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Departamento de Filosofía

Homenaje a los profesores Carla Cordua y Roberto Torretti

Carla Cordua y Roberto Torretti

Carla Cordua y Roberto Torretti

 Eduardo Carrasco Pirard

Eduardo Carrasco Pirard

 Prof. Marcos García de la Huerta

Prof. Marcos García de la Huerta

Motivado por las distinciones como Premios Nacionales en Humanidades y Ciencias Sociales 2011 que recibieron los profesores Carla Cordua y Roberto Torreti, el Departamento de Filosofía, dirigido por el Prof. Carlos Ruiz, rindió un homenaje en el cual los profesores Eduardo Carrasco y Marcos García de la Huerta realizaron exposiciones sobre la vida y obra de los académicos distinguidos.

Presentación de Roberto Torretti a cargo del Prof. Eduardo Carrasco

Sería temerario de mi parte intentar dar aquí en unos pocos minutos una visión completa del itinerario filosófico de Roberto Torretti. Mi elocuencia no da para tanto, pero tampoco mi conocimiento, pues buena parte de las obras que él ha escrito son de una especialización que desborda completamente mis habilidades. Me refiero a aquellas que tratan sobre temas de física y geometría y que exigen un conocimiento acabado de estos temas y de su historia. Por lo tanto, voy a referirme principalmente a lo que sí puedo apreciar y con el resto expondré sucintamente lo que conozco de oídas. Espero que esto sea suficiente para dejar en claro el valor de su obra, pero también el de su persona, a la que me he acercado desde que en 1995 volvió a Chile de su larga estadía en Puerto Rico.

Lo primero que quisiera dejar en claro es que el mérito más grande que creo pueda atribuirse a su persona, no está en su impresionante currículo, que podría llenar páginas, sino en un hecho que para algunos podrá parecer poco relevante, pero que para mí es lo esencial. Lo digo sin ambages: Roberto Torretti es filósofo. Todos ustedes saben lo difícil que es definir en qué consiste este adjetivo, pero para situarnos en el punto que deseo poner en relieve, podría afirmar, por ejemplo, que si viviéramos en la época de Diógenes Laercio, Torretti podría perfectamente haber ocupado algunas páginas de su libro, tanto por la validez y profundidad de sus ideas, como por sus características personales, que darían para relatar no pocas anécdotas ilustrativas de su templanza indiscutiblemente filosófica. Se trata de alguien irremediablemente curioso, que ha dedicado toda su vida a responder en forma rigurosa las preguntas que la vida le ha puesto delante, que ha seguido aprendiendo sin descanso los más variados temas que puedan imaginarse, que se caracteriza por ser extremadamente puntilloso en el uso de sus palabras, que posee una buena cuota de orgullo y hasta a veces una cierta excesiva seguridad excusada por su saber preciso y certero, que vive rodeado de libros perfectamente ordenados según sus necesidades de estudioso, que ama la música y la escucha en aparatos de una inverosímil fidelidad, que acostumbra subir a los cielos y quedarse un buen momento en ellos hasta el último acorde, que perfectamente podría caerse a un pozo y ser objeto de burla por una criada tracia, que posee una memoria portentosa que hace que en su cabeza se hayan acumulado muchos más saberes que los necesarios para realizar su labor de profesor y escritor, que enseña lo que sabe con generosidad y disciplina, y que mira la vida con distanciamiento, con sabio escepticismo y sin caer en ningún entusiasmo excesivo que lo vaya a desviar de su ruta de pensador. Todo esto, lo repito, no quiere decir otra cosa que Roberto es un filósofo.

Algunos irreflexivamente pensarán que ser filósofo en los tiempos que corren no es gran cosa, y que algo que es más un favor de los dioses que un mérito personal no merece ser tan celebrado. Se equivocan: ser filósofo es recibir de pronto un mandato ineludible y responder a él con responsabilidad "todos los días todo el día" como decía Matta, es decir, ser consecuente con los dones recibidos y trabajar con tesón para que la vocación sea atestiguada con obras. Esto es lo que ha hecho Roberto durante toda su vida. Y para convencerlos, voy a tratar de poner delante de ustedes algunas de ellas. Se darán cuenta de que todo esto que digo no es broma.

