En 1976, y en el marco de un proyecto que buscaba reagrupar las instalaciones y carreras de la Universidad en cinco campus principales, se decide comprar el terreno que hoy es conocido como Campus Andrés Bello. La Facultad de Arquitectura, que hasta entonces se ubicaba en la comuna de Cerrillos, sería una de las principales beneficiadas. Todo un desafío que se emprendió en la época del Decano Gastón Etcheverry Orthous.
Uno de los académicos que vivió este proceso, participando en el proyecto para dar forma a la nueva sede, fue el Director del Instituto de Restauración Arquitectónica de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Doctor Antonio Sahady. “Se decidió la compra de un terreno que estuviera en el centro de Santiago para vincular la Facultad con la ciudad. Cuando estudiaba se encontraba en Cerrillos, entonces la vinculación con la ciudad era muy escasa, por lo que, en cierta medida, sentíamos que había una desventaja respecto a otras facultades”.
El también profesor de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile, Ignacio Salinas, recuerda que en aquella época, “eran pocas las librerías que existían, sobre todo, especializadas. La Librería Nacional era una, pero como estaba en el centro había que gastar toda una mañana en visitarla. En definitiva, era casi una odisea ir a comprar materiales”.
Un espacio con historia
La riqueza arquitectónica del nuevo terreno hizo que el proyecto buscara rescatar la identidad histórica del lugar. Por ello se mantuvieron intactos los bloques que desde 1817 albergaron el Regimiento de Caballería Nº2 "Cazadores del General Baquedano". Los grandes espacios entre bloques son vestigios de esa época, en donde fueron utilizados para la circulación de caballería.
Pero, antes de que existieran los pabellones del año 1833, y de que el ruido de caballos y sables se hiciera presente, el terreno fue ocupado por la primera casa de Ejercicios de la Compañía de Jesús. En ese tiempo el sector estaba lleno de chacras de cultivos y era conocido popularmente como “la Ollería”, precisamente por la fábrica de locería que los Jesuitas tenían en el lugar.
El cuartel nace luego de la victoria conseguida en la Batalla de Chacabuco. Bernardo O’Higgins se vio en la necesidad de profesionalizar un cuerpo militar que, en principio, surgió sólo por las circunstancias políticas de la época y, en sus esfuerzos por contar con un organismo armado permanente, crea en 1817 la Academia Militar y en 1818 el Regimiento Cazadores.
El paso del liceo y el mercado
Ni caballos ni militares se encontró la Facultad de Arquitectura y Urbanismo al llegar a Portugal. Desde el año 1933 los dueños de casa eran el Liceo N°5 “Rosario Orrego” y el Mercado Juan Antonio Ríos. “El Bloque A era originalmente un Liceo de niñas. El primer bloque en que se comenzó a trabajar fue en el Bloque B. Allí se instaló el profesor Juan Benavides a elaborar las especificaciones técnicas del proyecto. Mientras tanto seguían operando las fábricas de camisas, las verdulerías, las pescaderías, etc.”, dice el profesor Antonio Sahady, quien recuerda que entonces aprovechaba de almorzar en alguno de los locales del mercado. “Comprábamos fruta y todo lo que necesitábamos. Nos abastecíamos”.
Seguramente el escenario que se respiraba a diario entre los pabellones que hoy conforman la Facultad de Arquitectura era el de un gran tumulto de personas. Un gran ir y venir de camiones cargados de verdura o carne proveniente del matadero. Un sin número de vendedores gritando a viva voz las ofertas que el Mercado ofrecía a sus clientes. Por supuesto, no existían salas de taller, ni tampoco alumnos fabricando maquetas entre restos de papel, cartulina y cartón corrugado.
A mediados de la década del 70´, periodo en que la Facultad decide trasladar sus dependencias, el bloque C lucía dos grandes carteles al lado de la puerta que hoy se transformó en un gran ventanal. “Carnicería Rubio”, uno de los tantos negocios que se ubicaban en el antiguo mercado.
En esos tiempos, en que no se veían ni los malls ni los grandes supermercados de ahora, el Juan Antonio Ríos era un lugar donde se podía encontrar de todo. Los locales vendían abarrotes, verduras y carne; y también se ofrecían servicios como costuras, reparaciones de calzados, etc.
El bloque A, separado del resto de los pabellones por una pandereta y alejado del ritmo vertiginoso que se vivía en el mercado, albergaba al Liceo de niñas N°5, establecimiento que tuvo entre sus directoras a la destacada profesora, escritora y política Amanda Labarca.
A ganar terreno
Para el profesor Ignacio Salinas la Facultad de Arquitectura gana presencia al dejar sus antiguas dependencias en Cerrillos. “Antes nadie sabía dónde se encontraba la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile”.
Cerca de la Alameda, y con todo el capital que significa la proximidad con el centro de Santiago, la localización fue, sin duda, uno de los principales aciertos del proyecto que trasladaría la Facultad. No obstante, lo más significativo fue el rescate del patrimonio histórico de la antigua construcción. Como explica el profesor Mario Ferrada, "la Universidad supo dar respuesta a otro tipo de acción sobre la arquitectura, que es la de recuperar lo existente".
