenta- como asimismo la firma del NAFTA en América del Norte, terminaron por consolidar la actual realidad occidental en términos de internacionalización.

Sin ninguna duda, entonces, está realidad del capital internacional, que busca la mejor opción financiera para invertir y producir desde allí para el resto del mundo, empieza a dominar la realidad política vigente en cada país o región. La influencia del comercio y de la inversión es tal, en materia de producto doméstico y empleo, que son las grandes Corporaciones las que hoy en día tienen más que decir sobre la política interna que los propios gobiernos u organizaciones nacionales. Este cambio causa incomodidad en muchos, y lleva a la protesta sobre el estilo de gobierno mundial que se está generando sobre la base de los intereses financieros y comerciales.

Si bien es cierto la internacionalización de la inversión y la producción es parte del fenómeno de la llamada globalización o mundialización, no lo es todo. En efecto, en paralelo a los desarrollos anteriores se produce un fenomenal cambio en materia comunicacional. Aparece Internet como un instrumento que se generaliza y que nos permite hoy día ver al mundo en otra dimensión: podemos extraer en segundos información sobre todo lo que queramos desde cualquier parte del mundo. Es posible que el buscador Google tenga hoy día más importancia que las Naciones Unidas para la vida diaria de una porción significativa de los habitantes del globo. Podemos virtualmente "estar" en otras partes del mundo, para dar conferencias o asistir a ellas, incluso para opinar o para brindar nuestros resultados. Podemos saber, instantáneamente, lo que sucede en cada parte, siendo cada vez más difícil concebir que algún aspecto se pueda efectivamente esconder del escrutinio de los medios de comunicación. Y esta realidad es cada vez más activa en nuestros niños y jóvenes, para quienes esto es tan parte del hacer como para nuestra generación fueron los discos de acetileno con bandas o cantantes de rock.

La revolución infocomunicacional en que estamos, y que seguirá progresando en la misma medida en que el progreso técnico permita mayor capacidad de procesamiento y almacenamiento en nuestras máquinas, ha cambiado definitivamente al mundo. La internacionalización en que estamos inmersos, la interdependencia que ha inducido el cambio económico y tecnológico, hace que la globalización sea una realidad presente en nuestra nación, así como en nuestras escuelas y nuestros hogares. Y a partir de ellos otros cambios se anuncian: la movilidad internacional de nuestra mano de obra, la internacionalización de la educación, la mayor agregación de nuestras economías por medio de pactos y alianzas. Y, también digno de considerarse, es la virtual construcción de una cultura "multinacional" o "internacional" que ya se adelante con los canales de TV que frecuentan nuestros jóvenes y niños, las páginas que se abren a opciones comunicacionales prácticamente vedadas para los adultos, la opción de "chateo" que está induciendo profundos cambios en la actitud de nuestros niños por el acceso a tantas formas y opciones conversacionales.

Keynes, el notable economista Inglés, describía en su obra "Las Consecuencias Económicas de la Paz", escrita durante el epílogo de la Primera Guerra Mundial, el caso de ese hombre Londinense que experimentaba las ventajas de la mundialización que estaba ocurriendo y que cambiaría para siempre al mundo. Fumaba un habano traído de las Antillas, bebía el té llegado de la India, sus ropas eran confeccionadas con telas del Portugal, su cena era con productos europeos, y ciertamente vino francés; abría el periódico y recibía las noticias de toda Europa, levantaba el teléfono y daba instrucciones a su agente de la bolsa, luego de leer por el telégrafo las fluctuaciones de los papeles en la bolsa de New York. Era, indudablemente, un ingente proceso de integración e internacionalización. Pero ese proceso se detuvo por la conjunción de dos hechos: la trágica crisis financiera de los años treinta y las consecuencias políticas que, en términos de la Guerra Fría, trajo la Segunda Guerra Mundial y la aparición de los socialismos reales. La globalización en ciernes se detuvo por una decisión política, y mirando hacia atrás, no había ninguna razón para pensar que así no fuera. Por ello no es posible pensar en un proceso de globalización indetenible, puesto que siempre, al fin y al cabo, la palabra la tendrán los poderosos intereses financieros y políticos internacionales.