Sabemos que Roberto nació en Santiago de Chile el 16 de enero de 1930, esto es, en un rincón del mundo olvidado por la filosofía y desde el que es muy difícil ser reconocido como participante en las ligas mayores de esta disciplina. Por otro lado,  en una época en la que además, este paraje estaba bastante poco visitado por la Mnemosine filosófica. Y bien, Roberto hizo la proeza de encaramarse en estas ligas hasta el punto de transformarse en un referente mundial en su especialidad, que  es el campo de la historia y de la filosofía de las ciencias. Hay que decir que los científicos son en general bastante celosos y exigentes y que refunfuñan bastante cuando alguien que no viene de sus territorios se mete a dar opiniones y a hacer interpretaciones sobre sus materias.  Roberto lo ha hecho con mucha propiedad y la prueba es que ha sido reconocido como miembro de número de la Academie Internationale de Philosophie des Sciences con sede en Bruselas, en 1988, y  elegido como miembro del Institut Internationale de Philosophie con sede en Paris, en 1994. La Universidad de Puerto Rico, por su parte, lo nombró Profesor Emérito en el 2001, organizando un Simposio en su honor, y la Universidad de Barcelona le confirió el Doctorado Honoris Causa en el 2005.

Lo que se ha premiado a través de estos reconocimientos públicos son, por cierto, sus numerosas obras. Hagamos un breve inventario de las que nos parecen más importantes agregando algunas notas biográficas:

Partamos por su libro sobre Kant. Recuerdo exactamente la impresión de sorpresa que me causó en algún momento del año 1967 ver sobre la mesa de novedades de la Librería Universitaria el libro muy bien editado de tapas azulinas con el título "Manuel Kant, Estudio sobre los fundamentos de la filosofía crítica". Autor: Roberto Torretti.  Debo recordar que en esa época era muy improbable que un chileno publicara un libro de 600 páginas sobre la Crítica de la Razón pura. Sin embargo, ahí estaba. Lo compré de inmediato y pude constatar que se trataba de una obra de primera importancia, que perfectamente podía ponerse al lado, o por encima, de otras obras clásicas sobre el pensador alemán que los estudiantes de esa época leíamos con interés. Boutroux, por ejemplo, tan celebrado en esos años como introducción al kantismo, empalidecía frente a la obra de Torretti, que se transformó de inmediato en lectura obligada para todos nosotros. Fue reeditado años después, y en el 2005 se ha hecho una nueva edición corregida y aumentada y eso demuestra que este libro sigue vigente y me atrevo a afirmar que tendrá todavía una larga vida. La obra trata de los fundamentos de las doctrinas de Kant sobre el espacio y el tiempo y, en una segunda parte, sobre las categorías. En una tercera parte se trata el problema de la deducción de las categorías y en una cuarta el tema de la cosa en sí. Es decir, trata los temas fundamentales de la obra sobre la base de una bibliografía impresionante, que permite abrir las puertas del kantismo con entera propiedad.

Torretti había comenzado sus estudios de filosofía en nuestro Departamento, que en esa época formaba parte del Pedagógico y quedaba en la calle Cumming. En el Pedagógico había en esos tiempos algunos buenos profesores, como Luis Oyarzún, en estética, Eugenio González, en sociología, Bogumil Yasinowsky, que enseñaba Historia de la cultura y Filosofía medioeval, Felix Scwartzman, en filosofía de las ciencias y después, Jorge Millas, y un curioso profesor Erwin Johann Rusch que era una especie de precursor de varias ideas de Foucault. Probablemente, buscando un complemento más cercano al mundo, como ocurre todavía hoy día, Roberto estudiaba paralelamente la carrera de derecho. Eso explica que cuando se fue a hacer su doctorado a Alemania, aprobado en 1954, su tesis versara sobre Filosofía Política: "La estructura sistemática del pensamiento político de Fichte", trabajo patrocinado por el profesor húngaro Wilhelm Szilasi, amigo de Heidegger.

