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Cultura

Los nombres extraviados de la historia

Ad portas de un nuevo 11 de septiembre y de lo que esta fecha representa para la historia reciente de Chile, la Facultad de Artes de la U. de Chile rescata la conversación con Juan Seoane, ex inspector de la Policía de Investigaciones y ex guardia personal del Presidente Salvador Allende, que el académico Federico Galende sostuvo durante el año 1999 con el objeto de rememorar la época de los '70.

Juan Seoane, ex guardia del Presidente Salvador Allende

Juan Seoane, ex guardia del Presidente Salvador Allende

En todos los que han perdido lo que no se encuentra
¡nunca! ¡nunca!
En los delgados huérfanos secándose como flores

Charles baudelaire, el Cisne, Cuadros de París

La entrevista que ahora está frente al lector proviene de una larga conversación con el ex Inspector de la Policía de Investigaciones Juan Seoane, Jefe de la Escolta del Presidente Allende durante los agitados años setenta y testigo de un día gris e irreversible en la retahíla de la nación. La conversación tuvo lugar durante el otoño y el invierno de 1999, en alicaídas tardes de domingos, al amparo de viejos discos de Troilo y Goyeneche, algo de café, una grabadora y una estufa. Durante aquellas tardes Seoane fue deshilvanando los trechos perdidos del archivo trágico nacional, un subsuelo político repleto de incordios y fulguraciones que una vez más la historia, diosa egoísta, optó por abreviar. Seoane es un hombre simple y conmovedor –su estilo se asemeja mucho más al de un antiguo obrero ultraísta que resistió en el Ebro, que al de un ex miembro de la policía local-, para quien el arte de conversar sigue conduciendo al honor, a la dignidad, pero también a cierta impaciencia por revisitar los impulsos que alguna vez ayudaron a forjar la honra extraviada del país. Conversar es exceder la celebridad del presente; el ex inspector habla así, con el esmero desdeñoso de quien pasa un plumero por el rostro catatónico de la historia para alojar el habla en una comarca desconocida, aquel país en el que nadie estuvo nunca y en el que sin embargo todos habitamos alguna vez. Por eso de pronto sus palabras se llenan de calles irreconocibles, bares de antaño, esquinas en las que han dejado ya de cruzarse las avenidas, repentinos tesoros encantados que asaltan el horizonte maníaco y triunfalista del Chile de entonces. Todo el lenguaje cobra así la forma de una urbanidad remota en la que el tiempo, visitante abrupto, repone las caras mudas de los muertos y también los nombres en los que ni siquiera sabemos si la muerte misma tuvo lugar. “Está desaparecido”, dice Seoane, después de estancar la frase a la cola de un nombre misterioso, buscando la pausa que reduzca por fin la voz al sonido fatal que le corresponde. No porque ignore que detrás de cada enunciado que pronunciamos hay un irreversible estado de cosas que se nos esfuman, sino porque la palabra “desaparecido” ha llevado demasiado lejos la pérdida de una noción o imagen que se le ajuste. Desaparecido es una palabra inconsútil, que busca reparar en el viciado “arte de significar” aquello que debería permanecer como la gran pesadilla sin nombre de la historia. Seoane lo sabe; por eso las maniobras de su oratoria son las de alguien que no queriendo tener nada que ver con este mundo –teatro exorcista, política de gran guiñol- no se resigna a que por detrás de cada invocación anacrónica –usa deliberadamente las palabras “tranvía”, “tricota”, “diligencia”- no se tuerza el espejo sin memoria de la muerte. Allí se autocontempla el Chile. “Los aviones pasaban, dejaban un silencio en el aire y luego volvían a pasar”, recuerda, como si cada una de aquellas “pasadas” hubieran deshecho lentamente el tono utópico del país a través de pequeñas sacudidas. El soldado desvergonzado que hizo trizas entre sus dedos el Acta de la Independencia firmada por OHiggins, el uniformadito entusiasta que pedía a gritos una autorización de su General para pasar una tanqueta sobre las cabezas de quienes no hicieron más que defender el Palacio de Gobierno, el Oficial que dió en el Tacna una orden de fusilamiento sin tomarse siquiera el trabajo de averiguar el nombre de aquellos a quienes iba a asesinar, toda esa larga cadena de cobardes que se adelantaron a celebrar el día psicótico de nuestra humanidad, agregan una pieza de encaje para entender por qué la guerra como despilfarro del antiguo patrimonio civilizatorio dejó todo al alcance de una reverberación ciega y maldita. Que la posterior aventura modernizadora del país se encargó de velar a través de un nudo de atavíos y omisiones. “Me tomaba todas las mañanas el tranvía y a veces caminaba”, dice Seoane, acaso porque para él el metro o el Hyundai son la guerra, las carrocerías de un presente que el observador triste interroga mientras la antigua tormenta prosigue sus descargas ante el testigo que ya se ha marchado.  

Por Federico Galende.

 

Juan Seoane: ...esa es la impresión que a uno le daba, como le decía, no sé, incluso me acuerdo que el 10 de septiembre llegué tarde, me quedé a esperar el final de una reunión en Tomás Moro, después me fui a lo de un amigo y llegué tarde a la casa. A las 12 de la noche, más o menos, llegué a la casa, me acosté, y poco antes de las siete de la mañana sonó el teléfono.