Sin duda, detener absolutamente el avanzado proceso de globalización en que estamos actualmente, y el elevado número de actores participantes, parece ser bastante menos realista y posible que lo que fue el hecho ocurrido a partir de los años treinta o cuarenta del siglo pasado. El proceso puede transformarse radicalmente por decisiones políticas o por intereses globales. Pero no podrá detenerse en todas sus extensiones, particularmente aquellas que tienen que ver con tecnología e información. Por ello, considerar las consecuencias de este proceso sobre la educación en nuestro país, tiene gran importancia y abarca un problema real que está presente y en dinámico desarrollo.

Consecuencias directas para la educación

Existen varias consecuencias del proceso de globalización que envuelven directamente al proceso y los sistemas educativos. Me permito listar los seis que considero más importantes, independientemente de que ellos afecten más o menos a los distintos niveles del sistema educacional.

Primero, el sistema educativo necesita adoptar una nueva dinámica para ir junto con los cambios que desata la globalización. Los contenidos y estrategias educativas cambian en forma incesante, y nuestro sistema debe estar adaptado a ese cambio permanente, requiriendo montar estructuras participativas para la discusión y la definición de las áreas más cruciales en términos del cambio. La necesidad de transformar enfoques, como es el de construir un sistema que este diseñado para enseñar a aprender y que se proyecte como la entrega de un continuo de habilidades cognitivas, está al centro de la problemática educacional de hoy.

Segundo, la entrega del material cognitivo, como de los instrumentos de aprendizaje permanente, debe hacerse en directa relación con las tendencias internacionales. Por ello, contar con un sistema que detecte las nuevas evoluciones en estas materias, y que las proyecte a la actividad de enseñanza en nuestros niños, es un elemento de la mayor trascendencia. El mayor desarrollo de las disciplinas analíticas, especialmente las matemáticas y la lógica, como la enseñanza del segundo idioma, adquieren especial importancia en esta dimensión.

Tercero, el reentrenamiento y las acciones de capacitación e información dirigido al personal docente es un elemento de fundamental importancia. Si el cambio es permanente, y tenemos que mantener un sistema informado de las tendencias internacionales, el sistema debe desarrollar instrumentos proactivos para cohesionar y mejorar la respuesta al cambio. En este sentido, el desarrollo y mejoramiento en la investigación educacional, especialmente en materia metodológica, adquiere una fundamental importancia, por lo que estas actividades no se pueden continuar descuidando.

Cuarto, por lo expuesto y por la mayor y creciente disponibilidad de medios infocomunicacionales, debemos preparar al sistema, y a nosotros mismos, para mantener un efectivo dispositivo de educación a distancia, que nos permita abrirnos a nuevas interacciones y espacios de comunicación educativa.

Quinto, el sistema debe prepararse desde abajo hacia arriba para que nuestros estudiantes se incluyan en el mundo de la educación permanente. Esto requiere formar una actitud de respeto hacia la educación como valor, y como posibilidad de respuesta a los desafíos complejos y crecientes para la vida de cada uno. En particular, tenemos que formar en nuestros niños y jóvenes el inconformismo positivo, que se oriente a requerir más y mejor en el ámbito educacional, y en cuanto a los resultados que uno espera en la vida. La educación debe volver a ser la cuna de individuos creativos y críticos, capaces de aportar al progreso en la vida social y productiva. En la realidad de movilidad internacional de la educación y del trabajo, esta actitud creativa por parte de la fuerza laboral, es un elemento de crucial importancia.

Sexto, el sistema educativo debe propiciar la creación de conocimiento nuevo para afrontar un desarrollo vigoroso que, en el mundo de la globalización, no puede consistir en disponer de mano de obra barata para producción de bajo valor agregado. Por ello el sistema debe propiciar la investigación y la transferencia tecnológica, para que a partir de ello se consolide un modelo de producción consonante con los objetivos de desarrollo que abriga nuestra sociedad.

