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Sonia Montecino: Diferencias de género y puntajes nacionales

La PSU es un exquisito barómetro de las distancias que operan en una sociedad como la nuestra que se piensa "desarrollada". Es hora de pensar que la equidad no es sólo un problema de recursos económicos, sino también de recursos simbólicos y, aunque no nos guste, es un asunto que toca profundamente a las relaciones sociales de género. Sin políticas públicas y educacionales capaces de leer estas relaciones, difícilmente alcanzaremos la meta de un país con igualdad.

Sonia Montecino, Vicerrectora de Extensión y Comunicaciones de la U. de Chile.

Sonia Montecino, Vicerrectora de Extensión y Comunicaciones de la U. de Chile.

Para quienes nos dedicamos a los estudios de género, no son novedosos los resultados de la PSU en cuanto a los puntajes nacionales. Es posible observar que, en casi una década, la participación femenina en esos estándares nunca se ha equiparado a la masculina. Es obvio que las razones no radican en el escaso desarrollo cerebral de las mujeres -como habrían respondido nuestros antepasados decimonónicos- sino en una multiplicidad de variables culturales, es decir de sistemas de representaciones que asignan distinciones de roles y espacios a hombres y mujeres.

Estos sistemas operan como una gramática inconsciente, en la mayoría de los casos, y consciente en una minoría: desde las demandas y logros de las mujeres por mayor igualdad es políticamente incorrecto que alguien niegue esas reivindicaciones.

Hace muchos años que las especialistas han denunciado el "curriculum oculto" que opera en las aulas, es decir los modelos y valores estereotipados que se transmiten en el proceso de enseñanza aprendizaje. Un ejemplo de ello es la antigua creencia que las mujeres son menos aptas para las matemáticas que los hombres, lo que se traduce en muchos casos en un desinterés de los(as) propios(as) docentes porque las alumnas destaquen en estas materias.

Si observamos las "preferencias" de las mujeres en las carreras universitarias claramente hay una tendencia que reproduce viejos modelos en los cuales las ingenierías, las ciencias, la tecnología y afines son mayoritariamente masculinas, con un consiguiente correlato en la desigualdad de sueldos: las mujeres tienden a carreras feminizadas y devaluadas económicamente.

Otro punto es esa suerte de "techo de cristal" que funciona en el espectáculo del existismo que promueve la PSU. Me refiero a que las mujeres, sobre todo de los sectores más desfavorecidos, se piensan desde un horizonte precario: no hay demasiados modelos de mujeres que triunfen intelectualmente, la promoción social está más centrada en el cuerpo que en los valores de la creatividad y del pensamiento: baste ver el ideal femenino que la televisión abierta valoriza.

Por otro lado, cuando se analizan las diferencias entre mujeres, es también evidente que quienes logran mejores puntajes en la PSU son aquellas que provienen de colegios particulares, con un capital social garantizado, y por ende con muchas más posibilidades de acceder a sueldos más cercanos a los de los hombres. Desde esta perspectiva la PSU es un exquisito barómetro de las distancias que operan en una sociedad como la nuestra que se piensa "desarrollada".

Es hora de pensar que la equidad no es sólo un problema de recursos económicos, sino también de recursos simbólicos y, aunque no nos guste, es un asunto que toca profundamente a las relaciones sociales de género. Sin políticas públicas y educacionales capaces de leer estas relaciones, difícilmente alcanzaremos la meta de un país con igualdad.

Sonia Montecino Aguirre
Vicerrectora de Extensión y Comunicaciones
Universidad de Chile.

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