OPINIÓN I No apruebo: Aprobamos

OPINIÓN I No apruebo: Aprobamos

Ya se ha vuelto habitual leer como imagen de perfil, hashtag o como cierre de una opinión en redes sociales: Yo Apruebo.

Esta sentencia viene marcada por un sello que con sutil agudeza se ha clavado en nuestro presente como una espina venenosa y totalitaria: la valoración patológica del yo. Byung-Chul Han lo llama “el régimen del yo”, bajo el cual, en un “proceso dramático” y sin percatarnos, se destruye al otro u otra. El yo impera. Inocentemente creemos que estamos formando comunidades, pero es tan solo un espejismo, pues la mayor parte del tiempo se trata de proyecciones de uno mismo o símiles del yo, de cámaras de eco que repiten mis propias ideas y mis opiniones, sin disenso, sin distinción, “el infierno de lo igual”.

Lo común tiene esa trampa, lo idéntico también, cuando nada es diferente, cuando nada es plural, el colectivo pierde su esencia de conjunto y queda expuesto. Cuando cada uno debe “rascarse con sus propias uñas”, aparecen quienes no tienen uñas y quienes nunca tuvieron, de la impotencia se pasa al dolor y de ahí a la rabia y al resentimiento. Las repercusiones de ese desequilibrio, tarde o temprano afectan a todos y todas, al mismo conjunto.

En Comunidad, inmunidad y biopolítica (2008), el filósofo italiano Roberto Esposito se encausó en la tarea de encontrar el sentido original de la palabra “comunidad”. ¿Qué es realmente una comunidad? ¿Por qué es necesario que exista la comunidad? La palabra comunidad deriva de munus, que significa tanto “deber” o “tarea”, como “don”, pero no un don de recibir, sino un don de dar. Esta “ley”, a la que refiere el término, es la obligación de cuidar al otro u otra, de velar por su bienestar. Se trata de permitir que el otro emerja en su individualidad y que aparezca su distinción en el colectivo, de aceptación total y resguardo. La verdadera comunidad no se constituye a partir de lo común ni de lo propio, sino de lo distinto.

Pienso que el mejor ejemplo para entender como verdaderamente se constituye una comunidad se encuentra en la música. Una banda musical se forma justamente cuando cada integrante contribuye al conjunto desde su propia individualidad y distinción; alguien toca la guitarra, otro el bajo, otra la batería y así. Mientras más integrantes e instrumentos diferentes se sumen al conjunto, más se enriquece el sonido de la banda. Puede incluso haber quienes aporten lo mismo, dos guitarras, dos voces, pero todos son un aporte. Por otro lado, no pocas veces hemos visto que el fin del grupo musical, comienza cuando algún integrante se siente más importante que el resto, es decir, cuando antepone su yo y deja de velar por el cuidado del otro u otra, del conjunto.

Esposito detalla que de la misma raíz munus presente en comunidadpuede emerger una idea contrapuesta: la “inmunidad”. Lo inmune rechaza, anula y expele lo exterior, el estar inmune es estar libre de la obligación de cuidar, es estar apartado, fuera, en una burbuja. Pero las consecuencias de esto han sido y son nefastas, esa burbuja es frágil, se rompe y se seguirá rompiendo, de manera cada vez más brutal. Nos preguntamos cómo se habrá generado la nueva enfermedad contagiosa en África y tenemos a un clic de distancia la respuesta ­–con evidencia clara y contundente–, y es que la fiebre del cobalto, también llamado oro azul, genera una miseria terrible en el Congo, en donde familias de niños muertos en las minas han demandado a Apple, Tesla, Google y Microsoft. Nuestros teléfonos móviles de última generación cargan con esa llaga; la indiferencia y la indolencia son hijas de la inmunidad.

Es urgente e imprescindible cambiar el “Yo Apruebo” por un “Nosotros, nosotras, nosotres Aprobamos”, dejar al yo en reposo, postergarlo y que se quede un largo rato sentado como mero espectador para que podamos hacer comunidad. Para que “mujeres, hombres, diversidades y disidencias sexo genéricas participen en condiciones de igualdad sustantiva” como dice nuestro borrador constitucional. Para que lo plurinacional e intercultural no se entienda desde los límites y el no-contacto, sino todo lo contrario. Para que nadie se sienta atormentado porque la denominación de un cargo está expresada en femenino. Para que las distintas regiones de Chile se constituyan como una banda musical en la que ningún integrante está sobre el resto. Para recomponer nuestra confianza en los otros y otras. Para quien cree y quien no cree. Para hacer comunidad verdadera.

La obsesión del yo nubla la visión, nos va apartando y dejando solos. Atomiza el conjunto. Nos sesga, vemos una sola perspectiva o con suerte dos: blanco y negro, sin grises. La libertad es solo entendida positivamente, es decir, “lo que soy libre de hacer”, pero borra su cariz negativo, “lo que no soy libre de hacer”, las condicionantes que nos limitan, no se miran, se ignoran.

El yo siempre quiere brillar, siempre quiere ganar, quiere su dinero, todos los “yo” quieren su plata. “El régimen neoliberal –dice Han– esconde su estructura coactiva tras la aparente libertad del individuo”. El yo es fácil de engañar porque ve muy poco, mientras se mira el ombligo, a su alrededor está todo pasando: colusiones, estafas, aprovechamientos, indolencia. Dejemos un rato tranquilo al yo, dejémoslo descansar y hagamos comunidad. Mejor APROBEMOS.

Roberto Osses Flores
Académico del Departamento de Diseño de la Universidad de Chile. Docente del Departamento de Publicidad e Imagen de la USACH.
 
* Versión original, en ► El Desconcierto