La trascendencia de una obra (7)

En el discurso inaugural de la Universidad de Chile, su primer Rector proclamó el espíritu de libertad que siempre debería animarla; por ello declaró: “bajo los auspicios del gobierno, bajo la influencia de la libertad, espíritu vital de las instituciones chilenas, me es lícito esperar que el caudal precioso de ciencia y talento de que ya está en posesión la Universidad, se aumentará, se difundirá velozmente en beneficio de la religión, de la moral, de la libertad misma y de los intereses materiales” (Bello, 1843: 140). Estas expresiones, que son parte de su pieza oratoria magistral, apuntan a lo que debe ser la misión de nuestra Casa de Estudios. Por ello, y de acuerdo al legado del gran autor del Código Civil chileno, nosotros derivamos la idea que la Universidad de Chile nace integrada a la vida misma de nuestra patria, siendo indisoluble tal relación e imprimiendo el carácter Nacional que sustenta a la institución.

Otra afirmación de Andrés Bello, que se proyecta tanto a la existencia misma de nuestra institución, como respecto a la misión que está incorporada a su alma y propósito histórico, es la siguiente: “La Universidad, señores, no sería digna de ocupar un lugar en nuestras instituciones sociales, si (como murmuran algunos ecos oscuros de declamaciones antiguas) el cultivo de las ciencias y de las letras pudiera mirarse como peligroso bajo el punto de vista de nuestra moral o bajo el punto de vista político” (Bello, 1843: 140-141). Aquí hay una fundamental afirmación respecto de la libertad académica para investigar. Sujeta a los valores del desarrollo necesario del conocimiento, y no a esquemas morales o políticos que restringen tal libertad so pretexto de herir o confundir credos particulares, la búsqueda debe inspirarse solamente en sus propósitos últimos. Se trata de una discusión muy antigua y profunda respecto de aquello que debe o no materializar un cierto límite a la capacidad para crear y diseminar conocimiento, lo cual más allá que principios ligados a intereses o credo, requiere del establecimiento de una ética de investigación basada en el respeto a la vida y la naturaleza, pero inspirada en la idea de bien común.

Bello definió y marcó la institucionalidad de la Universidad de Chile en forma clarividente y definitivamente trascendente en el tiempo. Escuchemos al sabio hablar de la Universidad, fruto de su creatividad, con la validez como si sus palabras hubiesen sido dichas hoy: “Otros pretenden que el fomento dado a la instrucción científica se debe de preferencia a la enseñanza primaria. Yo ciertamente soy de los que miran la instrucción general, la educación del pueblo, como uno de los objetos más importantes y privilegiados a que pueda dirigir su atención el gobierno; como una necesidad primera y urgente; como la base de todo sólido progreso; como el cimiento indispensable de las instituciones republicanas. Pero, por eso mismo, creo necesario y urgente el fomento de la enseñanza literaria y científica. En ninguna parte ha podido generalizarse la instrucción elemental que reclaman las clases laboriosas, la gran mayoría del género humano, sino donde han florecido de antemano las ciencias y las letras. No digo yo que el cultivo de las letras y de las ciencias traiga en pos de sí, como una consecuencia precisa, la difusión de la enseñanza elemental; aunque es incontestable que las ciencias y las letras tienen una tendencia natural a difundirse, cuando causas artificiales no las contrarían. Lo que digo es que el primero es una condición indispensable de la segunda; que donde no exista aquél, es imposible que la otra, cualesquiera sean los esfuerzos de la autoridad, se verifiquen bajo la forma conveniente. La difusión de los conocimientos supone uno o más hogares de donde salga y se reparta la luz, que, extendiéndose progresivamente sobre los espacios intermedios, penetre al fin las capas extremas. La generalización de la enseñanza requiere gran número de maestros competentemente instruidos; y las aptitudes de estos sus últimos distribuidores son, ellas mismas, emanaciones más o menos distantes de los grandes depósitos científicos y literarios. Los buenos maestros, los buenos libros, los buenos métodos, la buena dirección de la enseñanza, son necesariamente la obra de una cultura intelectual muy adelantada. La instrucción literaria y científica es la fuente de donde la instrucción elemental se nutre y se vivifica; a la manera que en una sociedad bien organizada la riqueza de la clase más favorecida de la fortuna es el manantial de donde se deriva la subsistencia de las clases trabajadoras, el bienestar del pueblo. Pero la ley, al plantear de nuevo la Universidad, no ha querido fiarse solamente de esa tendencia natural de la ilustración a difundirse, y a que la imprenta da en nuestros días una fuerza y una movilidad no conocidas antes; ella ha unido íntimamente las dos especies de enseñanza; ella ha dado a una de las secciones del cuerpo universitario el encargo especial de velar sobre la instrucción primaria, de observar su marcha, de facilitar su propagación, de contribuir a sus progresos” (Bello, 1843: 145-146). “La Universidad estudiará también las especialidades de la sociedad chilena bajo el punto de vista económico, que no presenta problemas menos vastos, ni de menos arriesgada resolución. La Universidad examinará los resultados de la estadística chilena, contribuirá a formarla, y leerá en sus guarismos la expresión de nuestros intereses materiales. Porque en éste, como en los otros ramos, el programa de la Universidad es enteramente chileno; si toma prestadas a la Europa las deducciones de la ciencia, es para aplicarlas a Chile. Todas las sendas en que se propone dirigir las investigaciones de sus miembros, el estudio de sus alumnos, convergen a un centro: la patria” (Bello, 1843: 147).

