La vieja importancia de la ideas
Santiago, 18 de Febrero de 2004
La lectura de Dick Morris ("El Nuevo Príncipe", Ed. Ateneo, 2003) es aconsejable para nuestra controvertida clase política en estos días de estivo. Se trata de un texto en que quien fuera por veinte años el principal asesor comunicacional de Clinton, nos relata su visión acerca de la política y de la comunicación en los días en que existe una revolución en cuanto a los medios y condiciones por los que la gente se informa y constituye su opinión. Hay varios aspectos en que uno debe cambiar las visiones usuales sobre el quehacer política, y la forma en como los políticos han de proyectar su imagen y su discurso. Desde luego, es obvio que el discurso ampuloso y lleno de faltas a la verdad, ya no es más viable en un mundo en que los medios comunicacionales alcanzan a casi todos, donde la inmensa mayoría sabe leer y en que la gente se informa acerca de los hechos y de la verdad incontrovertida sobre los mismos. No existe ya más -al menos en los países culturalmente más avanzados- el líder de aquellas novelas en que se relataba su astucia para engañar, su maña para seducir a una masa de ignorantes votando en ausencia de información.
Hay una lección central que se desprende de esa obra. No es posible que el dinero pueda derrotar a un mensaje sólido, a una idea fundamental, a una propuesta que haga sentido a las personas. El líder que más gasta dinero, de acuerdo a esta simple tesis, es aquel que oculta su falta de propuestas, de ideas sustantivas, de conocimiento efectivo de lo que desea el lector. "Yo haré el cambio que Ud., quiera" puede sonar a un buen slogan electoral para bobos, pero una hipótesis aceptable es que no prevalece una mayoría de población en esta situación. Contrariamente, lo que el elector desea es un conjunto estructurado de propuestas que le hagan sentido, y sobre las que se pueda pronunciarse, y bajos las que pueda ser informado o educado. Parece ser cierto que la vieja propuesta de que las ideas son la mejor arma para triunfar en la lucha política es totalmente efectiva. No son las fotografías, ni las sonrisas cautivantes; no son las "máquinas", los cargos de posición, ni el dinero que se vincula a tanto compromiso. Para un candidato triunfal importa el elector, no sólo como voto, sino como fuente de ideas y propuestas, y como centro de discusión y educación. Los recursos mínimos son los necesarios para hacer llegar el mensaje a la gente, por eso los que no desean que el mismo se escuche podrán siempre complotar de manera desleal. Pero nunca evitarán que triunfe la idea poderosa que exprese el sentir popular.