En el marco del Día Mundial de la Tierra:

¿Aprenderemos de nuestros errores? La necesidad de un nuevo abordaje para enfrentar el COVID-19

Errar es humano. Errar repetidas veces también es humano, incluso si se trata del mismo error y de las mismas circunstancias. Después de tantos errores y producto de ello, sobreviene el aprendizaje y la humanidad avanza. Las pandemias podrían obedecer a estas mismas premisas. Quizás el COVID-19 nos ha llevado a vivir las consecuencias de nuestros propios errores y nos ofrece una oportunidad de aprendizaje sin precedentes.

Habitualmente en este mundo globalizado, tecnologizado y mediatizado, somos espectadores de tales contingencias, pero ahora también nos hemos transformado en actores y gestores de nuestra propia salud. Las enfermedades transmisibles son provocadas por agentes biológicos altamente adaptables, capaces de ocupar diversos nichos ecológicos y diversos hospederos a medida que se propagan y evolucionan. Algunos agentes saltan desde los animales al ser humano, provocando las conocidas enfermedades zoonóticas. Debido al estrecho e inevitable vínculo entre estas especies, junto a la capacidad de transmisión de estos patógenos, es improbable que seamos capaces de detener estos eventos. Sin embargo, al menos tenemos la aptitud de tomar medidas para prevenirlos y controlarlos tempranamente una vez que se producen.

Conscientes de esta realidad, ¿Por qué no hemos logrado evitar la propagación del COVID-19? ¿Qué sucede en estos tiempos? Al parecer una negligencia en un mercado de animales en China nos tendrá recluidos por un tiempo indeterminado en nuestros hogares, vivamos en ciudad, campo, Berlín, Nueva York o Puerto Williams. Podemos encontrar múltiples explicaciones, incluso caer en la tentación de hacer una lectura superficial y reduccionista, suponiendo que los alimentos exóticos del lejano oriente son la base del problema y, por tanto, el centro de la solución. Y es que claro, prohibir los mercados de animales vivos podría ser una buena idea, pero insuficiente.

Debemos pensar que los fenómenos de emergencia de agentes zoonóticos son complejos, con múltiples factores y dimensiones concurrentes. Existe una tríada epidemiológica de determinantes, que se pueden agrupar según su origen en factores del agente, del ambiente y del hospedero. En relación con el COVID-19 existen diversos factores, como las conductas alimenticias en un contexto de pobreza, higiene precaria y falta de educación; la diversidad de especies de murciélagos, u otros animales silvestres y domésticos; los tipos de coronavirus que se encuentran en estos animales y las condiciones ambientales que favorecen su supervivencia; la densidad poblacional de personas y animales; y el turismo, junto a la innumerable cantidad de vuelos que circundan el planeta en pocas horas. Aparecen más colores y tonalidades en la pintura ¿verdad?

Si bien el SARS CoV-2 podría asociarse a estos determinantes, no pasa necesariamente lo mismo con otras enfermedades epidémicas de los últimos tiempos, como el MERS, Ébola o Influenza AH1N1, u otras de nuestra región como el Dengue, la fiebre amarilla, o nuestro conocido síndrome pulmonar por Hantavirus. Todas las mencionadas son consideradas zoonosis, todas producen enfermedad y muerte en el ser humano, y todas tienen características epidemiológicas y factores predisponentes diversos. Por lo tanto, cuando se trata de enfermedades transmitidas entre los animales y las personas, los diagnósticos siempre son complejos y las decisiones para el control y prevención requieren la participación de múltiples disciplinas, porque debemos reconocer (y no seguir ignorando) que la salud humana, la salud animal y la salud ambiental están estrechamente relacionadas.

Este es el enfoque de “Una Salud”, promovido desde hace ya bastantes años por la Organización Mundial de la Salud, la Organización Mundial de Sanidad Animal y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Se basa en el abordaje conjunto de las zoonosis por parte de médicos, veterinarios, ecólogos, microbiólogos, antropólogos y epidemiólogos, por mencionar algunos. Entonces, junto con evitar los análisis reduccionistas, se requieren decisiones políticas a nivel nacional e internacional, que asuman la complejidad de la realidad descrita y que permitan adecuar la manera en que los ministerios involucrados están enfrentando las contingencias sanitarias, como el de salud, agricultura y medio ambiente. En otras palabras, es fundamental que las estructuras ministeriales generen unidades de trabajo conjunto, multidisciplinario y colaborativo, cuando se trate de prevenir y controlar las enfermedades zoonóticas.

En Chile aún es tibia esta interacción y es más reactiva a las emergencias que proactivas a la prevención. En nuestra historia reciente tenemos el brote de Influenza AH1N1 en pavos de la Región de Valparaíso, o el brote de fiebre Q en operarios de las lecherías de Los Ríos. Estas situaciones han obligado a establecer colaboraciones no exentas de dificultades entre los ministerios de Salud y Agricultura.

En la academia también tenemos nuestra cuota de responsabilidad, pues los esfuerzos de la investigación no han dado cuenta de la necesidad de levantar conocimientos en nuestra región y en nuestro país. Tenemos una larga lista de zoonosis endémicas y emergentes en Chile. Sin embargo, el enfoque de “Una Salud” se ha aplicado escasamente para su abordaje. Pero ojo, que tampoco tenemos recursos y fondos que promuevan este tipo de colaboraciones. A la luz de los hechos, es tiempo para promover la multidisciplinariedad, especialmente de aquellas iniciativas que aborden enfermedades o patógenos zoonóticos.

Quizás la base del cambio de enfoque esté en la educación superior, en nuestras carreras de pre y postgrado. ¿Cuántas horas de aprendizaje colaborativo existen entre los estudiantes de medicina y de veterinaria cuando se estudian las enfermedades infecciosas y parasitarias zoonóticas? ¿Cuánto se plasma la idea de “Una Salud” en nuestras aulas? Profesionales que se miran a la distancia durante su formación probablemente lo harán en su trabajo, ya sea tomando las decisiones como autoridad sanitaria, como investigadores, como entes financiadores, como políticos, o como asesores.

Cuando en Chile y en el resto del mundo seamos capaces de ver y asumir el gran cuadro de este tipo de enfermedades, con todos sus colores y tonalidades, estaremos realmente preparados para enfrentar y minimizar el impacto sanitario y económico del próximo brote, ya sea una epidemia o pandemia. Así, podremos decir que aprendimos de nuestros errores.

Patricio Retamal
Académico de la Facultad de Ciencias Veterinarias y Pecuarias de la U. de Chile
Integrante del Programa Transdisciplinario en Medio Ambiente (PROMA) de la U. de Chile

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