En definitiva, se previó que el conjunto, como tal, tenía valor. "Es un conjunto más o menos unitario donde existen cuerpo paralelos que permiten obtener patios intermedios con cierta dimensión para el recreo, para la comunicación entre clases, etc. Además tenía la superficie suficiente para albergar todo aquello que se requería en su momento”, dice el profesor Antonio Sahady.
Cuando a mediados de la década del 70´ la Facultad comenzó a tomar forma también se fue generando todo un entorno en función de ella. “Una especie de sub-mundo. En ese tiempo eran locales de fotocopias y copia de planos. Ahora son ploteos y scanner”, dice Sahady.
Un largo camino
Al visitar la Facultad cuesta imaginar que los pabellones que la conforman no siempre formaron parte de su historia. La comunidad universitaria ha hecho suyo el territorio, y cada uno de sus rincones. Sin embargo, para que esto ocurriera, la travesía fue larga.
Desde el curso de arquitectura que se dictaba en el Instituto Nacional, en 1850, hasta la Facultad de Arquitectura y Urbanismo que comenzó a funcionar en el Campus Andrés Bello, en 1977, los estudiantes transitaron por diferentes lugares de Santiago. Casa Central y la casona ubicada en calle República 517 –que durante Dictadura fue utilizado como cuartel de la CNI- son algunos de los espacios que sirvieron para la formación de los futuros arquitectos del país. Incluso el edificio que ocupa el Centro de Investigación, Desarrollo e Innovación de Estructuras y Materiales (IDIEM), de la Facultad de Ciencias Física y Matemáticas, fue utilizado por los alumnos. Todos estos edificios marcaron época en la arquitectura nacional y en quienes vivieron allí su formación como profesionales.
Es el caso de la sede de Cerrillos, la cual es recordada con cariño y cierta nostalgia por varios profesores. “Quizá lo que uno extraña de aquel lugar es una convivencia más cercana. Es que estábamos casi todo el día. Nos íbamos en micros, de esas amarillas estilo americano, que partían desde Calle 18. Nos dejaban en la Escuela y las tomabas de regreso desde la 6 hasta las 7”, dice el profesor Antonio Sahady.
El aislamiento en que se encontraban generó un vínculo especial. Así lo recuerda su colega, Ignacio Salinas. “La vida comunitaria era natural. Había espacio, prados, naturaleza. Almorzábamos juntos. Había un casino y uno obligadamente tenía que comer allí. Lo otro era ir al aeropuerto de Cerrillos, pero para eso había que tener plata”. Enrique Soto, uno de los funcionarios más antiguos de la Facultad, alcanzó a estar 11 años en Cerrillos. “recuerdo que cuando algún alumno se titulaba era una tradición hacer una asado. Íbamos todos, porque éramos todos amigos”.
La FAU hoy
“Cuando llegas a la FAU te juntas en las pircas, almuerzas en las pircas, estudias en las pircas. Todo pasa en las pircas”, dice la estudiante de arquitectura Claudia Olivo. En definitiva, uno de los lugares más famosos de la Facultad donde varios jóvenes acostumbran a pasar las tardes debajo de los árboles.
Como dice el profesor Ignacio Salinas, “ellos ocupan la escuela. La habitan. Y eso es algo que quizá no existe en otras universidades”. Es así como cada uno de los pabellones muestra las huellas de los estudiantes que hicieron suya esta construcción. Una que nació con otros fines, pero que hoy revive cada día con quienes estudian allí.
En una de las paredes del bloque B aparece el rostro pintado de Gladys Armijo, una de las profesoras más queridas de Geografía. Fueron sus propios alumnos quienes, después de su muerte, le rindieron un homenaje a través de este mural. Por eso el patio que se forma entre el bloque B y el C es conocido popularmente como “el patio Armijo”. Otro de los patios es “el patio Da Vinci”, por el dibujo que luce una de sus paredes. En ellos se reúnen los estudiantes en sus momentos libres, esos que escasean durante “la semana de taller”, la semana más temida del año. “Hay que pensar que es la entrega final, que te juegas el año en una semana, entonces siempre es lo más estresante”, dice Fabiola Morcillo, alumna de arquitectura.
Durante este periodo en que la Facultad gira en torno a la entrega de Taller, y mientras los sacos de dormir de los alumnos que se quedan a terminar sus trabajos abundan en los pasillos, “San Guatita” se hace aún más popular.
Inserto en una de las paredes del bloque A se encuentra la esperanza de todos los estudiantes. Una especie de gruta donde hay una pequeña escultura de un fraile rechonchito. El mito cuenta que era un estudiante de arquitectura que pasó todos sus ramos con la nota mínima para aprobarlos. Algunos dicen que después fue ayudante, pese a que nunca fue un alumno destacado. Por eso es que la pared donde se encuentra está llena de recados. “San Guatita, ayúdanos con tu sabiduría y omnipotencia para aprobar matemáticas. Sabemos que tu bondad nos llevará al camino del éxito”.