Por cierto podemos extender la batería de aspectos en los que la globalización nos está obligando a perfeccionar nuestro sistema educativo. Muchos dirán que lo anterior es cercano a una idealización, dado las actuales simplistas y deficitarias estructuras de nuestro sistema educativo. Otros dirán que somos un país pobre, y que es muy difícil pensar que estos grandes desarrollos se ubiquen aquí en nuestro país, para favorecer el desarrollo de la educación. Hay que mirar estos problemas en el tiempo, observando la dinámica que viene y la profunda brecha generacional que actualmente nos caracteriza. El reto ya está aquí, y nuestros jóvenes están familiarizados con él mucho más que nuestras generaciones más maduras; se trata, por lo tanto, de construir una respuesta que si bien no es totalmente evidente como necesidad en los días actuales, se nos avecina de manera inevitable en los días que siguen.

Consecuencias Indirectas para la Educación

Las anteriores consecuencias delineaban las implicancias directas de la globalización para el cambio que debe ocurrir en nuestra educación. Pero hay dos implicancias un tanto más sutiles, pero igualmente importantes que debe abordar nuestra educación en el mundo de la globalización y la sociedad del conocimiento.

Lo primero se refiere a una observación que muchos críticos del proceso que actualmente vive el mundo, han señalado de manera taxativa. Se trata de que en el actual ambiente de globalización, tienden a desaparecer los rasgos culturales propios (se "borra" la identidad cultural de las naciones) bajo el peso incontrarrestable de una cultura internacional o simplemente foránea. Muchos alegan que, como un derivado de esta situación, la existencia de agentes globalizados versus la de agentes globalizadores, constituirá un mundo de futuro en que los primeros perderán identidad y toda posibilidad de desarrollarse "competitivamente" frente a los otros.

Uno puede estar o no de acuerdo con todo o parte de ese diagnóstico que ya se ha hecho consuetudinario en política internacional, y en las frecuentes y no poco significativas protestas frente a reuniones multinacionales en muchas partes del mundo. La cuestión de fondo es que un bien planteado sistema educacional, y una política de contenidos y enfoques muy proactiva, puede hacer mucho en el campo de proteger los valores y la cultura. Por cierto, hay mucho que discutir en torno a como se hace aquello. Hay que definir qué valores y qué aspectos de nuestra cultura. Hay que definir objetivos específicos e instrumentos. Pero, claramente, la educación juega en esto un papel de indudable importancia, especialmente si se considera que las acciones deben radicar principalmente en acciones de tipo transversal tanto disciplinariamente como en términos de niveles educacionales.

Un segundo elemento se refiere al rol del Estado. Como se deduce de lo anterior, y de la propia necesidad de coordinación que despiertan los propósitos anteriores, el Estado tiene una gran responsabilidad en la conducción del proceso. La educación chilena puede mejorar mucho en materia de coordinación efectiva, en mejor comunicación entre sus partes componentes, superando la existencia de descoordinación que impulsa el modelo de municipalización y la privatización creciente del sistema. En materia de capacitación, de desarrollo de metodologías y contenidos, en el desarrollo de tecnologías infocomunicales, el Estado tiene un rol de liderazgo que debe ganarse, no entregarse por la vía administrativa y reglamentaria. Las profundas externalidades del proceso educativo y sus resultados, ameritan, en cualquier caso, una acción más explícita del Estado, especialmente en el propósito social de igualar condiciones.

Palabras Finales

El proceso de globalización ya no es un posible desarrollo futuro, sino una realidad que se ha instalado entre nosotros. Mucho más allá que un juego de mayor comercio e inversión entre países, o de una movilidad laboral que indudablemente será creciente, la globalización se está imponiendo por la vía de la tecnología y de las comunicaciones. Esto se ha asentado antes que nada entre nuestros niños y jóvenes, y el sistema educativo debe tomar plena conciencia de su responsabilidad conductora. Los nuevos enfoques educativos y las nuevas metodologías, como asimismo la nueva disposición del profesorado a acometer una tarea de dimensión distinta a la tradicional, son factores fundamentales determinantes de este proceso de cambio indetenible. Es satisfactorio comprobar que el profesorado chileno ya ha empezado a inquietarse por estos graves retos, y se apresta a propiciar acciones de cambio que aventuren una respuesta proactiva.

Agosto de 2004

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