Opinión El Mostrador

Obesidad: miradas desde el género y lo cultural

Los resultados preliminares del estudio “Transmisión de dinámicas alimentarias en el entorno doméstico”1 muestran que aún persiste un ordenamiento dicotómico entre hombres y mujeres al interior de las casas, donde ellas siguen siendo las principales encargadas de todo el proceso alimentario del núcleo familiar, mostrando una alta carga emocional y laboral. Las mujeres intentan organizar sus tiempos y múltiples actividades, compatibilizando un conjunto de quehaceres que incluye también, en muchos casos, sus trabajos remunerados.

El ambiente doméstico, escasamente estudiado en Chile, es complejo y refleja una realidad diversa, con distintas dinámicas y prácticas. En este espacio es donde se definen, simbolizan, transmiten y reproducen los hábitos de vida, las preferencias y tradiciones alimentarias.

La evidencia ha mostrado que la obesidad y la mala alimentación afectan en mayor medida a las mujeres y, entre ellas, a aquellas de menor nivel educacional. Para combatir el problema de la obesidad y modificar la conducta alimentaria es necesario considerar que las decisiones de consumo no dependen únicamente de los individuos, sino que están determinadas por las condiciones en que estos viven y se desarrollan y por el entorno que les rodea.

Este estudio releva la importancia de los determinantes sociales en el desarrollo de estrategias para abordar los problemas alimentario-nutricionales, observando los contextos reales en que viven las personas y la necesidad de cambiar los entornos alimentarios para favorecer una mejor conducta alimentaria. No es posible persistir en orgánicas que apelan exclusivamente o principalmente al cambio individual, responsabilizando a las personas de sus malos hábitos y olvidando que las tareas del cuidado y alimentación siguen recayendo en las mujeres, a quienes además hacemos cargo de la malnutrición propia y de los integrantes de sus familias.

Las intervenciones deben dar cuenta de todos los factores que inciden en los cambios que necesitamos. Por ejemplo, posibilitar una planificación culinaria para transformar lo que ocurre en ese territorio que llamamos cocina y casa, que implique que la cocina deje de ser aquella actividad solitaria y reservada para las mujeres y pase a ser algo pensado y realizado de manera colectiva, integrando a más miembros del hogar, permitiendo la distribución de cargas. Mientras más manos y cabezas cocinan, aumenta la creatividad, nuevas preparaciones emergen y se van retomando tradiciones y acciones que poco a poco pueden ir deshabilitando las dinámicas que observamos y que han mostrado un cúmulo complejo de prácticas perjudiciales para la salud, para nuestros cuerpos y para las relaciones sociales.

Compartir:
https://uchile.cl/u189225
Copiar