¿Y se fue a La Moneda?

Sí, me fui para allá, era lo que tenía que hacer. Para mí todo empezó con el atentado al General Schneider, porque ahí en Investigaciones se comenzaron a producir una serie de movimientos. Todo el mundo, todas las unidades, todos los que tenían un antecedente comenzaron a trabajar el caso. En aquel momento no se lo autoasignaba nadie. Era un caso capital. Y entonces cada unidad policial empezó a trabajar las pistas que podía conseguir, cada cual, independientemente de la oficina de la Brigada de Homicidios, que era la que tenía que ver con este asunto más en forma. Las demás unidades, todas se preocupaban de buscar antecedentes para esclarecer el hecho. Yo todavía no estaba en la Brigada de Homicidios; estaba en una prefectura que era la Prefectura de Ferrocarriles, ahí trabajaba, pero lo mismo me dieron una orden y comencé a trabajar antecedentes junto con los demás compañeros de trabajo. Si teníamos un antecedente, lo pasábamos desde Ferrocarriles a la Policía de Investigaciones. Allende todavía no asumía, pero ya había ganado, 5 de septiembre, y esto se produce los últimos días del mes o por ahí.

Me parece que en octubre ¿no?

Ah sí, octubre, por ahí por el veinte de octubre. Lo habían baleado, y la policía trabajaba en el caso sin obtener muchos resultados. Y entonces ahí Frei Montalva nombró como Director de Investigaciones a un general del ejército, Cheire, pero para mostrar lo limpia que era la actuación del gobierno nombró como subdirector a una persona indicada por el candidato triunfante. Allende le había indicado como persona para que se hiciera cargo de la Subdirección de Investigaciones a Paredes, Eduardo Paredes. En aquella época tanto Carabineros como Investigaciones dependían del Ministerio del Interior, no del de defensa,  como ahora. En cuanto a Cheire, era un militar que no tenía ninguna tendencia en especial, un militar como los de aquella época, de esos que no se metían en cosas que no les correspondían. Por entonces los militares eran personas comunes y corrientes, sin muchos vínculos ni participación en este tipo de procesos. Éramos todos mucho más amigos…

¿Y Usted?

No, yo antes de llegar a Investigaciones ya había trabajado como empleado en varias empresas. Algunas de importación inglesa en Valparaíso, y después en la Compañía de Chile, la COPEC, que embarcaba petróleo. No había oleoductos por entonces, ni nada de eso. Mis padres se trasladaron de Iquique a Valparaíso, y mi vida transcurrió allí: en Valparaíso y en Viña. Trabajaba como empleado particular, aunque no me quedaba mucho dinero, mi padre trabajaba en la administración del puerto en condiciones muy malas y yo era el único de la familia que tenía un sueldo fijo. Así que yo compré el primer comedor que tuvimos. Tenía una vida de empleado, muy regida por las pocas cosas que se podían empezar a tener. Pero Viña era tan lindo… Ahí nos juntábamos con los amigos a caminar por las calles o nos íbamos a sentar a los sillones de la central telefónica, que eran muy mullidos. O a comer hot dogs, que recién empezaban a salir. A Viña los llevó un argentino, ¿sabía?, Starosebsky, León Starosebsky, que se puso una tienda muy chiquita ahí en calle Valparaíso. Trabajaban él y su señora, era un tipo encantador, amigo de todo el mundo, los hot dogs eran más sencillos que ahora, pero me acuerdo que él fue uno de los que empezó a ponerle cosas, palta, tomate. Era una belleza de persona. Y entonces íbamos ahí, y yo me pedía un hot dog, me tomaba una bilz o una cerveza, había negra, malta ¿no? o también la pilsener rubia, todas de la compañía de cervecerías unidas, salvo algunas que venían de Valdivia, más caras. Me casé por ese tiempo, mi suegro era funcionario de investigaciones, un hombre formidable, y él fue el que me metió en la Institución. Yo era muy bueno para dibujar, y trabajé mucho tiempo como planimetrista.

¿En Valparaíso también?

No, después llegué a Santiago, a vivir en la casa de mis suegros. Quedaba en la calle Sazie a la altura del 2100, llegando a Almirante Latorre. ¿Se ubica?

Sí, Sazie es la que corta República.

Claro, ahí, aunque en aquel tiempo no existían ni la línea del metro ni la norte-sur, sólo calles paralelas que llegaban hasta Estación Central, paralelas a la Alameda y perpendiculares a la Alameda, y entonces yo me vine por un traslado de Investigaciones y después de un tiempo me fui a vivir a la calle Independencia, frente al antiguo Estadio de Universidad Católica, pasada la Plaza Chacabuco. Me acuerdo que desde la parte de atrás de la casita alcanzábamos a ver las carreras del club hípico, del hipódromo, cancha de arena, veíamos partir los caballos desde la ventana del segundo piso. Y entonces vivía ahí pero trabajaba en Mapocho, ahora sí en la Brigada de Homicidios, me tomaba un bus en las mañanas que me dejaba en la puerta del trabajo. En ese tiempo todavía existían carros. Llegaban desde Estación Mapocho y daban la vuelta en Plaza Chacabuco, hasta ahí llegaban, así que yo perfectamente podía venirme en carro. Eran de rieles…

Usted le llama carros a los tranvías... 