Esta estadía suya en Alemania fue decisiva en su vida, creo que más que por los estudios realizados allí, por su matrimonio en Freiburg con la que ya era su compañera de vida, Carla Cordua. A partir de ese momento sus vidas se unieron para siempre formando un dúo de pensadores tan ligados uno con el otro, que es una hazaña que el nombre de Carla aparezca recién en la cuarta página de esta reseña biográfica. Y comprendo perfectamente la resolución tomada por la comisión que les otorgó el Premio Nacional de Humanidades cuando se discutía sobre la premiación de uno de ellos. Filosóficamente no se parecen en nada. Personalmente tampoco. Pero ahí los tenemos desde que se encontraron: Una unidad indisoluble en la disimilitud.  No me entiendan mal, no quiero decir una unidad de contrarios. Unidad indisoluble en la disimilitud se parece bastante a una definición que pudiéramos hacer del amor.

Después de un paso por Chile, donde Roberto enseñó en el Pedagógico de Valparaíso, a fines de 1955 partió a USA a trabajar en la ONU como traductor y en esa ocupación estuvo hasta que le llegó una invitación para integrarse junto a Carla a la Universidad de Puerto Rico. Vuelve una vez más a Chile en 1961 y se incorpora a la Universidad de Concepción como profesor y Director del Departamento de Filosofía de esa Universidad.

Posteriormente se traslada a Santiago y en 1964 funda el Centro de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas. La existencia de este Centro, según recuerdo, cambió completamente el mapa de los estudios filosóficos en Chile. La palabra "centro" es muy adecuada, porque allí se congregó la flor y nata de los filósofos chilenos y muchos intelectuales de nota, como el propio Nicanor Parra, por ejemplo. Como esa Facultad siempre ha tenido dinero, allí se armó una biblioteca que fue la envidia de todos los estudiosos en ese momento, y por supuesto, de todos los filósofos pobretones que éramos nosotros, los de la Facultad de Filosofía. En el centro se formó un círculo de lectura de la Fenomenología de Hegel que rápidamente transformó en hegelianos a buena parte de los asistentes, que se sentían privilegiados - sin duda que lo eran - por estar abordando esa obra con tal grado de seriedad y profundidad.  El Centro duró mientras Torretti estuvo a su mando, pero en cuanto él volvió a Puerto Rico, en 1970, entró en una historia de decadencia que creo dura hasta ahora. Me consta que se ha intentado varias veces traer los famosos libros a nuestra biblioteca, pero hasta ahora siguen guardados en la Facultad que los compró.

En Puerto Rico, Torretti se quedó hasta 1995 y allí, además de enseñar, dirigió la revista Diálogos desde 1972, la que se transformó bajo su dirección en un referente protagónico de la filosofía en nuestro continente.

En 1978 se publicó su libro Philosophy of Geometry from Riemann to Poincaré, que es el primer estudio histórico-crítico publicado en inglés sobre ese tema, después del libro de Bertrand Russell, Foundations of Geometry (1897). Este libro, recomendado especialmente para su publicación por el matemático alemán de origen judío Hans Freudenthal, estudia la evolución de los conceptos geométricos después de Kant hasta Poincaré y es el primer tomo de una obra proyectada que se completará más tarde con otros trabajos. Su libro Relativity and Geometry, publicado en 1983, es un análisis conceptual de las teorías de la relatividad de Einstein, y por el rigor con que está escrito ha sido comparado por algunos especialistas, con el que Mach hizo de la teoría de Newton en su libro de 1883, Die Mechanik in ihrer Entwicklung historisch-kritisch dargestellt. El libro Creative Understanding: Philosophical Reflections on Physics, publicado en 1990, puede considerarse como su principal aporte a  la filosofía de las ciencias. Debido a que la tesis se ejemplifica con la experiencia de la física el libro se subtitula Reflexiones filosóficas sobre la física. En 1998 se publica su obra El paraíso de Cantor, que de acuerdo al testimonio del filósofo español Jesús Mosterín "es la obra mejor y más completa que jamás se ha escrito en español sobre los fundamentos y la filosofía de las matemáticas". El libro, a partir de la exposición de la teoría de conjuntos de Cantor, pone a la luz el problema de los fundamentos de las matemáticas y recorre los principales aportes y discusiones que han tenido lugar en ese ámbito en los primeros 30 años del siglo XX, desde el programa de Hilbert de axiomatización de las matemáticas, su evolución, sus cambios y adecuaciones, hasta el giro que tomó el programa con ocasión de la aparición del teorema de incompletitud de Gödel. El libro The Philosophy of Physics, publicado en 1999, resume los conceptos fundamentales en que se asienta el desarrollo de la física y muestra de qué modo la filosofía ha aportado a la evolución de esta ciencia, constituyéndose esta obra además, como una introducción al pensamiento contemporáneo sobre esta materia. En el 2007, se publicó en Chile "De Eudoxo a Newton" libro destinado a mostrar las fuentes griegas del pensamiento físico-matemático de Galileo y Newton.

