Encuentro Senado Universitario

Discurso del señor Ennio Vivaldi Véjar, Vicepresidente del Senado Universitario, con motivo del segundo año de funcionamiento

Ennio Vivaldi Véjar, Vicepresidente del Senado Universitario

Ennio Vivaldi Véjar, Vicepresidente del Senado Universitario

En esta segunda cuenta anual de la mesa del Senado quisiéramos hablar un poco de nosotros, un poco de las situaciones en que hemos participado al interior de nuestra comunidad y hacia la vida nacional y un poco de las tareas que ha de enfrentar una próxima etapa de consolidación de la institucionalidad definida por el nuevo estatuto. Desde la tribuna que ocupo en esta oportunidad, pienso que corresponde más el intentar señalar grandes interrogaciones que nos afectan, que argumentar una opinión personal respecto de ellas.

Lo primero, el Senado Universitario es un cuerpo colegiado. Actúa como un cuerpo que intenta representar al conjunto de la universidad. Aspira a integrar los tres estamentos que conforman la comunidad universitaria. Estos simples hechos merecen ser destacado en un país donde socioculturalmente parece haber primado los autoritarismos unipersonales, las estratificaciones de castas y el atrincheramiento para la defensa de intereses particulares. Este Senado Universitario ha sabido muy exitosamente consolidarse como un cuerpo. En primer lugar, por el respeto hacia las opiniones de cada integrante, lo que permite que florezca una variedad de ideas. Esta es una situación reconfortantemente diferente a la anodina búsqueda de concesos fáciles, típica de quienes quieren sacar su parte y no ser molestados. En nuestras votaciones suelen verse, y respetarse mucho, solitarios brazos firmemente alzados expresando posiciones de disenso. Después de todo, esto es una Universidad, y todos sabemos que en la historia de las ideas lo que alguna vez fue sostenido por unos pocos tras algunos años fue aceptado por amplias mayorías. Por el contrario, lo políticamente correcto suele serlo por poco tiempo. Debemos reconocer también que fue a tropezones y con más de algún desencuentro, que fuimos aprendiendo a generar procedimientos y protocolos de interacción. Así nos constituimos en un cuerpo que como tal se sabe incompleto al faltar cualquiera de sus partes. Al respecto, baste recordar los esfuerzos de cada senador universitario en las escasas sesiones a las que Paulino faltó, esfuerzos por intentar lo imposible, decir lo que hubiera dicho Paulino de estar presente. “Como diría Paulino…” empezaban torpemente las intervenciones. También constituyen parte de este cuerpo Germán, Leonor y, nuestra atesorada reciente adquisición, la abogada Sra. Loreto Monardes.

Quizás, paradoja inevitable, la verdadera conciencia de cuerpo se alcanza sólo a raíz de las mutilaciones. Eso fue lo que sentimos al ver que terminaba el período de dos años de los siete integrantes del estamento estudiantil de este primer Senado Universitario. Patricia, Susana, Andrés, David, los dos Felipe y Luis fueron todos ellos grandes universitarios, y más que nuestro Senado, la Universidad de Chile les queda agradecida por todo lo que hicieron, por su generosidad, desinterés, inteligencia, sentido de bien común, y así también por lo que no hicieron. Con esto último me refiero a lo que anunciaba la estupidez inaudita de ese debate público vergonzoso para la prensa chilena con ocasión del nuevo Estatuto de la Universidad de Chile, en que se alertaba acerca de la amenaza que significaba la participación de estudiantes en el gobierno de la Universidad, lo que, por si alguien no lo recuerda, no podía hacerse porque estaba expresamente prohibido por la LOCE, una Ley Orgánica Constitucional.

Si el Senado Universitario tiene como responsabilidad fundamental recoger, hacer converger y proyectar un sentimiento de comunidad universitaria, debo elegir como lo más notable de este año no los hechos ocurridos en torno a la Toma Casa Central 2008, nombre apropiado para un evento que parece haber adquirido un carácter banalmente anual, sino el cómo esos hechos influyeron en el ánimo, del latín ánima, soplo sutil, del conjunto de nuestra comunidad.

Me permito, para intentar dar una idea de mis ideas, recurrir al modo en que mi dilecto amigo, el Profesor Carlos Valenzuela Yuraidini, gusta comenzar su curso de Genética para estudiantes de primer año. Valenzuela Yuraidini pregunta al expectante auditorio, muy simplemente, qué es aquello que tienen los elefantes que permite reconocer que un ser sea un elefante y no otra cosa, por así decirlo, una definición operacional de elefante. Valenzuela Yuraidini deja pasar la avalancha de sugerencias banales: que la trompa, que las orejas grandes, que la cola desproporcionadamente pequeña. Con indulgencia deja también pasar las un poco más refinadas, que la piel gruesa etimológica de paquidermo, que los metacarpos y metatarsos o el apoyo palmar y plantar. Finalmente Valenzuela Yuraidini debe proporcionar él la respuesta correcta, la que en realidad representa una verdad crucial para la genética, la biología y la evolución. Lo que sólo los elefantes tienen, informa, y que los distingue de todos los demás seres animales, vegetales o minerales, es que los elefantes tienen… elefantitos. Son los únicos que tienen la capacidad, la potencialidad, de procrear elefantitos.