Sí, tranvías, pero le llamábamos carros. No sé por qué. Ahí en General Mackena con Teatinos trabajaba yo, donde está la Dirección General, pero cuando vino lo de Paredes, que lo nombraron subdirector, muchos de nosotros empezamos a tener algunas reuniones con el fin de interiorizarlo de qué pasaba en Investigaciones, qué cosas se podían hacer, y esto era porque Investigaciones nunca había tenido un papel político, la gente no era política, tenía lógicamente conocimientos políticos, simpatías, pero en ningún caso era política, salvo como le decía el caso de los Directores o Subdirectores que eran nombrados por los gobiernos de turno. Pero independientemente de eso, nada pasaba. Nada se conocía. Mi conocimiento de Paredes era ese, de haber estado en algunas reuniones en las cuales se conversaban estas cosas que generalmente eran muy ponderadas. Nosotros pensábamos que las expectativas que pudiera tener la Policía Civil se vieran reflejadas en algunos cambios.

¿Cómo? ¿Qué clase de cambios?

Vamos a poner un ejemplo: existían prohibiciones para que uno pudiera contraer matrimonio sin previa investigación de los antecedentes de su futura esposa… Derogar esta medida era algo popular para nosotros. Que hubiera una peluquería para oficiales y una para personal corriente, derogar esto, y hacer una sola peluquería, por poner el caso, era una medida popular. Más o menos en ese sentido es en el que se hacen estas reuniones, en el sentido de orientar ciertos cambios, de mejorar las cosas.

¿Y usted llegó a La Moneda a través de aquellas reuniones?

No, nada que ver. Sucede que el Presidente Allende inicia en agosto o septiembre del 71, por ahí,  un viaje a Ecuador, Colombia y Perú, y se decide que a Colombia debían ir tres funcionarios de Investigaciones, a Perú debían ir dos y a Ecuador dos. Estos dos funcionarios que van a Ecuador están en Ecuador mientras pasa el Presidente para Colombia y después se regresan a Perú y esperan en Perú el regreso del Presidente. Tenían que cumplir la función de auscultar el ambiente e informar al Presidente a su paso. O sea: se prepara un informe para que cuando llegue el Presidente tenga una información respecto del espíritu de la gente, cómo se está esperando la visita, cuales son las cosas más importantes. En fin, dar una visión de lo que está pasando para que él sepa de qué tiene que hablar y de qué no tiene que hablar. Y entonces a mí me mandan junto con dos funcionarios más a Bogotá, y a dos funcionarios más los mandan a Quito. Nosotros nos vamos antes de que salga el Presidente, quince días antes creo, en Agosto, con credenciales de periodistas, no de policías, y nos alojamos en un hotel común y corriente y empezamos a hacer nuestro trabajo, que consistía en hablar con la gente, con diputados, senadores, en adquirir toda la prensa que existía y recortar y ver todo para saber qué es lo que se pensaba de la visita del Presidente. Hicimos el trabajo durante todo ese tiempo, y en los últimos momentos tuvimos un contacto con el Embajador de Chile en Colombia y le entregamos el documento que habíamos elaborado. Lo llamamos y le dijimos “este es el documento”, y entonces el Embajador lo leyó con mucho detenimiento y lo encontró excelente.

¿Quién era el Embajador?

No me acuerdo cómo se llamaba, pero después del golpe resultó ser muy contrario a la Unidad Popular. También había un General de apellido Viveros, que era el agregado militar por entonces, y terminó siendo un tal por cual durante la dictadura. Llegó a ser Ministro de Pinochet, incluso. Pero le decía que el Embajador encontró muy bueno el informe, y entonces dijo “yo pienso que este documento el Presidente lo tiene que tener ahora y entonces les pediría que alguno de ustedes viaje a Ecuador y se lo entregue”. Me designaron a mí para viajar a Ecuador, mientras que los otros funcionarios se quedaron en Colombia junto con gente del GAP que acababa de llegar para colaborar en las labores de seguridad. Así que yo viajé a Ecuador a encontrarme con la delegación que venía de Santiago. Nunca había visto al Presidente.

¿Y lo conoció aquel día?