Además de estas obras mayores, Torretti ha recogido sus artículos publicados en diferentes revistas y compilaciones en tres libros de estudios filosóficos. El primero, con los trabajos escritos entre 1957 y 1987, que tratan de temas muy variados que van desde Descartes y Leibniz hasta Heidegger, Unamuno y Wittgenstein, el segundo, correspondiente a los años 1986 al 2006 que trata sobre problemas generales de filosofía de las ciencias, y el tercero correspondiente a los años 2007 al 2009, sobre filosofía de las ciencias y en especial sobre el tema de la gravedad. Una nota que muestra hasta donde llega la minuciosidad de Roberto en sus publicaciones es que el diseño gráfico de sus libros publicados desde su vuelta a Chile en la Editorial de la Universidad Diego Portales está hecho por él mismo. De ese modo ha logrado ganar su batalla en contra de los motes, evitado el terrorífico peligro de los correctores de pruebas. Sus libros van de su computador, directo a la imprenta. Y hasta es autor de un completo alfabeto griego que él mismo diseñó y que ha utilizado en sus ediciones.

Como si todo esto fuera poco, Roberto posee un sorprendente don de lenguas y le gusta leer todo lo que lee en su idioma original. Sabe un montón de idiomas y entre ellos el griego clásico. Ha hecho varias traducciones de tragedias de Sófocles y hace algunos meses acaba de editar una más, Filoctetes. O sea, más que ser honrado con el Premio Nacional, creo que es él quien lo dignifica. El hecho de que haya pasado por aquí en sus primeros pasos hacia la filosofía es un acontecimiento de primera importancia para esta Facultad y para este Departamento. Con ello queda demostrado lo que a algunos pueda parecer un milagro: que es posible que de aquí salgan filósofos y eso es nada menos que justificar nuestra razón de ser.  Y que no se me olvide: él es también lo que yo llamo un "ciudadanos responsable", esto es, uno que reacciona cada vez que alguna noticia o alguna opinión despierta su conciencia crítica. En esos casos escribe cartas al director del Mercurio o reacciona con mesura pero con fuerza escribiendo comentarios en la página de Opinión. Sus ideas son liberales, republicanas, detesta las beaterías de todo tipo y defiende los fueros de la cultura y el pensamiento.

No les recomiendo discutir con él sobre metafísica, pero si tienen la sabiduría de dejar el tema de lado, se encontrarán con un magnífico conversador, culto y de una erudición impresionante. En sus palabras encontrarán restablecido el bello y sereno escepticismo de Montaigne. ¿Qué más se puede pedir? Nada más. Por eso nuestro agradecimiento: se merece este homenaje y muchos otros. Pero principalmente el mejor de todos, que consiste en leer su obra y estudiarla con la atención que se merece. Ojalá que estos festejos no nos hagan olvidar lo principal, que es la exigencia que en cuanto filósofos de la Universidad de Chile todos tenemos, de intentar ponernos a su altura como para decir con propiedad y sin ninguna presunción: este es uno de los nuestros.