Por supuesto que la biología habla de reproducción, no de réplica. Si bien los padres se reconocen en sus hijos y los hijos, desde que nacen, se saben pertenecientes a un linaje, es fundamental que no sean idénticos. Si lo fueran, no habría evolución.

Pienso que lo que verdaderamente ocurrió a nuestra comunidad universitaria con la Toma Casa Central 2008 no fue tanto el impacto de las inéditas groserías, no fue tampoco el tránsito a través de la Casa Central de inidentificables que se habrían robado placas y libros históricos, delitos que, aprovecho de señalar, no prescriben. Pienso que lo que conmocionó a nuestra comunidad universitaria fue el avizorar, por vez primera después de tanta intervención militar, después de tanto esfuerzo por desnaturalizarla, que quizás la Universidad de Chile esta vez no era capaz de reproducirse a sí misma. Que algo inéditamente alienante nos estaba ocurriendo que no nos permitía reconocernos en las nuevas generaciones. Estudiantes contra funcionarios. Estudiantes contra académicos. Estudiantes contra estudiantes.

Surgiría entonces, naturalmente, en especial al interior de sectores de la comunidad académica, una reacción ante la conducción estudiantil que explicitaba una voluntad de reimponer el orden interno como fuere necesario.

Sin embargo, quizás la verdadera contradicción en juego no estaba entre esos dos polos. La percepción de que la contradicción relevante pudiera ser otra me surgió al leer por esos días en un, si me disculpan el atenuado eufemismo, influyente medio de prensa, la habitual columna dominical que ahí publica un distinguido intelectual quien presidiera el Consejo Asesor Presidencial para la Educación Superior. El columnista terminaba declarando que “no estamos muy distantes (sobre todo en algunos sectores progresistas y para qué decir en las universidades) de la tontera de creer que ejercer la autoridad es malo y que la coacción, por principio, es vergonzante para quien la ejerce”.

Siguiendo casi un impulso inconsciente, terminé llevando a cabo un experimento: intenté e insistí sin éxito, que el diario en cuestión publicara una respuesta en la que yo sostenía que la Universidad de Chile había demostrado su capacidad de revertir acciones de violencia mediante el uso de la razón y que un ejemplo notable lo había constituido el logro de autoridades y comunidad de su Facultad de Medicina en revertir una toma sin requerir de fuerzas externas, sólo valiéndose de la autoridad moral e intelectual que debiera ser inherente al trabajo universitario. Concluía que la Universidad de Chile, una vez más, había dado un ejemplo de compromiso con la admisión de la diversidad, con el diálogo y con el respeto a quienes incluso pudieran por sus acciones parecer no ser merecedores de tal respeto. También señalaba que el desafío inmediato era reforzar la participación de todos los integrantes de su comunidad en la institucionalidad que su nuevo estatuto propone, precisamente descalificando como extemporáneas las acciones de imposición unilateral que niegan el diálogo.

Pero lo central de mi ponencia sin duda que no habría de ser del gusto de quienes bien pueden reclamar la paternidad del actual sistema sociopolítico chileno. Yo sostenía que la dificultad de diálogo con la juventud del Chile actual es un problema que debemos analizar en toda su desconcertante complejidad; que la verdadera cuestión no es cómo sacara los estudiantes de las tomas, sino que nuestra responsabilidad es evitar el refugiarnos en ignorar, demasiado fácilmente, que cada generación es el producto de una sociedad que los adultos o promovieron o toleraron o no pudieron cambiar.

Mi experimento involuntario, que corroboró una vez más otra de las extravagancias de nuestro país, cual es, que es su prensa quien niega el aserto de que la pluma es más fuerte que la espada, me llevó a ver de un modo distinto la confrontación surgida a raíz de la toma de la Casa Central. Pienso ahora que la verdadera contradicción no era la que yo suponía. Que la verdadera contradicción podría estar entre quienes, por motivos muy distintos pero finalmente convergentes, sostienen que la Universidad de Chile es una institución decimonónica obsoleta y quienes nos identificamos con su historia y con la plena vigencia de sus valores.

Pero el problema está ahí. ¿Cómo responder a una eventual Toma Casa Central, digamos, Invierno 2009? Es un debate del que no podemos rehuir y acerca del cual hay muchos argumentos y todos importantes. Es cierto el argumento de que la violencia intrafamiliar se ve favorecida por la convicción del golpeador de que la agredida se auto inhibirá de hacer una denuncia. Quizás es más cierto que una comunidad universitaria que deba acudir a fuerzas externas a su propia capacidad de reflexión y convivencia ha cedido con ese gesto lo esencial de su naturaleza. ¿Puede la comunidad universitaria en contar en su propia fuerza racional, distribuida entre todos sus integrantes, la capacidad de generar los mecanismos que garanticen un ámbito de convivencia plural? La pregunta está ahí, y está para todos.

