A 58 años de su muerte, el 10 de enero de 1957

El adiós del pueblo de Chile a Gabriela Mistral

El 29 de diciembre de 1956, Gabriela Mistral ingresó a la habitación 420 del hospital de Hempstead, Nueva York. Acompañada de Doris Dana, la poeta volvía a estar en el recinto que había visitado en octubre de ese año por una anemia y síntomas de agotamiento, patologías que se sumaban a una diabetes, reumatismo, problemas cardiacos y al cáncer de páncreas que la aquejaba.

Cuatro días después de recibir el año nuevo se marcó la tendencia definitiva: Mistral entró en un estado de coma y perdió la conciencia. A las 4:18 de la mañana del 10 de enero murió Gabriela Mistral, bajo la atenta mirada del retrato de su madre, Petronila Alcayaga, de Dana y el personal del hospital.

Desde Nueva York fue llevada a Carolina del Sur, donde el militar chileno Santiago Polanco aguardaba su llegada para acompañarla hasta Chile. Desde ahí el viaje se hizo complejo. Años después, Polanco contó a El Mercurio que tras el primer despegue, el 15 de enero a las 2:30 de la mañana, tuvieron que volver a tierra en medio de un fuerte temporal de viento y lluvia. Tras otro intento fallido de despegue y del cambio del avión y tripulación, la madrugada del jueves 17 de enero Gabriela Mistral emprendió el regreso definitivohistoria que Revista El Paracaídas revisó en su edición N°12. Luego de una parada en Panamá, donde el personal de la embajada puso una bandera chilena sobre la urna, el cuerpo de la poeta llegó a Lima para ser recogida por el avión FACH.

Mientras tanto, en Chile se iniciaban los preparativos para los honores que recibiría la Nobel: en La Moneda y en la Cancillería comenzaban a recibirse las condolencias oficiales y en la Casa Central de la Universidad de Chile los funcionarios adecuaban el Salón de Honor como capilla ardiente para el masivo velorio.  Este episodio es revisado en la publicación [Re] vuelta Mistralmaterial que agrupa recortes de prensa de cuando recibió el Premio Nobel, notas sobre su infancia y reportajes gráficos sobre su funeral y velatorio, y que fue lanzado en la inauguración de la Sala Museo Gabriela Mistral

Para Jaime Quezada, escritor y estudioso de la vida de la Premio Nobel, la elección del edificio de Alameda 1058 como lugar de velatorio tiene que ver con que la Universidad “no  sólo era el centro universitario y académico de país, sino que también el intelectual. No fue en el palacio de gobierno, que pudo haber sido, en la biblioteca nacional, en el palacio Bellas Artes, sino que en el alma mater del país”.

Fue así como autoridades y personas acongojadas se dirigieron la tarde de ese 18 de enero a recibirla en su llegada al país. Muchos de ellos lograron asistir gracias a los vehículos que la agrupación de dueños de autobuses dispuso para salir desde el Paseo Bulnes hasta el aeropuerto Los Cerrillos, donde arribaría la Nobel.

El camino a la Casa Central

A las cinco de la tarde aterrizó el cuerpo de Mistral, a bordo del avión Douglas DC -3 de la FACH. Las autoridades tomaron el féretro y el orfeón de la Escuela de Aviación interrumpió el silencio con su interpretación de la “Marcha fúnebre” de Chopin. En tierra la esperaban ministros, los edecanes del presidente, la alcaldesa de Santiago, una delegación de la Escuela Gabriela Mistral y una de scouts, además de escuadrones de las ramas de las Fuerzas Armadas.

En un furgón, la urna comenzó su recorrido hasta su lugar de velatorio, pasando por las avenidas Pedro Aguirre Cerda, Puente Antofagasta, Rondizzoni, Beauchef, Blanco Encalada, Ejército y Alameda. En medio de la conmoción de quienes salían a su encuentro, el cortejo tuvo que acelerar la marcha luego de que un grupo de personas abriera el vehículo tratando de ver a la poeta. En el percance, la comitiva atropelló a un ciclista y chocó el auto del Comandante en Jefe del Ejército.

Cerca de la Alameda, representantes de diversos colegios de Santiago aguardaban su paso portando los estandartes de sus establecimientos  adornados con cintas negras. A medida que se acercaba a la Casa Central, la gente enfilaba hacia las puertas de la Universidad. Carabineros tuvo que cortar calles y organizar a los visitantes que llegaron ininterrumpidamente hasta el día del funeral, sin importar la hora ni las altas temperaturas del verano.