 

Presentación de Carla Cordua a cargo del Prof. Marcos García de la Huerta

Es un gusto estar por fin aquí y expresar en nombre de ustedes y del Departamento de Filosofía, la satisfacción y alegría con que recibimos el otorgamiento del Premio Nacional de Humanidades a Carla Cordua y Roberto Torretti. Agradezco, pues, a Carlos Ruiz, el haberme confiado esta grata tarea. Hay varios motivos para celebrar: el más importante quizá, es que esta decisión le da jerarquía al Premio: han salido ganando las humanidades. Es gratificante también, para quienes nos dedicamos a la filosofía, que el galardón recayera en dos compañeros de profesión. En fin, tengo un motivo adicional para compartir esta alegría, porque me une a ellos una amistad fortalecida a lo largo de años; los conocí en el Centro de Estudios Humanísticos donde colaboré y compartí con ellos el ensayo de "descuadrar" a los ingenieros. Por eso al conocer el veredicto que concedía este año el Premio por partida doble, me pareció que se hacía doblemente justicia y se conseguía lo imposible: fallar y acertar.

El mejor homenaje que se puede hacer a un autor - autora en este caso - es leerla, claro, pero no estamos aquí para eso. Podemos sí, sugerir algunas ideas a modo de introducción a su lectura y preguntar cómo abordar esta obra múltiple y compleja, diáfana, sin embargo,  gracias una escritura solvente y sobria. Se inicia con tres excelentes libros sobre Hegel: la filosofía del derecho y del arte; continúa con el análisis y discusión del pensamiento de los principales filósofos del siglo XX, todo eso cruzado con ensayos lúcidos y profundos sobre poetas y narradores, de preferencia también contemporáneos. La relación entre estos dos aspectos - el filosófico y el literario-, constituye todo un capítulo que bien podría llevarnos tiempo completo. Me limitaré pues, a proponer algunas líneas de exploración de este vastísimo universo, siguiendo algunas pistas que la misma autora ha sugerido.

Los filósofos interpelados, aparte de Hegel, son: Sartre, Wittgenstein, Heidegger  y Sloterdijk en ese mismo orden; los escritores hacen legión: Kafka, Dostoievski, Naipaul, Coetzee, José Luis  Martínez, entre muchos otros. "El estudio de la obra de Hegel, al que dediqué unos seis años, señala Carla, responde a "un empeño de autoeducación", "nunca pretendí plegarme a la manera de pensar de Hegel". ¿Y los contemporáneos - se pregunta uno - no contribuyen también a la "auto educación"? Ella no menciona este motivo en esos casos, lo reserva para Hegel, que es precisamente con quien difiere ¿Ha de haber entonces, tratándose de aquellos, una motivación adicional o un interés distinto al de la auto-educación?

Una respuesta provisoria sería: establecer con ellos un diálogo sobre cuestiones que ella misma quiere despejar.  Cito: "Para decidir acerca de qué pensar me reservaba a los filósofos del siglo XX. Luego me pasé a los 4 (nombrados) del siglo pasado y ahí, en relación con ellos, se formó mi manera de pensar". Lo que uno mismo piensa es la instancia decisiva, aunque no definitiva ni concluyente; el sujeto que piensa es un yo, un yo situado, no aislado. El pensamiento es algo que tiene lugar: se da en un sitio, a partir de una experiencia del mundo y acontece en una suerte de diálogo interminable consigo mismo y con otros: a través de ellos y de mi experiencia del mundo, encuentro las palabras, el estilo y las formas que expresan "mi manera de pensar". No se trata, pues, de historia de las ideas, sino de que  pienso entre otros "yo", desde y a través de ellos, con ellos, quizás a veces contra ellos, toda la gama de las preposiciones cabe aquí, salvo alguna que indique subordinación; la autoridad no es criterio. Leer es un acto que dilata mi mundo y libera mi subjetividad, no la anula ni la neutraliza.

