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Facultad de Ciencias Forestales y Conservación de la Naturaleza

Ciudad y naturaleza: el vínculo que defiende la Ingeniería Forestal

En el día de la ingeniera y el ingeniero forestal destacamos la importante contribución de esta profesión a la relación entre seres humanos y la naturaleza en las grandes ciudades de nuestro país. Pese a ser un territorio extenso, donde se valora la diversidad de paisajes, parece ser que aún falta incorporar el enfoque transdisciplinario en la planificación urbana, donde un profesional de las ciencias forestales tiene mucho que aportar.

La profesora Paulette Naulin destaca los beneficios de la naturaleza para el ser humano, tanto en lo psicológico como en lo biológico.

La profesora Paulette Naulin destaca los beneficios de la naturaleza para el ser humano, tanto en lo psicológico como en lo biológico.

Gradiente de sector natural, rural y urbano desde la Cordillera de la Costa, Pudahuel.

Gradiente de sector natural, rural y urbano desde la Cordillera de la Costa, Pudahuel.

Mejores decisiones sobre la planificación urbana e infraestructura verde reducirían presupuestos municipales y optimizarían recursos.

Mejores decisiones sobre la planificación urbana e infraestructura verde reducirían presupuestos municipales y optimizarían recursos.

Gradiente urbano, rural y bosque en Quito, Ecuador.

Gradiente urbano, rural y bosque en Quito, Ecuador.

La profesora Paulette Naulin, ingeniera forestal y académica de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza aclara la realidad de la relación entre naturaleza y desarrollo urbano: “Hay mucho que aprender todavía, sobre cómo logramos hacer conversar el medio ambiente con la ciudad y comprender que es un solo sistema, que no están separados”.

De acuerdo al Censo de 2017, la población de la Región Metropolitana supera los siete millones de personas y sigue en aumento, lo que ha provocado una expansión urbana hacia las zonas periféricas y también hacia las faldas de los cerros, donde se han construido grandes proyectos inmobiliarios dejando fuera espacios originales de naturaleza y emplazando zonas verdes desde cero.

“Para construir ‘limpian’ los terrenos, sacan todo, construyen viviendas y luego dejan espacios para plazas o zonas de recreación, plantando de nuevo pasto, que consume muchísima agua, árboles, etc. En vez de rescatar o resguardar parte de la naturaleza original que está mucho mejor adaptada a la zona y que conserva un valioso patrimonio del ecosistema de ese lugar”, sostiene la profesora Naulin.

Esta problemática podría superarse si trabajan de forma articulada diferentes actores que inciden en las decisiones sobre los espacios que habita la naturaleza en la ciudad. Lo que primero se debe comprender es que debemos ver todo como un conjunto. Debe existir un equipo transdisciplinario que haga conversar la ciudad con la naturaleza, entregando un servicio natural que nos permita vivir de forma más saludable.

Según explica la académica, hay dos dimensiones para comprender esta relación. Por un lado, está lo biológico, que se ha ido complejizando con la incorporación de otros tipos de árboles. Por otra parte, está el conocimiento del patrimonio, la ciudadanía y la planificación que hacen los municipios, que, en ocasiones, pareciera ser circunstancial al presupuesto y el equipo profesional de turno.

“Es como que el arbolado urbano no estuviese ligado al patrimonio, como que la naturaleza está arriba en el cerro y no en la ciudad y cada espacio natural, esté donde esté, alberga biodiversidad. Las aves ponen sus nidos en los árboles. Todo está relacionado, todas las piezas están relacionadas y articuladas dentro y fuera de la ciudad”, puntualizó la profesora Naulin, quien además es coordinadora del Consorcio de Patrimonio Botánico de la Universidad de Chile.

Relaciones funcionales

Los componentes del patrimonio natural, en una visión ecosistémica, son los elementos bióticos y abióticos que conviven entre sí. Árboles, plantas, aves, animales, humanos, suelo, agua, entre otros, forman este conjunto de relaciones que permiten el desarrollo de la vida y mientras el ecosistema funciona en su círculo virtuoso, sostiene la salud humana, animal y ambiental controlando la existencia de enfermedades emergentes, como el Covid-19 por ejemplo.

“Históricamente se ha considerado la naturaleza separada del humano. Y no debería ser. Esta división no puede ser porque se necesita de la naturaleza y de los elementos naturales. Sabemos del beneficio para las personas, disfrutar, la sensación de estar en contacto con la naturaleza es distinta en el sentido psicológico. Pero también debemos considerar el beneficio biológico: respiramos el aire que producen los árboles, aprovechamos su sombra. No es aleatoria esta relación, tiene una razón”, enfatiza la profesora Naulin.