Obreros con ropa de trabajo, niños con uniforme y descalzos, soldados, carabineros de franco, mujeres y ancianas hicieron la fila por la que, según la prensa de la época, ingresaron cerca de 170 mil personas. “La mayoría era pueblo, pueblo… Pasaban rodeando el féretro cuarenta personas por minuto, circulando, circulando. Hubo que organizar el acceso del público con fuerza de carabineros”, escribió el director de la Biblioteca Central de la Universidad Héctor Fuenzalida en la revista Anales de 1957 sobre las intensas jornadas en las que los funcionarios de la casona trabajaron en turnos extras para organizar la casona y mantener el orden y la limpieza.

Fuenzalida recuerda que sólo se interrumpió este “río humano” el sábado 19 de enero entre las 10 y 12 de la mañana para el homenaje del cuerpo diplomático y el lunes a las 8:30 para los rituales previos a los funerales; “fuera de estas horas, todo fue un ir y venir de la delgada y silenciosa ola”.

En el Salón de Honor

De pie en el hall de entrada al Salón de Honor de la Universidad de Chile, el Rector Juan Gómez Millas esperaba la llegada de Gabriela Mistral. Ya había aguardado por ella ahí dos años y medio antes, cuando la poeta entraba a la Casa Central para recibir el grado de Doctor Honoris Causa, que por primera vez entregaba la institución. Esta vez, el 18 de enero de 1957, Mistral ingresaba al edificio en un ataúd para su último reconocimiento público: el adiós del pueblo de Chile.

Acompañado de los integrantes del Consejo Universitario, el Rector se acercó a recibir el ataúd. La urna pasó el umbral de la casona encontrándose primero con los niños del Instituto Nacional. Allí, los funcionarios de la funeraria abrieron la urna café claro que venía cubierta por la bandera chilena. Con sus manos cruzadas a la altura del vientre, la poetisa sostenía un crucifijo de plata. A la urna, rodeada de cintas de las ofrendas y condolencias que arrastró en su viaje desde Nueva York a Santiago, se acercó Raúl Pinto, párroco de Paihuano, para rezar por el responso de Gabriela. Con él venía el espíritu del Valle del Elqui a la capital a rendirle tributo.

El ritual comenzó a las 18:05 cuando, vestido de terno y no de uniforme de militar, ingresó a la Universidad el presidente Carlos Ibáñez del Campo, el mismo que en correspondencia con amigos la Premio Nobel había definido como “su enemigo” por cancelar su jubilación de maestra en su primer gobierno, el mismo que en noviembre de 1956 había enviado un proyecto de ley al Congreso para restituir la jubilación de Mistral cuando ella volviese a Chile.

Las estudiantes del Liceo N°6, del que Mistral fuera directora en 1921, se ubicaron a los costados del féretro para montar la guardia de honorA las siete de la tarde se iniciaron las visitas del público, que desde el ingreso del féretro se había comenzado a agolpar en las inmediaciones de la Casa Central. A las nueve de la noche Carabineros tuvo que organizar filas dobles que salían por la Alameda, doblando por San Diego hasta Alonso Ovalle.  En su lugar de reposo, Mistral lucía un traje de terciopelo negro; el mismo que usó cuando recibió el Nobel en Suecia.

Fue así como el 21 de diciembre, a las 9:33 de la mañana Gabriela Mistral cruzaba el umbral de la puerta de la Casa Central, esta vez, para no volver, dejando atrás, como relata Héctor Fuenzalida, “un gran silencio” y “un hedor floral marchito”.

El cortejo cruzó la Alameda hasta llegar a Ahumada, camino a la Catedral para la misa de responso. En viaje hacia  el cementerio General, el cortejo llegó a Avenida La Paz. A las 12:03 se inició la ceremonia final. El ministro de Educación y el decano de la Facultad de Artes, Luis Oyarzún, ofrecieron sus discursos a los asistentes que caminaron al mausoleo donde descansaría provisoriamente Gabriela Mistral. Recién el 22 de marzo de 1960 fue exhumado el cuerpo de la Premio Nobel para subirlo nuevamente a un avión y llevarla a La Serena, en un último viaje hasta su última voluntad: llegar a su añorada tierra de Montegrande.      

                                                                   

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