            Sartre, Heidegger, Wittgenstein y Sloterdijk. ¿Tienen algo en común? Se podría decir que  todos son "post metafísicos", corriendo el riesgo de simplificar, sobre todo en el caso de Sartre. Afirmar que Heidegger y Sartre son fenomenólogos, sería una verdad a medias; que ambos son "filósofos de la existencia", no lo descarta el propio Heidegger, pero "filosofía de la existencia es como decir "botánica de las plantas", ironiza él mismo. La lectura de Sartre, en todo caso, es más episódica e incidental. Quizá el interlocutor más continuo y gravitante sea Heidegger, aunque no por eso el más próximo; el acercamiento con Sloterdijk se produce, en parte, creo, en el post heideggerismo. La convergencia de Wittgenstein con Heidegger en la recusación de la teoría, es particularmente significativa, pero es un punto que quisiera retomar luego de un breve paréntesis, que abro aquí - ya que se trata de un Premio Nacional de Humanidades -, para referirme al sitio y a la situación de las humanidades.

         En un artículo reciente sobre La crisis de las humanidades, precisamente, Carla aborda este problema a propósito de un libro de Martha Nussbaum: Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Esta crisis es un fenómeno global, que golpea con mayor intensidad a las sociedades con menor espesor cultural, pero cuando se globaliza la deuda, el desempleo, el déficit público y la desintegración, nadie está a salvo. La obsesión por conseguir el desarrollo económico, observa Carla, lleva a los "planificadores de la educación a programar la formación de los educandos teniendo en vista principalmente (...) el adiestramiento técnico y la enseñanza puramente utilitaria", en detrimento de las  humanidades cuyo sentido es la formación en el pensamiento libre y la preparación para "el desempeño de una ciudadanía consciente y responsable". La crisis de las humanidades pasa un tanto desapercibida, agrega, frente a la mayor visibilidad mediática de la crisis financiera, pero, aunque más silenciosa e inaparente, es más grave y profunda. Es sintomático, que la misma debacle de las finanzas provoque solo discusiones sobre regulación de los mercados y ningún debate sobre la inseguridad, la desconfianza, el desgaste de la ciudadanía y la destrucción del mundo común. En contraste con el reiterado anuncio del desarrollo a la vuelta del decenio, la autora presagia que "La pérdida de la cultura humanística, traerá consigo la ruina de las sociedades democráticas"

La crisis de las humanidades ha ido de la mano en nuestro país, con la extensión de la lógica del mercado y la precarización de la educación pública. El mantra del desarrollo ha llevado a que "los estudios humanísticos (sean) gravemente recortados y arrinconados", señala Carla. "La disminución del tiempo que se solía dedicar en la educación secundaria a la filosofía" y la eliminación de la educación cívica en la secundaria, son ejemplos significativos; a los que se agregan las pruebas estandarizadas con alternativas, que suplantan la lectura y la comprensión, y desde luego, toda la serie de arremetidas contra la educación pública, cuyo blanco principal ha sido la Universidad de Chile. Primeramente, le amputaron todas las sedes de provincias y a cambio, le dejaron todas las deudas; para remate, le impusieron la regla del auto financiamiento: "dispositivos de la gubernamentalidad neoliberal", diría Foucault. Shock era el tecnicismo consagrado para justificar este tipo de medidas que, en rigor, eran parte de un golpe de mercado paralelo y complementario del Golpe militar.  

Cabe, entonces, preguntar si la crisis de las humanidades y la ruina de la democracia no son caras de la misma moneda, o los dos rostros de Jano: el dios de los inicios y de los finales. El mercado libre, que originalmente estaba para organizar la economía y limitar la razón de Estado, termina organizando la sociedad y subordinando al Estado, produciendo una mercado-cracia, que anula y suplanta al ciudadano. La amenaza a la democracia siempre se representó en términos de desmesura de la razón política. Las utopías negativas presentaron el poder distópico del Estado absolutizado, nunca el del mercado ilimitado, quizá porque el poder económico se impone seduciendo, haciendo creer a todo el mundo, que el interés y el afán posesivo son una base suficiente de un cuerpo político. Las teorías funcionalistas y estructuralistas tienen en este aspecto un punto ciego; no ven algo que ya Freud puso a plena luz: que el lazo social es un lazo libidinal.