Por este motivo, es necesario que un profesional como un ingeniero o ingeniera forestal incida en las decisiones urbana sobre las áreas verdes. Qué se planta, cuándo se poda, qué se puede reutilizar. Tener mejor información al respecto va a permitir tomar mejores decisiones e incluso reducir los costos en los presupuestos de cada municipio.

El problema no son los árboles, sino cómo nos relacionamos con ellos. Dónde los plantamos, cuándo los plantamos. Planificar bien sus podas para evitar contaminaciones por hongos, por ejemplo. Qué especies vamos a plantar para que no lleguen hasta los cables, después viene la empresa eléctrica en cualquier época del año y las mutila porque no es su labor saber sobre árboles”, interroga en voz alta la profesora Naulin.

Bien se sabe que los árboles resultan ser una pieza clave para la vida. Sus hojas interceptan la radiación solar directa impidiendo que esta llegue al suelo, disminuyendo la temperatura ambiental del lugar. Por otra parte, a través de los estomas de sus hojas, absorben dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero, así como también material particulado fino suspendido en el ambiente. Asimismo, las hojas que caen a la tierra, sirven de nutrientes para el suelo.

“Sabemos que la naturaleza no es infinita, cómo mejoramos entonces la relación y protección. Podemos intervenir espacios, pero hay que ir restaurando. Y dependiendo de las necesidades climáticas, geográficas, comunitarias, etc, del sector, hacer la planificación. Espinos y algarrobos, por ejemplo, tienen hojas pequeñas. Podemos optar con especies con hojas caducas, para combatir el calor del verano, pero dejar pasar los rayos de sol en invierno; las copas ralas dan semisombra. El maitén es una opción que permite el paso de la radiación. Para zonas más contaminadas, sería mejor considerar plantas perennes”, ejemplificó la profesora Naulin.

La académica insiste, además, en que cualquier ingeniero o ingeniera forestal va a tener esta visión técnica en la planificación urbana en equipo sobre la infrestructura verde. “He visto bandejones donde han plantado pasto y tulíperos en pleno verano. En invierno ya estaban muertos esos árboles, porque no se plantan en verano. El pasto crece, pero consume mucha agua. Entonces el árbol competía por el agua en una época que además no era la apropiada para asentarlo. Una buena decisión permitiría optimizar los recursos, como el agua, y conservar la naturaleza”, agregó.

Educación ambiental

Incluir a la comunidad en el cuidado del medio ambiente y en mejorar la relación con la naturaleza también debe ser prioritario en las planificaciones comunales. La educación ambiental logra tener buenos resultados para la población, y el planeta en general, cuando las personas empiezan a ver los beneficios ecosistémicos de forma concreta.

“Barremos las hojas, las botamos a la basura, las mandamos lejos de la ciudad y luego compramos tierra de hoja envasada. Cuando podríamos hacer composteras municipales en las plazas, recolectar los residuos orgánicos y generar tierra fértil para armar huertas comunitarias. La gente podría tener comida saludable, producida con sus manos y a costos muy reducidos o incluso gratis”, propuso la profesora Naulin.

Se genera una relación diferente, significativa, cuando las personas ven todo el proceso productivo de un alimento. No solo por la utilidad y beneficio que ofrece, sino por la comprensión del sistema. Esta valoración es necesaria para promover el cuidado del medio ambiente. En este proceso educativo ingenieras e ingenieros forestales son pieza clave.

En el último tiempo se ha masificado las visitas a cerros aledaños a las ciudades para estar en contacto con la naturaleza. Si existiese una visión más integral, concluye la académica, podría existir una gradiente de naturaleza a lo largo del territorio, corredores biológicos. El cerro es parte de la vida urbana por lo tanto debería estar incluido en la planificación y no como si hubiese una separación; asimismo se puede aprovechar en ellos la implementación de senderos educativos.

“Como ingenieros e ingenieras de la Universidad de Chile tenemos la misión de hacer propuestas, poner en diálogo estas problemáticas y formar profesionales capaces de enfrentarlas. Nos hacemos cargo de entregar herramientas y promover la visión de integrar esos elementos biológicos con el desarrollo de la ciudad; es el desafío que tenemos como población mundial y como profesionales de las ciencias forestales”, afirmó la profesora Naulin.

Nuestra Universidad lleva casi 70 años formando profesionales dedicados al cuidado y gestión de bosques y conservación de la naturaleza, realizando importantes aportes a nuestro país en el ámbito del manejo sustentable de los recursos forestales, de la investigación científica y de la protección de los recursos naturales renovables, entre otros.

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