Revista Qué Pasa

Columna Felipe Ochoa: Los socavones, el Correcaminos y el Coyote

Probablemente el primer socavón que vimos en nuestras vidas fue gracias al Coyote y el Correcaminos. El Coyote hacía un hoyo, desaparecía el terreno y lo tapaba con una alfombra con la esperanza de que el Correcaminos la hiciera colapsar y cayera dentro del hoyo.

En la realidad, un socavón se expresa como un accidente de terreno que, previa al colapso, es una masa de suelo que lleva por un tiempo –generalmente considerable- disminuyendo su masa y autosustentabilidad, ya sea por disolución del terreno, por grandes fuerzas del agua subterránea que son capaces de lavar y transportar masa de suelo, o bien por efectos de acciones humanas. Lo peligroso es que la oquedad que se forma queda tapada por la “alfombra”, que no nos permite verlos. Esta “alfombra” es una capa muy fina que puede ser del mismo terreno, del pavimento o un radier, colapsando por gravedad o sobrecarga.

Los chilenos/as sabemos de socavones mucho más de lo que creemos y, para nuestra mala fortuna –y a diferencia del inmortal Correcaminos– nosotros/as y nuestra infraestructura sí podemos caernos con la “alfombra” y las consecuencias pueden ser devastadoras. ¿Quién es entonces nuestro Coyote? Puede ser la naturaleza o, indirectamente, nosotros/as.

Si bien muchos socavones se producen naturalmente por la geología y las características de un terreno, también son producidos indirectamente por las personas y la infraestructura que se instala sobre o bajo ellos. Cuando se producen, súbitamente se genera un agujero que puede ser pequeño, pero también lo suficientemente grande para que una o varias personas caigan en él. O un auto, un living, una casa, o un edificio completo.

El socavón ocurrido recientemente en Tierra Amarilla, en el norte de Chile, es probablemente el más grande visto en el país durante el último tiempo. Ocurrido en una zona predominantemente minera, este impresionante evento ha llamado la atención de la comunidad por su magnitud y contexto: 32 metros de diámetro y 64 metros de alto, encendiendo alarmas por las evidentes implicancias.

 

 

Pero en Chile siempre han habido, hay, y habrán socavones. El norte de Chile es famoso por sus suelos con alto porcentaje de sales solubles, que en estado seco son una roca, pero que sin embargo, las gotitas que infiltran en el suelo por una cañería o matriz de agua mal conectada, o por regar el patio de manera frecuente, disuelven las sales silenciosamente por años, generando verdaderos subterráneos que solo se evidencian cuando el radier o las fundaciones colapsan. Para qué decir el daño si se rompe una matriz de agua.

En Santiago, recordados son los socavones frente a la Universidad de Chile, en la Alameda, el 2020, o el socavón en avenida Providencia el 2016, causados porque la matriz de agua se rompió, y las presiones fueron tan grandes que el agua se llevó el suelo bajo el pavimento. En el sur, un gran número de socavones se produjo en 2018 en diferentes zonas de Dalcahue, Chiloé. Pero sin duda, el evento más dramático se produjo en Puerto Varas, cuando en 1995, 192 mm de lluvia, en conjunto con la inadecuada mantención de alcantarillado, erosionaron el terreno bajo la carretera que cruzaba el estero Minte, haciendo colapsar la ruta y quitándole la vida a 27 personas.

El socavón de Tierra Amarilla sucede en un contexto que hay que esclarecer, cambio climático de por medio, para evidenciar la causa de su ocurrencia. El trabajo de nuestras instituciones y la industria sin duda ayudará a definir cómo se produjo. Y eso podría tomar un tiempo.

Compartir:
https://uchile.cl/u189094
Copiar