Se ha convertido en un lugar común afirmar que una educación pública gratuita es "injusta", que es un subsidio a los más pudientes. Se subsidia a los bancos, a las AFP, a las Concesionarias, desde luego a las instituciones de la defesa. ¿Por qué duele tanto un subsidio a la educación? Los teóricos de la privatización procuran una respuesta menos hipócrita. Hayek, por ejemplo, escribe: "no cabe mayor peligro para la estabilidad política de un país, que la existencia de un auténtico proletariado intelectual sin oportunidades para emplear el acervo de sus conocimientos" (Hayek, Friedrich (1960) Los fundamentos de la libertad, tomo segundo, Folio, 1996, p. 457) Lo cierto es, que de haberse conjurado a tiempo esa supuesta injusticia, jamás habrían existido universidades nacionales como la Universidad de Chile. Si Andrés Bello se hubiera preguntado: ¿Se financiará? jamás la habría creado. La pura lógica económica no sirve de nada cuando los beneficios son incalculables. Digámoslo con franqueza: con la sola racionalidad económica nunca se habría creado este país, que se sostiene básicamente liquidando sus riquezas naturales, que es como procurarse el sustento  vendiendo la sangre.

No me aparto con esto de Carla; tan solo abundo en el papel protagónico de la educación pública en un sistema mixto, por su doble función creativo-inventiva y reguladora. Cito: "Una cultura capaz de renovarse creadoramente necesita fuerzas que no procedan exclusivamente de una educación para el lucro o de una inspirada solo en el crecimiento económico".  

"No hay nada gratis en la vida", se ha dicho, impugnando así  el lema: "sin fines de lucro". Pero que "nada sea gratis" es  una afirmación gratuita: significa que todo es mercancía, que nada hay intransable, que todos somos vendedores o vendidos. Se puede hacer el ensayo  de monetarizar todo, pero eso sí que no es gratis: es una "catástrofe moral en potencia", afirma Tony Judt (Pensar el siglo XX), pero es más bien una catástrofe en acto o en pleno desarrollo: la anunciada ruina de la democracia ya está aquí. La fórmula de Nussbaum se puede invertir: con fines de lucro significa sin fines de democracia. Sin embargo, la sociedad democrática requiere del lucro; los estímulos morales y políticos por sí solos, son insuficientes; la mayor parte de la gente no actúa por motivos altruistas. Por lo demás, solo como ciudadanos somos iguales, en el mercado, somos diferentes: nos distingue el poder de compra como clientes y el poder de venta como productores. Por ende, la educación concebida como "bien escaso" es la fórmula ideal para restringir la educación a los más ricos. La virtud cívica, el altruismo y la decencia, también son "bienes escasos", pero no por ponerles precio se vuelven abundantes; al revés: se desbaratan y anulan. El mercado es una religión monoteísta: reduce al ciudadano a cliente y productor. Solo por el lado de la ficción democrática, afirmando lo que tenemos los humanos en común, es posible sobrepasar esta contraposición. Carla lo expresa así: "Somos inducidos a convertirnos en productores de bienes  monetarios (...) Pero nada garantiza que las personas entrenadas solo en generar ingresos sean capaces de construir sociedades en las que valga la pena vivir". 