No, tampoco lo conocí aquel día. Porque yo entregué el documento a los encargados, a Jorquera, que creo que era el que iba con el Presidente en ese momento, o a Palacios, no me acuerdo, pero a alguien se lo entregué y le dije que ese era el trabajo que habíamos hecho. O sea que yo llegué, me fueron a buscar al aeropuerto, me llevaron al hotel de Quito y después pasé el informe y me fui a mi pieza tranquilamente. Y entonces el Presidente leyó el trabajo. Aquella tarde trabajé un poco con el jefe de la escolta del Presidente, un simple inspector igual que yo, y también paseamos mucho. Yo llegué al mediodía o a media tarde por decirle, y ahí me dí una vuelta por Quito, anduve con Alcaíno para todas partes, pero no tuve ninguna actividad con el Presidente. Yo de Alcaíno era amigo. Cuando estaba en el hotel (era ya de noche) me mandan a llamar, y ahí conocí a Letelier, que en ese tiempo había viajado siendo ya Embajador de Estados Unidos. Ahí lo conocí. También conocí al Presidente, lo ví de lejos por decirle, pero no hablé con él, sino que me informaron que el Presidente decía que yo no volviera a Colombia sino que me regresara a Perú e hiciera el mismo trabajo que había hecho en Colombia. Esa información me la daba Jorquera, toda esa gente que andaba al lado del Presidente. El Presidente estaba en el piso de arriba del hotel, pero yo no iba para nada para allá, yo no tenía nada que ver, sólo había hecho mi trabajo y ahora me iba. Y entonces tomé un avión y me fui a Perú, y en Perú me estaba esperando la policía, estaba el Embajador y la policía, y entonces me fui a un hotel, primero, pero después, sabiendo que iban a llegar más funcionarios de investigaciones que estaban en Ecuador, me facilitaron el Casino de la Policía. Ahí me hospedé, dormíamos en el Casino, el Casino tenía varias habitaciones, era como un hotel, me acuerdo que quedaba en el centro de Lima, en una de las calles principales, bien ubicado, había comedores, de todo, unas habitaciones hermosas. Ahí llegaron dos compañeros de trabajo que estaban en Quito, y después llegaron otros que estaban en Colombia, alguna gente del GAP también, un grupo grande, siete u ocho. A ver… llegaron Oscar Henríquez, Fernando Gómez, un chico Argandoña, y la gente de Investigaciones: Espinoza, que después ascendió a Prefecto, y Pavez. Cuarenta y dos tenía yo, más o menos, imagínese… 

¿Y Allende?

Allende llegó después. Nosotros habíamos realizado todo lo que se podía realizar, y sabíamos todo: habíamos ubicado lugares alternativos, hospitales, pabellones, clínicas, las zonas más conflictivas, lo que se hace en un servicio de seguridad, porque independientemente de esto, en un servicio de seguridad hay que saber a dónde puede trasladarse el Presidente en caso de un atentado, dónde se puede llevar, cómo se puede salir de los lugares. Prácticamente en Lima no hicimos investigación. Nos basamos casi todo en lo que decía la Policía de allá. Ahora, en ese tiempo, había un gobierno militar, Velasco Alvarado, un gobierno muy popular, muy popular… Y entonces el Presidente llegó después, le decía, en su avión particular, un avión de la línea aérea pero especialmente acondicionado para él, y también llegaron los automóviles de la policía, los que iba a ocupar el Presidente, porque los automóviles se trasladaron por tierra a Colombia. Se llevaron a Colombia y a Ecuador. Había automóviles en Colombia y había automóviles en Ecuador, y después los automóviles de Colombia se trasladaron a Perú para que hubiera una alternativa de movimiento. Eran unos Fiat 125, azules, todos azules, y estaban preparados especialmente: corrían a más de doscientos Kilómetros por hora, en esa época eran autos que tenían ciertas características que eran muy especiales: mucha velocidad, muy maniobrables en trayectos cortos, se movían rápido y estaban semiblindados. Además los choferes que manejaban estos autos, gente del GAP, habían tenido un entrenamiento especial, manejaban muy bien. Así que se acordó trasladar estos autos por tierra desde Chile. Todo esto yo lo veía ahí, me lo contaban, porque yo era un policía que estaba cumpliendo sus funciones pero que no tenía nada que ver con La Moneda. También habían acordado llevar un segundo avión con dos pilotos de Investigaciones, un Cessna de dos motores, que volaba como una alternativa para sacar al Presidente de cualquier situación, un avión de emergencia, paralelo, que partía antes y llegaba a corroborar que todo estuviera en orden en los aeropuertos en los que iba a aterrizar el Presidente. Un Cessna era, ¿le dije eso?, que llegó a Ecuador primero, después llegó a Bogotá, estuvo en Bogotá durante toda la visita del Presidente, y finalmente partió hacia Lima. Aquella vez salió primero el avión del Presidente y luego el Sesna, y por esas cosas que a alguien le da idea o no le da idea, el Jefe de la Guardia, sin pedir permiso a nadie, decide venirse en el avión chico. “Yo me voy a ir en el avión chico, váyanse ustedes en el grande y yo me voy en el chico”. No sé por qué, cuál era la razón, nunca supe cuál era la razón, pero decidió viajar en el Sesna. Yo lo esperaba en Lima. Así que llegó el Presidente, empecé a hacer todos los trámites, conversé con él por primera vez incluso, cosas puntuales, nada más: qué se iba a hacer en Lima, dónde estábamos alojados, qué se yo, cosas como esas… No sé… El Presidente andaba siempre rodeado de mucha gente, y no es que dijo “voy a conversar con el Inspector Seoane”, sino que era algo así como que en medio de mucha gente yo le digo alguna cosa y él me dice “sí, hagan esto o aquello” ¿no? Debe haber tenido una mínima idea de quién era yo porque era muy amigo de Olivares, de Jorquera, y ellos sí me conocían. Era muy cortante el Presidente en ese tiempo, no sé, yo lo ví siempre muy cortante en ese momento… El asunto es que después de esto empezaron las actividades en Lima, y el avión chico no llegaba. Tenía que salir y venirse a Lima, con dos pilotos y el Jefe de la Escolta, pero no llegaba, así que en medio de la espera se dice “oye, que alguien se quede esperando el avión, que se quede esperando el avión, esperando el avión”. Y el avión no aparecía. Y entonces cuando ya no apareció durante cierto tiempo, durante las primeras horas, empezamos a preocuparnos. Nunca más se supo. ¿Sabe? El avión se perdió, se perdió y nunca hasta el día de hoy volvió a aparecer.

