Columna de Opinión

Cuidados comunitarios: ¿cómo los ensamblamos en un Sistema Nacional de Cuidados?

La inclusión del derecho a los cuidados en el documento de la nueva Constitución, que será sometido a un plebiscito de salida el próximo 4 de septiembre, así como el anuncio en la Cuenta Pública de un Sistema Nacional de Cuidados, nos coloca en la necesidad de reflexionar acerca de lo que entendemos por cuidados y de cómo queremos que este tema sea abordado.

La palabra cuidados nos abre a una constelación de significados, acciones, responsabilidades, trabajos, afectos y más. En su acepción más restrictiva, los cuidados implican una situación de dependencia, es decir, hay quien requiere ser cuidado(a) –una niña, por ejemplo– y quienes brindan ese cuidado –la madre, un familiar, una organización o una institución, por ejemplo–. Pero, en concreto, ¿es únicamente así que los cuidados se desarrollan? Creemos que no.

Desde nuestra perspectiva, las personas somos ontológicamente vulnerables, frágiles e interdependientes, ya que todos, todas y todes requerimos de cuidados y podemos brindarlos. Es más, somos uno de los seres vivos más dependientes desde nuestro nacimiento, requiriendo de otras personas y del vínculo con una serie de instituciones sociales y comunitarias que sostienen nuestra vida y su desarrollo para sobrevivir.

Por lo mismo, hemos de situar los cuidados como parte de los trabajos de reproducción y sostenibilidad de la vida, lo que recientemente la Cooperativa de Economía Feminista Desbordada definió, en el Manifiesto de Cuidados, como estrategia de resistencia y sostenibilidad “compuesta por aquellas acciones que permiten que la vida pase de ser una posibilidad a una realidad” (2022, pág. 4).

En la organización social de los cuidados participan las familias, el Estado, el mercado y la comunidad y aquí nos interesa especialmente referirnos a aquel que proveen las familias y las comunidades en diversos contextos.

En los últimos años, se ha revisibilizado la feminización de los cuidados y evidenciado la necesidad de redistribuir y reducir dichas labores. Son los cuidados que se realizan fuera de los hogares por parte de la comunidad, por redes de vecindad y organizaciones sociales, también feminizadas, los que han quedado más invisibilizados. Este tipo de cuidados se despliega en acciones colectivas como ollas comunes, merenderos, brigadas de salud, talleres, entre otras tantas formas. Se trata de experiencias de cooperativismo muy heterogéneas y autogestionadas, que resultan de procesos híbridos entre la familia, la comunidad, el Estado y el mercado, para producir y recibir cuidados (Vega-Solís et al., 2018), que suelen lidiar con la privatización del mercado o con lo público estatal y sus definiciones muchas veces homogeneizantes. Este tipo de cuidados se hacen visibles en contextos de crisis y de desastres naturales, pues su activación se vuelve socialmente más evidente. Sin embargo, se trata de una articulación sociocultural que sostiene la vida cotidiana y que muchas veces solo se lo piensa como un actor intermitente y marginal del sistema, a pesar de su potencia histórica.

En distintos contextos de precariedad y en los últimos años de crisis sociosanitaria, sobre todo en América Latina, vemos la proliferación de respuestas comunitarias a necesidades básicas, a modo de estrategia de resistencia que se va configurando en relación con la presencia o ausencia estatal y el debilitamiento de los sistemas de protección, como se evidenció frente a la epidemia del hambre que acompañó a la de COVID-19.

Creemos que ad portas del diseño y la creación de un Sistema Nacional de Cuidados para Chile, las organizaciones sociales y redes comunitarias, tienen mucho que decir y aportar. Nos parece muy relevante que se debata abiertamente y junto a la densa red comunitaria que resiste y sostiene la vida cotidianamente, sobre ¿cuál será el papel de lo comunitario?, ¿de qué manera se articularán y ensamblarán las acciones, responsabilidades y recursos? y ¿cómo las comunidades participarán en el diseño de dicho Sistema?

La nueva etapa que se inició en el país, que ha sido empujada y sostenida en gran parte por los movimientos sociales, los feminismos y las mujeres, imponen incorporar en el diseño y definiciones de las políticas, a quienes han hecho posibles los cambios.

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