Volviendo ahora  al punto donde ella planteaba una convergencia entre Heidegger y Wittgenstein, decíamos que esa proximidad la establece en la recusación de la teoría. En el caso de Heidegger, a través de su propuesta de otro pensar, uno que supere la modalidad representativo-objetivante, cuya máxima expresión es la razón científico-técnica moderna. Wittgenstein, por su parte, entiende el ejercicio de la razón ante todo como un trabajo sobre la lógica del lenguaje común, que pasa por la crítica del lenguaje de la lógica, de la metafísica y de la ciencia. Esta crítica de la teoría ha pasado un tanto desapercibida en el pensamiento de Wittgenstein, afirma Carla, frente a la preeminencia concedida al rigor analítico de sus Investigaciones, pero, es precisamente su radical exigencia de racionalidad, lo que lleva a Wittgenstein a su crítica de la razón lógica, por la vía del análisis del lenguaje. Él denuncia la ambición de la filosofía de comprender el todo y en especial su aspiración a cambiar el mundo: la filosofía "deja todo tal cual", dice. Pero lo cierto es, acota Carla, que Wittgenstein está muy lejos de guardar una actitud neutral frente al estado presente del mundo. "No es insensato creer, escribe Wittgenstein, que la época científica y técnica es el comienzo del fin de la humanidad; ...que no hay nada bueno o deseable en el conocimiento científico y que la humanidad que lo busca se precipita en una trampa" (VB, p. 529). Y, a propósito de la bomba, agrega: "El miedo histérico que el público le tiene ahora a la bomba atómica, o, al menos, el que expresa, es casi un signo de que con ella se ha hecho, por una vez, un invento saludable. Este miedo da la impresión de que [en el caso de la bomba] se trata de una medicina amarga verdaderamente efectiva. No me puedo des­hacer de la idea: si aquí no hubiese algo bueno no gritarían los filisteos. Pero tal vez este no sea más que un pensa­miento pueril. Pues lo que puedo opinar no es otra cosa sino que la bomba deja entrever el fin, la destrucción, de un horrible mal, la repugnante y babosa ciencia. Y esta no es una idea desagradable, por cierto" (Vermischte Bemerkungen Frankfurt a M. Suhrkamp 1984, p. 96).

Carla plantea pues, a través de Wittgenstein y de Heidegger su crítica a una concepción mesiánica de la ciencia, difundida por el romanticismo, que construye una imagen bucólica: la figura del científico solitario,  desinteresado, que brinda mediante sus conocimientos enormes beneficios a la humanidad a cambio de nada, por lo que  la humanidad le debería tributo y veneración. Pero la idea de que la ciencia es pura y en sí misma neutra y desinteresada, lo mismo que su pretendida primacía sobre la técnica, es una ficción. El texto recién citado, lo que impugna es la ciencia misma: la  física o cualquiera que siga su padrón, es decir, todas: es el tipo de racionalidad lo que está en entredicho porque, lejos de ser neutral, representa una amenaza: la bomba es solo un símbolo; hoy sabemos que la química es tanto si no más peligrosa para la vida que la misma bomba.

Cabe preguntar - con esto termino -, si la inclinación de Carla hacia la literatura guarda una relación con su interrogación filosófica, o se trata solo de una afición, una actividad que se realiza por el puro gusto. La poética y la narrativa incursionan en aspectos de la experiencia que la teoría se proscribe o le son negados. Las valoraciones y normas - inherentes al actuar en el mundo-, no deben permear la pureza de la teoría, que se quiere "libre de valores". Ella procede sometiendo las diferencias al universal genérico del concepto, al revés de la narración, que se nutre de pormenores y particularidades. Los testimonios, por ejemplo, pueden ser reveladores, con solo ser "veraces", sin pretender verdad; un relato de ficción en este aspecto, tendría un estatus hasta cierto punto equivalente a uno de no ficción. Y una biografía, como bien mostró Dilthey, es a la vez un reflejo del mundo. Más aun: los relatos biográficos o historiográficos, son constituyentes: las identidades se construyen narrativamente. Una trama temporal posee una profundidad propia, no lógica, y a la vez que confiere unidad a lo vivido, lo procesa produciendo sujetos. La pregunta que queda abierta, se refiere a la relación del "otro pensar" con la poesía, la narrativa y el mundo común, entendido como mundo de la vida y  como mundo compartido. ¿Es casual, que los filósofos interpelados sean invariablemente   fenomenólogos o filo-fenomenólogos? La descripción como método es un punto de convergencia con la narrativa y con una puesta entre paréntesis de la teoría. En este aspecto, me atrevo a afirmar que el giro que se produce en la filosofía del siglo XX a partir del Husserl de La Crisis,  deja una impronta en la producción de Carla, y la aparta al mismo tiempo, decididamente, de Heidegger. Pero esto sería materia de otro estudio. 

 

 

 

 

Jueves 22 de noviembre de 2012

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