¿Y ahí iba Alcaíno?

Claro, ahí iba Sergio, el Jefe de la Escolta, el mismo con el que le decía que habíamos pasado la tarde en Quito. Éramos amigos. Después supimos que el avión había venido desde Bogotá y había hecho una escala en un aeropuerto porque tenía una falla técnica. Supimos también que había solucionado la falla, que había seguido rumbo a Lima y que al pasar donde se juntan las fronteras de Ecuador, Colombia y Perú, se perdió. ¡Y nunca más se supo!. Se perdió en la selva ecuatoriana. Yo quedé muy mal, muy mal, había mucha tensión, y entonces tuvimos una comunicación radial con Santiago, alguien explicó la situación y el Director General da una orden y dice: “Usted Juan hágase cargo de la Escolta y la protección del Presidente hasta que llegue a Chile, y deje a Pavez en Lima para que siga preocupándose del rescate, de la búsqueda del avión, y yo voy a mandar al Secretario General de Investigaciones, Prefecto Armazán, a Lima. Así que me volví en el avión con el Presidente y toda la comitiva: Pavéz se quedó en Lima y yo me encargué de toda la seguridad en el traslado a Santiago. En el aeropuerto estaban Paredes y el Subdirector Toro, y entonces me reúno con ellos y les explico cuál era el problema, todo lo que había pasado y lo que pensábamos hacer. Y entonces Paredes me dice que me vaya nomás a la casa, que vuelva al día siguiente, que no hay nada que hacer y que ya está todo dispuesto para el traslado del Presidente. Yo me fui a la casa y al otro día regresé a la División y Paredes me dijo: “Mira, Juan, aquí hay una cosa que hay que hacer, alguien se tiene que hacer cargo preventivamente de la sección Presidencia de la República. O sea que hazte cargo tú mientras tanto y mientras yo designo a alguien”. Así que me manda a La Moneda a hacerme cargo de esto. A la gente de Investigaciones que trabajaba en La Moneda yo la conocía de hacía mucho tiempo, viejos compañeros de trabajo. Así llegué a trabajar a La Moneda, por vía de esa situación tan insólita.  

¿Y para eso lo tuvieron que ascender?

No, no, yo seguí siendo un simple Inspector, ni siquiera me cambiaron el sueldo. Era lo mismo. Lo único es que pasé a trabajar en la protección del Presidente de la República durante sus trayectos fuera de Tomás Moro, porque dentro de Tomás Moro había una guarnición del GAP y una unidad de Carabineros. Ahí residía el Presidente. Nosotros nos encargábamos de acompañar los traslados del Presidente junto con una escolta de Carabineros. Había dos escoltas: una de Investigaciones y otra de Carabineros. La de Carabineros estaba formada por una patrullera y dos motoristas. En la patrullera viajaban cuatro Carabineros, después venía el auto del Presidente, un Fiat 125 azul exactamente igual a otros dos Fiats que usaban los escoltas del GAP, y atrás una camioneta nuestra con cuatro funcionarios y un chofer. En el auto del Presidente siempre viajaban el Edecán, un escolta del GAP y un chofer; en los otros dos Fiats, tres miembros del GAP. Y un chofer. Mantenían una similitud y se movían, los autos, cambiaban de posiciones constantemente, había posiciones A, B, C, y cambiaban para que nadie supiera dónde iba el Presidente. Yo designaba los escoltas que viajaban en la camioneta: iban dos tiradores a cada lado de la ventana y un tirador posterior. La nuestra era una Chevrolet 70 con asiento transversal, muy nueva, aunque no tenía antiblindaje ni nada de eso.

Qué raro ¿No estaba blindada?

No se usaba el antiblindaje en aquella época, el mundo era así, nadie imaginaba que las cosas iban a llegar a donde llegaron. Igual la patrullera cubría a los autos chicos, que salían de la caravana si pasaba algo. Se movían; uno se quedaba y los dos restantes salían. Nunca nos tocó disparar en una caravana, pero estábamos entrenados, sabíamos hacerlo, ocupábamos las Walther calibre 9 milímetros, nos servían las mismas municiones que usábamos en las Brownings, y también todos teníamos un revolver personal, un Colt Cobra de cinco tiros, Treinta y ocho, mucho más seguro que una pistola.

