Columnas | Historia y nueva Constitución:

‘La nación que no existe y sus futuros posibles’ por Azun Candina

La Wenüfoye, bandera mapuche que flameó abrumadoramente en el levantamiento popular de octubre de 2019, fue presentada por primera vez en octubre de 1992, en un acto masivo en Temuco. Su creación y aparición pública fue el resultado de un proceso de deliberación y activismo a fines del siglo XX, y particularmente del Consejo de Todas las Tierras Aukiñ Wallmapu Ngulam de Gulumapu, Chile, y la Confederación Mapuche de Neuquén o Neuquina, de Puel Mapu, Argentina1

Nada bien le pareció al gobierno chileno de la época este símbolo de las luchas mapuche contemporáneas, e hizo lo posible por invisibilizarla: 

“La Wenüfoye nació reprimida. Fue puesta fuera de la ley de inmediato por el gobierno de la Democracia Cristiana en 1992, cuando fue presentada aquel 6 de octubre en Temuco. Como diría Weke, nació en medio de una “batalla hostil, en donde se impuso la violencia para negar lo innegable: que somos un pueblo y que tenemos derechos políticos”2.

Siguió su camino, la Wenufoye, siguió y sigue ondeando, aun en manos y ventanas de quienes no son mapuche, pero sí se identifican con su talante libertario. 

Sigue presente, también, esa otra bandera, que es la pariente en negativo o reverso de la bandera chilena, y con un origen muy diferente a la Wenufoye: la bandera negra y de bordes blancos creada por el poeta visual y sonoro Martín Gubbins. Según la revista Palabra Pública, la bandera negra fue una obra hecha en el año 2016. Poco antes del estallido social del 18 de octubre de 2019, Gubbins reeditó su trabajo en una exposición en Valparaíso, donde hizo diez copias de la obra original. El día 19 de octubre de 2019, el Colectivo Músicos de Chile usó la imagen en una declaración contra la represión policial, con autorización de su autor. De allí en adelante, no desapareció de las calles chilenas. Entrevistado en dicho medio, Gubbins declaró: 

Creo que la bandera negra tiene la virtud de ser ecuménica. Le pertenece o puede pertenecer a cualquiera. Es un símbolo de dolor al final de cuentas, de pena, o de rabia, todos sentimientos universales en estos tiempos de crisis. Sin embargo, todas esas banderas y todas las pancartas tienen sentido y lugar en el movimiento social. Todas reflejan causas urgentes. La frustración en nuestra sociedad es una causa urgente, y yo creo que la bandera tiene que ver con eso, frustración. La causa mapuche es urgente. Y las banderas del fútbol yo las veo como símbolos de un grupo social marginado que actúa como pandilla porque no tiene más opciones para conseguir legitimidad en la sociedad, al menos ante sus pares”3

Vale la pena detenerse en las palabras de Gubbins: lo urgente, lo doloroso, lo frustrado. Lo que no cabía o no parecía estar en el tradicional emblema del Estado chileno, la geométrica tricolor. La pregunta es histórica, por cierto: los significantes puedes ser los mismos, pero los significados son sociales, emocionales y discontinuos. Son una suerte de rendija o de grieta entre las tablas de un entramado, que nos sirven para mirar no hacia afuera, sino hacia dentro de nuestras mismas historias. 

Una de las tareas que asumió la dictadura cívico-militar desde sus inicios, y que sus defensores continúan hasta hoy, fue la apropiación de símbolos y fechas patrias como parte de la legitimación de la así llamada gesta liberadora de 1973. Asimilando 1973 con 1810 —como se inscribió en el Edificio Diego Portales, hoy GAM— e inundando sus celebraciones de banderas chilenas, de cuecas de salón y analogizando a los militares golpistas con los Padres de la Patria y las guerras de la Independencia, hicieron a generaciones de escolares aprender y cantar los himnos de las distintas ramas de las Fuerzas Armadas y Carabineros, participar en desfiles y actos cívicos de glorificación de lo militar, sumarse a las Brigadas del Tránsito y así, paulatinamente, asimilar el nacionalismo con la derecha, la defensa de la Patria con la lucha contra la diversidad y la disidencia, y poner en duda, a fin de cuentas, si esos símbolos supuestamente de todos, eran de todos. Así lo entendió Elvira Hernández, con lucidez de poeta —que ve antes que los demás veamos— cuando escribió La Bandera de Chile, en 1981, texto que circuló de manera clandestina y sólo fue formalmente publicado diez años después, y en Argentina: 