Andrés Bello ha sido de los intelectuales de mayor relevancia en la región latinoamericana, e indudablemente el gran Rector de la Universidad de Chile, inspirador del ser institucional y de las tareas misionales plenamente vigentes hasta nuestros días.

Su versatilidad fue unida a la profundidad con que abordó cada tema de que se hizo cargo, y logró proyectar vívidas y fuertes ideas de contenido y amplia proyección en el tiempo. El discurso inaugural de la Universidad de Chile constituye un documento de excepción, donde se explicita una visión y una misión institucional plenamente vigente en su forma más amplia a pesar de los cambios sustanciales en la organización del Sistema Universitario chileno. Fue el mismo Bello quien hablara del “acomodo” como la permanente y necesaria actitud innovadora de la Universidad en respuesta al cambiante marco externo. La idea de Universidad Nacional –es decir, aquélla que prioriza los temas de país en el diseño de su investigación, docencia y extensión– sigue siendo la fuente inspiradora de mayor importancia en el actual diseño del trabajo institucional. Por tal razón, el examen de la vida e influencia de Andrés Bello no puede reducirse a un frío recuento histórico, ya que por su esencia y vigencia debe referirse un examen del trabajo institucional presente, y constituir una permanente y poderosa admonición sobre las tareas futuras. Tal es la impronta trascendente de su trabajo señero; ese es nuestro grado de adhesión a la causa que abriera para responder al reto majestuoso de las naciones y del conocimiento.

Venezuela y Chile fueron privilegiados al contar con una persona como Andrés Bello. Sostienen algunos historiadores que los himnos nacionales de ambos países contaron, en sus letras, con el aporte de Bello, a pesar de algunas evidentes licencias del lenguaje.

En su portentosa obra de aporte a Chile, Andrés Bello nunca dejó de tener un recuerdo de su patria lejana y natal, y así lo expresó en una carta enviada a su hermano Carlos desde Santiago de Chile el día 17 de febrero de 1846: “En mi vejez, repaso con un placer indecible todas las memorias de mi patria (recuerdo los ríos, las quebradas y hasta los árboles que solía ver en aquella época feliz de mi vida). Cuántas veces fijo la vista en el plano de Caracas, creo pasearme otra vez por sus calles, buscando en ellas los edificios conocidos y preguntándoles por los amigos, los compañeros que ya no existen… ¡Daría la mitad de lo que me resta de vida por abrazaros, por ver de nuevo el Catuche, el Guaire, por arrodillarme sobre las losas que cubren los restos de tantas personas queridas! Tengo todavía presente la última mirada que di a Caracas desde el camino a La Guaira. ¿Quién hubiera dicho que en efecto era la última?” (Bello, 1984:116-117).

En la despedida final a Andrés Bello su sucesor en la Rectoría de nuestra Universidad, el profesor Ignacio Domeyko expresó: “no es dado enumerar fríamente los inmensos méritos y servicios de Andrés Bello, que, si pudiéramos recordarlos todos, dudaría la razón que en una sola vida, un solo hombre, pudiera saber tanto, hacer tanto y amar tanto” (Domeyko, 1865: 412).

Termino como lo hiciera magistralmente el Profesor Andrés Bello López, en la ocasión de la instalación de su obra cumbre, la Universidad de Chile: “No debo abusar más tiempo de vuestra paciencia. El asunto es vasto; recorrerlo a la ligera es todo lo que me ha sido posible”.


Bibliografía

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Domeyko, Ignacio. “Homenaje tributado a la memoria del señor Rector de la Universidad de Chile, don Andrés Bello”, en “Homenajes”, Anales de la Universidad de Chile (Santiago) tomo xxvii, N°4, octubre de 1865:409-458
 
Grases, Pedro. El “Resumen de la Historia de Venezuela” de Andrés Bello, en Estudios sobre Andrés Bello, I, Investigaciones Monográficas, Barcelona, Ed. Seix Barral, 1981: 109-277
 
Munizaga, Roberto. “Vigencia de la obra educadora de Bello”, en Instituto de Chile, Homenaje a don Andrés Bello, Santiago, Editorial Jurídica de Chile: 1982: 105-129. Salvat, Manuel. “Vida de Bello”, en Estudios sobre la vida y obra de Andrés Bello, Santiago, Ediciones de la Universidad de Chile, 1973: 11-77.
 
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