¿Por qué? Las pistolas son más modernas

No, no, lo que ocurre es que el revolver siempre dispara, mientras que la pistola no. O sea: nunca a mí me ha pasado de que se me quede una bala atascada, pero sucede. En el revolver no: no sucede: si no sale un tiro, sale el otro, y uno sigue disparando. La Pistola se traba: tengo que sacar el cartucho completo para volver a disparar porque cada vez que uno dispara con una pistola en el retroceso la pistola bota una cápsula y mete la otra, se traba, el proyectil se queda adentro y hay que sacarlo para pasar el otro, manualmente. Y entonces un revolver es más seguro. O las ametralladoras, que se pueden disparar tiro a tiro o en ráfagas, un arma de 9 milímetros de alcance relativo en la que cada cargador tenía como treinta tiros. Imagínese. Y además se podían poner dos cargadores, los amarrábamos con scotch, sesenta tiros, como algunas pistolas que tiran a repetición, no las Browning, otras pistolas, en cambio el revolver como le decía tira por gatillazo, si no sale un tiro, sale el otro, se da vuelta el tambor.

¿Y alguna vez les tocó disparar?

No. Yo igual quería contarle que hice unos cambios en este trabajo. Traté de mantener un grupo más cohesionado, más organizado, de darle una función profesional, de darle una actividad a la gente que estaba ahí. Traté de hacer una cosa que fuera distinta, creé por ejemplo algunos servicios y para ello el personal de Investigaciones quedó dividido en dos grupos: un primer grupo de diez hombres trabajaban en la escolta, y el resto, otros diez, debía preocuparse de resguardar las aposentadurías del Presidente. Y entonces para que tuvieran algún trabajo, empezamos a fijar por ejemplo los lugares a los que concurría habitualmente el Presidente. El Presidente concurre al Estadio Nacional, y entonces necesitamos hacer un trabajo operativo en el Estadio: con quién hay que hablar, cuántos son los extintores, un trabajo de investigación. Así que cuando el Presidente vaya al Estadio, el funcionario designado para presidir la investigación es el Jefe y tiene que hacerse cargo de toda la seguridad. Allende es de la “U”, era de la “U”. Y así también con el aeropuerto: alguien se va a preocupar del aeropuerto, alguien se va a preocupar de la Catedral, alguien del viaje municipal, alguien de la Casa Central de la Universidad de Chile. Designé funciones a todo el mundo, y después hasta yo mismo me extrañé de la calidad que tenían. Realmente nunca pensé que iba a ser así, porque yo lo único que hice fue elaborar un cuestionario con todas las medidas de seguridad que se pudieran presentar: cuáles eran las salidas más rápidas, de qué material estaban hechos los pisos, dónde estaban los extintores, cuáles eran las zonas de evacuación, dónde estaban los hospitales más cercanos. Y nos encontrábamos con sorpresas de este tipo: la Catedral Metropolitana por ejemplo era de pura madera por dentro y no contaba con un solo extintor. Cada uno hacía su trabajo. Y nadie era necesariamente allendista, de la UP. Nada de eso. Era un trabajo que había que hacer, y que había que hacer del mejor modo posible.

O sea que no se trataba de ser allendista, sino un buen funcionario

Exacto. Y todos lo éramos. Toda esa gente que trabajaba conmigo se preocupó de hacer su trabajo, y lo hizo excelentemente bien. Teníamos todo el material de seguridad archivado en unas carpetas que consultábamos cada vez que el Presidente iniciaba una visita a alguna parte: la carpeta de la Catedral, la del Estadio, la de la Universidad de Chile. En cada una había planos del lugar, mapas, líneas coloreando sobre el plano los espacios de evacuación. También conseguí en la YMCA, la Asociación Cristiana de Jóvenes, unas clases de gimnasia y preparación física que hacíamos a las siete de la mañana. Todo el mundo estaba ahí a esa hora, y entonces los que teníamos que trabajar después nos íbamos a Tomás Moro a buscar al Presidente y el resto se volvía a su casa o a hacer su trabajo a La Moneda. Éramos veinticinco los de Investigaciones que trabajábamos en La Moneda. Yo era el Jefe de la Sección Presidencia de la República, el cargo que tenía Alcaíno, así que me tocaba organizar las tareas de los demás. Carabineros tenía dos Oficiales, el Capitán Muñoz y el Teniente Dondero, que después llegó a ser General de la Institución. Pero le decía que Allende iba al Estadio Nacional por ejemplo y había un hombre que sabía todo y que ya había dispuesto todos los servicios. Si él necesitaba algo especial, se lo pedíamos a la Dirección General: necesitamos cinco patrulleras, por ejemplo, o un par de ambulancias, cien hombres, etc. Todo esto se pedía. Me acuerdo que le pasamos una copia al GAP de todos nuestro archivos, un regalo que le hicimos, eran como sesenta o setenta los del GAP, en un principio parece que el Jefe era del MIR, pero después el MIR tuvo problemas con Allende. Marambio creo que era el Jefe por entonces, yo aun no estaba en La Moneda, pero tuve relaciones con él, lo conocí, aunque relaciones así: de un funcionario de la Policía con un GAP que era Jefe de escolta de Allende. Después el GAP quedó en manos del PS, cuyo Jefe en ese tiempo era Jaime Sotero, que se hacía llamar Carlos Alamo. Nadie se conocía por el nombre verdadero, razones de seguridad, muy propio de los cubanos. Después Coco Paredes decidió que me iba a cambiar, porque yo fui nombrado por una urgencia...