“come moscas cuando tiene hambre La Bandera de Chile

En boca cerrada no entran balas

Se calla

Allá arriba en su mástil

La Bandera de Chile es exhibicionista por naturaleza” 4

No es casual ni sorprende, que la declaración de plurinacionalidad de la actual propuesta constitucional, haya despertado alarmas. Al autoritarismo y a las ideologías del orden, les irrita y les asusta la diversidad. Lo plural contiene una amenaza en sí mismo: si la realidad es heterogénea, si no existe la verdad sino las verdades, si no existe un pueblo de Chile y una historia de Chile (y una sola bandera), si existen, como precisa la propuesta de una nueva constitución, al menos once pueblos y naciones indígenas preexistentes al Estado de Chile 5, la Nación Chilena Única, la bandera exhibicionista por sí misma, es puesta en duda, y la duda es la enemiga por excelencia del disciplinamiento intelectual, social y político. La Identidad Chilena, la celebrada en las Fiestas Patrias, la que incluye parada militar, glorias del Ejército y tonadas enseñadas en la escuela a los niños, se devela entonces como la construcción que es: una selección de ciertas tradiciones campesinas –no todas, por cierto— de Chile Central, una imagen idealizada de la hacienda, con su patrón severo y vigilante, con las chinas que bajan púdicamente los ojos mientras el huaso las rodea con el zapateo del macho conquistador, y la chicha en cacho y la fiesta de la trilla, y de fondo, una y otra vez, los tambores y flautines que marcan el paso ordenado de las tropas siempre vencedoras, jamás vencidas. 

Callaba esa Bandera de Chile, alta en su mástil (porque en boca cerrada no entran balas), las otras historias, las otras canciones, las otras voces de un territorio que hoy llamamos Chile: las lenguas de los pueblos indígenas, la cueca chora de las ciudades, la cumbia transpirada que le gustaba recordarnos a Lemebel, la lira popular, los ritmos de las diabladas y las cofradías del Norte Grande, los silbidos de los proyectiles atravesando los canales del extremo sur, los genocidios que pudieron acabar con mucho, pero no con todo.  

Ahora, por primera vez en doscientos años de República, una propuesta constitucional pone en relieve que ‘el pueblo de Chile’, como dicen sus primeras palabras, está ‘conformado por diversas naciones’. Sí, es un pueblo, y vive aquí, en este territorio llamado Chile, pero no es uniforme, no es único, y se expresa a sí mismo de tantas maneras como pueblos y naciones tiene, y con tantas historias, conflictos, tensiones, silencios y futuros posibles podría tener. 

Notas

Para ver el detalle de este proceso, revisar José Ancán Jara, (2017) “A 25 años de la wenufoye. Una breve genealogía de la bandera nacional mapuche”,  Revista Anales, Séptima serie. No 13, Universidad de Chile, Santiago de Chile.  

2 Fernando Pairicán, (2019), “La bandera Mapuche y la batalla por los símbolos”, en https://www.ciperchile.cl/2019/11/04/la-bandera-mapuche-y-la-batalla-por-los-simbolos/ 

3 https://palabrapublica.uchile.cl/2021/03/31/martin-gubbins-el-poeta-detras-de-la-bandera-chilena-negra-quedarme-lo-mas-callado-posible-fue-una-decision-etica-y-estetica/

4  Elvira Hernández, La Bandera de Chile, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1991, p. 14.

5 Mapuche, Aymara, Rapanui, Lickanantay, Quechua, Colla, Diaguita, Chango, Kawéskar, Yagán y Selk’nam. Propuesta Constitución Política de Chile, 2022, Artículo 5º.

 

 


 

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