En cualquier caso, durante el año 2008 el Senado Universitario pudo mostrar con cierto orgullo su contribución a través de su participación en mesas de diálogos y comisiones, tanto en la solución de los conflictos del tipo mencionado, como en el permitir una convergencia de la comunidad en torno a proyectos cruciales como el de las Humanidades, Artes y Ciencias Sociales.

El Senado Universitario debe generar políticas y proyectarlas al ámbito nacional. Éste ámbito a cada rato parece resultar, por decir lo muy menos, desconcertante. En la vida parlamentaria el movimiento browniano parece haber reemplazado a cualquier lineamiento estructural. Hemos visto con estupor cómo se trató con inédita ligereza el tema de la reválida del título de Médico-Cirujano, y ya está anunciada la generalización del tema reválidas a todas las profesiones. Pareciera que en el parlamento ni siquiera se sospecha de dos grandes principios que estaban en juego: por una parte, las responsabilidades que en el sistema global del país corresponden a las universidades públicas, responsabilidades que estuvieron claras incluso para un gobierno dictatorial de ideología neoliberal extrema; por otra, un estilo legislativo que opta por excluir a quienes deben aportar experiencia, conocimiento, inteligencia y compromiso.

En diversas otras circunstancias debimos al interior del Senado Universitario enfrentar el problema de cómo preservábamos nuestros valores en las condiciones pragmáticas, unidimensionalmente monetarias, que drásticamente nos impone el acrítico contexto valorativo del país. Un ejemplo fue la cuestión del Club de Fútbol Universidad de Chile, donde agradecemos profundamente la labor que correspondiera a un distinguido y comprometido equipo académico de nuestra Facultad de Derecho dirigidos por su Decano, para salvaguardar los principios éticos y pedagógicos que deben regir toda actividad deportiva, máxime ésta que cumple además un efecto de mostración de nuestra Universidad para todo el país. Otra circunstancia digna de recordarse, pero con buen humor, fue la descalificación de que fuimos objeto, más bien la baja estimación de que fue objeto el valor de nuestro tiempo, a raíz de objeciones que planteamos a un cierto programa de postgrado. No es malo que se sepa que el Senado Universitario no vende su reino por un plato de lentejas, aunque el plato de lentejas valga miles de millones de dólares.

Es en este contexto en que el Senado Universitario deberá seguir gestando propuestas de políticas. El Proyecto de Desarrollo Institucional, los indicadores, la acreditación y autoevaluación han de ser vastas y complejas áreas de interacción, afortunadamente siempre estimulante, con los demás órganos centrales de la Universidad. Dicho sea de paso, la posibilidad en particular de diálogos fructíferos y obtención de información crítica para nuestro trabajo tuvo una mejora muy notable y muy bienvenida, durante este año respecto al anterior.

Deberemos seguir enfrentando muchas preguntas. ¿Cómo promovemos nuestros valores para nuestro propio desarrollo y para incidir importantemente en el país? ¿Cómo evalúa la opinión pública la gestión de la Universidad? Al menos ahí parecen correr cosas a nuestro favor, los chilenos confían más en cederle responsabilidades a entes públicos que a privados. ¿Qué factores determinan la preferencia de los postulantes por una determinada Universidad? ¿Qué indicadores son válidos para evaluarnos? ¿Debemos aceptar cualquier criterio que nos imponga la prensa nacional? ¿No podríamos así estar cayendo muchas veces en trampas propias de un adolescente ingenuo a quien lo convencen que la hombría se mide por la capacidad de ingesta alcohólica? ¿Cuánto debemos seguir ciegamente esos indicadores, reificándolos sin contextualizarlos? Por ejemplo, como dijo un Senador Universitario a raíz de los académicos excedidos en la permanencia en su jerarquía ¿significa eso necesariamente que son malos académicos, que no le sirven a la Universidad? Por otra parte, ¿cómo evitar que el indicador se transforme de medición de algo en un objetivo en sí mismo, tal como el niño finge fiebre con el truco de colocar el termómetro sobre la bolsa de agua caliente? Y, desde luego, cualquier escepticismo respecto a indicadores no puede llevarnos al ridículo de desestimar como logros irrelevantes el ganar proyectos competitivos y publicar en revistas del más alto nivel mundial, lo central de nuestra proyección académica.

En el país político, en la sociedad, en nuestra comunidad misma, más que rumbos inequívocamente indicados en nítidos mapas, pareciera que encontráramos Scyllas y Charybdis por doquier y que Ítaca juega a aparecer y desaparecer en el horizonte. El Senado Universitario, en el concierto de las instituciones definidas por el nuevo estatuto, habrá de contribuir a seguir buscando sin claudicar el mismo Norte que buscaba Bello.

evv

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