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Facultad de Ciencias Veterinarias y Pecuarias

Comunidad de Favet despide al profesor Ramón Martínez Peñaloza

Como un gran maestro y una eminencia en la fisiología cardiaca; así se recuerda al profesor Ramón Martínez Peñaloza, quien enseñó por casi 50 en nuestra Facultad. 

El “Moncho”, como le decían sus cercanos, falleció dejando un importante legado en muchas generaciones de médicos veterinarios de nuestra Universidad y otras Casas de Estudio.

Destacó por su dominio en la electrocardiografía y en la fisiología cardiaca de equinos y animales pequeños. Dedicó su vida a la docencia y a compartir con generosidad sus conocimientos, convirtiéndose en una inspiración para muchos de sus estudiantes.

La comunidad de Favet lamenta con profundo pesar la partida del profesor Martínez y enviamos nuestras sinceras condolencias a su familia.

En esta ocasión, compartimos unas sentidas palabras de despedida de quien fuese su alumno, discípulo, colega y amigo, el Dr. Luis Raggi.

 

Me enteré recién del sensible fallecimiento de Ramón.

Ramón Martínez fue todo un personaje en nuestra Facultad. Tuve la suerte de tenerlo como profesor (un maestro la verdad), de aquellos que hay pocos, de los que vibran con la profesión Médico Veterinaria. Apasionado al extremo de ingresar un caballo a la sala uno de nuestra Facultad y hacer un electrocardiograma en frente del curso más grande que ha transitado por FAVET, producto del cierre de Veterinaria en la Católica. Casi trescientos atendiendo su pasión. 

Daba un “tono” especial al grupo de fisiología. Grupo grande, cada uno con características especiales, celebrando a diario la dinámica de enseñar. Tuve la suerte de compartir oficina con él. Generoso en extremo, de conocimiento sublime, su “aguja india” para “aislar vasos sanguíneos” (era un pedazo de palo pero él lo hacía brillar con su habilidad). Su “generador de corriente” hecho con un clavo y un trozo de cobre para estimular nervios y lograr contracción muscular. Un “mago“ de la fisiología que podía repetir 20 veces un corazón aislado y quedarse hasta las 10 de la noche hasta que los “malditos” entendieran; malditos éramos todos los que no entendíamos a la primera. Pero él disfrutaba explicando las veces que fuera necesario, con cariño y dedicación.

He leído lo que escribió Adolfo, en estos momentos de infortunio por la pérdida y el espacio, imposible de llenar que deja Ramón; cómo olvidar cuando se enojaba y subía sus lentes con el índice. Al principio intimidaba, cuando uno lo conocía sabía que después del gesto vendría una magistral explicación que cuando era en complicidad con Lázaro, no querías que terminara jamás.

Siempre he dicho que uno vive mientras sea recordado y al menos yo no puedo olvidar sus clases, sus pasos prácticos llenos de energía, su oficina (nuestra), donde uno podía encontrar lo que se necesitara, por raro que fuera. Sus conversaciones sobre fisiología, el repaso de las fotos de los congresos para acordarse de las personas con las que litigaría de fisiología; y muchas otras cosas, secretos del íntimo conocimiento de un colega, amigo y como dijo Adolfo, ... gracias, mil veces gracias ... porque muchos somos parte de lo que él dejó, transparente como un cristal, indiscreto por su franqueza, si no le gustaba algo lo decía y si le gustaba también lo decía. 

¡Qué falta hace Ramón en los espacios de la Facultad!. Su querida Facultad a la que siguió asistiendo hasta después de jubilar. 

No es fácil despedirse de Ramón. Los que lo conocieron saben a lo que me refiero y podrán agregar mil anécdotas. Donde estaba, JAMÁS pasó inadvertido y hasta cuando se equivocaba tenía razón.

Adiós maestro, te recordaré siempre pero lo que más recuerdo es tu pasión por la Medicina Veterinaria.

Adhiero al abrazo para siempre maestro.

Dr. Luis Raggi Saini.

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