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Opinión

Opinión Dr Marcos Vergara, Programa Políticas, Sistemas y Gestión en Salud

La noche de los muertos vivientes

Resucitan los muertos y salen de sus sarcófagos, a los cuales habían sido confinados por las juventudes implacables y revolucionarias. Estos zombies adscriben a la candidatura de la izquierda, como les resulta natural, y ahora sacan la voz para decir cosas que hasta hace poco se reservaron. No me refiero a Ricardo, a quien admiro, sino a José Miguel, en quien vi siempre un buen candidato. En fin. Carlos, por su parte, es reclutado. Se entiende todo esto cuando los propios candidatos abren conversaciones diversas en la búsqueda de los votos que podrían hacer la diferencia. Muy bien, pero no olvidemos que la vergüenza concertacionista por lo obrado en los últimos 30 años –y por qué no decirlo, el oportunismo político de los avergonzados– terminó por destruir el conglomerado de centro, cuyo desmoronamiento ya se había iniciado al cierre del segundo Gobierno de Bachelet con la extinción de la Nueva Mayoría con sus retroexcavadoras. Por lo pronto, Gabriel abandonó su disfraz del “Chicho” y se pasea en mangas de camisa, con Izkia a su lado. Todos, eso sí –lo veo en mis propios hijos– desilusionados con los resultados de la primera vuelta y preocupados y temerosos de lo que pueda suceder. Por cierto, mucho menos soberbios ahora.

Y ahí está José Antonio, hasta hace muy poco amigo de Johannes, expresión de la más extrema y nítida posición de la derecha de hoy, cuyo conglomerado sensato también se ha desvanecido. Pero José Antonio también mira hacia el centro, como es lógico, porque la batalla final no está librada y ahí mismo flexibiliza su discurso furibundo. Como Izkia a Gabriel, lo acompaña Paula. Pero es bueno entender que la rotunda aparición de José no fue casual. Para la “refundación autoritaria”, según denomina el fenómeno un amigo mío, fuimos nosotros mismos quienes llevamos al altar a José Antonio –me acuerdo del “huevo de la serpiente”, en Berlín del año 1920–, no solo producto de la vergüenza concertacionista por los 30 años, antes mencionada, sino también por la interpretación unidimensional del denominado estallido social y del “Apruebo”, atribuyéndolo a un triunfo de la izquierda radical, que sí habría sabido interpretar los sueños de Chile. Y también fue por el desenfreno de nuestros parlamentarios, que de tanto lanzar challas a la galería terminaron minando la institucionalidad, cuyo futuro reposa hoy en manos de las inmensas minorías. Por lo pronto, es necesario tener en cuenta que el “Apruebo” lo votamos todos como una forma de encauzar institucionalmente el problema –que nunca comprendimos del todo– y de dejar atrás la violencia.

Hoy nos inundan los memes –algunos muy divertidos– y las mutuas recriminaciones. Este miente, este otro se dio vuelta la chaqueta, mira lo que dice ahora, ¡es increíble!, ¡una vuelta de carnero! Ya no reduce los impuestos, ahora quiere terminar con la violencia, aman el medioambiente, fortalecen sus equipos económicos –para lo cual resucitan a otros muertos–, el Banco Central sí que vale la pena, etcétera. Somos humildes y generosos. Solo nos importa Chile.

Menudo problema al momento de votar. El Chile “polar” se disfraza. Los candidatos cambian su relato y construyen nuevas historias. Independientemente de nuestras razones ideológicas, que enclavadas en el fondo de nuestros corazones gozan de buena salud y determinarán finalmente nuestras decisiones, para la mayoría –la que se desplaza sobre la pista de hielo– la pregunta ha de ser entonces: ¿a quién le vamos a dar crédito?

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