¿Y lo cambiaron?

Al final no. Al parecer a Paredes le dijeron que mejor no, que no me cambiara, que mi trabajo era bueno y que mejor me quedara definitivamente. Así que me quedé. Hablé con mi señora, le expliqué la nueva situación y ella me dijo que me apoyaba en todo. Que por más que el trabajo no me dejara tiempo para nada, si me gustaba lo tenía que hacer. Y lo hice. Así que yo al Presidente lo acompañaba a todas partes, a donde fuera, aunque jamás conversaba con él acerca de mis funciones en la tarea de seguridad. Nunca consulté nada con él, y cuando tuve qué hacer algunas cosas que no le parecieron bien lo mismo las hice. Era mi trabajo. Yo le decía: “señor, sabe qué, yo tengo que protegerlo a usted aunque a usted no le guste, y si usted me quiere cambiar hable con el Director y me cambia, pero yo tengo que hacer mi trabajo”

¿Y ocurría mucho eso?

Mucho, sí, porque Allende era muy llevado a sus ideas. Me acuerdo que un día por ejemplo, en una oportunidad, íbamos por Providencia y se le ocurrió decir “saben qué, no quiero que me cubran las espaldas, quiero que los autos se vayan en fila india”. Y entonces el GAP se puso en fila india pero yo hice que la patrullera se pusiera al lado de él y cambié la radio, no dejé que me diera ninguna orden por radio, no lo escuchaba a propósito. Así que cuando llegamos a La Moneda me mandó a llamar y me dijo “dígame, Seoane, usted no escuchó que yo dí una orden”. Sí señor, le dije, la escuché, pero resulta que yo lo tengo que proteger a usted, es mi trabajo, cumplo órdenes de la Dirección de Investigaciones, de modo que si usted tiene algún problema conmigo tiene que llamar al Director y pedirle el cambio. Se enojaba, pero después se daba cuenta que no tenía razón. También me acuerdo que un día me pidió bajarse a tomar un café en El Haití, y después se quiso ir caminando hasta La Moneda. Imagínese.. Era así, qué le vamos a hacer, pero igual no había problemas porque quién iba a pensar que el Presidente se iba a bajar a tomar un café en el centro. Y sin embargo estaba ahí, tomándose un cafecito con el Edecán. También me acuerdo cuando viajamos a Buenos Aires a la transmisión de mando de Lanuse a Cámpora y después una noche nos fuimos al Caño 14, nos sentamos, había unas mesitas, mucha gente, y Allende estaba feliz porque le encantaba el tango. A mí también me encanta. Aquella noche cantó el Polaco Goyeneche, en vivo, y también Alberto Podestá, que lo reconoció al Presidente y dijo unas palabras muy lindas sobre Chile, porque Podestá estuvo exiliado en Chile, ¿sabía?, y entonces le dedicó un tango al Presidente, El Motivo. Después fuimos al Viejo Almacén. Yo soy fanático, mire, si aquí tengo a Goyeneche cantando con la orquesta de Pichuco Troilo. ¿Quiere escucharlo?

Claro

También me acuerdo que fuimos con Cámpora a ver Racing-Boca en el estadio de Racing, ahí en Avellaneda, había una efervescencia popular, se abrían las puertas de las cárceles, la gente salía, era un contento tan grande el que había, tan grande. Yo nunca había visto tanta felicidad, aquí y allá, en Chile y en Argentina, había una esperanza tan grande. Qué cosa, todo eso me tocó vivirlo… Yo me levantaba como a las seis de la mañana, me iba caminando del gimnasio a La Moneda, entraba a veces por la puerta principal, a veces por Morandé ochenta, en aquella época se podía transitar por dentro como en una calle peatonal, se pasaba por el Patio de los Cañones, el Patio de los Naranjos y se salía por el otro lado. Mi oficina quedaba ahí en el Patio de los Cañones, abajo, bien chiquita, había un par de teléfonos, un citófono, un televisor que compramos entre todos, los archivos de los lugares que le decía y nada más. Bastante sencilla. Cuando nos juntábamos todos, ni siquiera cabíamos, pero nunca nos juntábamos todos porque yo siempre fui de la idea de que el que estaba de servicio tenía que ir a buscar al Presidente a la hora que el Presidente salía, tenía que acompañarlo todo el día a dónde fuera y tenía que ir a dejarlo a la hora que fuera. Y al otro día tenía descanso. O sea que ese día tenía que sacrificarse en todo sentido, pero al día siguiente iba otro que no había estado de servicio el día anterior.

¿Y Usted también tenía turnos de descanso?  

Sí, también, pero menos, porque cada vez que el Presidente iba a salir de la casa, independientemente de que estuviera yo en la escolta o no estuviera, me iba a Tomás Moro a dejarlo o a revisar los recorridos. Siempre estaba allá, lo esperaba, y entonces cuando él salía conversábamos un poco. En esa época, ya conversaba casi todos los días con él. Su casa quedaba en la calle Tomás Moro a tres cuadras de Apoquindo, pero nosotros subíamos por Cristóbal Colón, tomábamos la rotonda, y llegábamos a Tomás Moro. La escolta la teníamos que tener preparada cuando Allende salía de su casa, que tenía una rotonda chiquita, un jardín y una entrada de auto con salida al otro lado. El antejardín era grande. Había un portón y una guardia del GAP, y cuando yo venía llegando hablaba por radio con la guardia y le decía: ábreme la puerta que soy yo. Y entonces cuando llegaba ya estaba el portón abierto y entraba y estacionaba el auto en alguna parte. Ya estaba la patrullera, la de Carabineros, los motoristas, los autos del GAP y los autos de Investigaciones. Ahí en el antejardín esperaba a que saliera el Presidente. Salía solo, con el Edecán a veces, y apenas me veía me saludaba o me llamaba desde lejos: “Juan, ven”, y me decía lo que me tenía que decir. A esa altura ya el oficial de Carabineros sabía cuál era el recorrido, por dónde íbamos a ir, así que hacíamos el camino, llegábamos a La Moneda, el Presidente se bajaba del auto y entraba por Morandé Ochenta, siempre. Había un ascensor, pero él no usaba el ascensor, usaba las escaleras, no sé por qué, llegaba al segundo piso y se iba a su oficina. Después a media mañana, cuando necesitaba hablar conmigo, generalmente me hacía ir a buscar por algún GAP, generalmente, pero no era tan habitual para mí que me hiciera ir a buscar ni que necesitara conversar conmigo. Conversaba con otra gente. A mí me llegaba todos los días un programa de actividades. Que el Presidente tenía una reunión con Mengano, Sultano, un almuerzo acá, un desayuno allá, lo que iba a hacer durante el día. Y entonces yo tenía que ir adecuando la gente que iba a mandar a cada lugar, si había que hacer algún servicio, desde el día anterior lo hacía, porque el programa de actividades me llegaba siempre un día antes. En la tarde. También si yo necesitaba hablar con él subía al segundo piso, no había ningún problema, pero no hacía falta porque siempre me lo encontraba por ahí. Nos veíamos, compartíamos el lugar de trabajo, me regalaba cosas para mi cumpleaños, no sé, pero yo no podría decirle que era amigo del Presidente, ni compañero, ni nada que no fuera estrictamente profesional. Yo me limitaba a cumplir con la función designada por la Dirección de Investigaciones. Por ejemplo en una oportunidad el Presidente iba a tener una comida hasta tarde en La Moneda con un curso de Subprefectos de Investigaciones, comisarios que ascendían a Subprefectos, me manda a llamar y me dice que quería que yo lo acompañara a la comida. Quiero que usted me acompañe con el Director, me dijo, y yo le dije que no podía hacer eso, que todas las personas que iban a estar ahí eran superiores míos y que eso era sentar un mal precedente. Si yo era Inspector nada más, y entonces no podía aparecer presidiendo una cena en la que todos los demás eran Subprefectos. Otra cosa muy distinta era que lo acompañara hasta la puerta, porque ahí me limitaba a cumplir mi función de resguardo, así que lo acompañé hasta la puerta, entré con él, me sirvieron un aperitivo, me lo tomé y después saludé de la mano a todas las personas, una por una, y me retiré. Ya no estaba Paredes, no, estaba Joignant, Director de Investigaciones. 

Y él aceptaba estas cosas.

Sí, claro, o sea se daba cuenta que esas cosas no había que hacerlas. Además le gustaba informarse de las cosas de la Institución, me preguntaba cosas, conversábamos, muchas veces me invitaba a comer o a almorzar en su casa, por ejemplo, en lugares en los que estábamos de visita o en La Moneda. Cuando vino Castro, me mandó a llamar y me lo presentó. Me acuerdo que una vez en el Palacio Presidencial de Viñas, bajó, yo estaba solo y él bajó y nos quedamos los dos conversando un largo rato, de muchas cosas, me preguntaba siempre por mi tío, porque yo tenía un tío maravilloso que era de izquierda, me enseñó tantas cosas, y él lo conocía y siempre me decía “qué es de la vida de ese viejo trosko”. Era muy simpático Allende: le gustaba hacer bromas, hablar en doble sentido, molestar, a mí me quitaba siempre la billetera y yo no me daba ni cuenta. Se mataba de risa. A veces nos quedábamos viendo unas pichangas de futbol, los chicos del GAP jugaban ahí en una cancha de tenis que había en Tomás Moro, él se sentaba a mirar, se traía un sillón y se quedaba mirando. Qué le parece, me decía, porque él a mí siempre me trataba de usted, y yo lo trataba de Doctor, de Compañero a veces, nunca de Presidente, no sé por qué. Me acuerdo que el día del golpe…

¿Qué recuerda de aquel día?

Muchas cosas. Había un mal clima, el golpe se veía venir, me acuerdo que el día 10 el Presidente regresó temprano a su casa, nueve de la noche más o menos, habíamos pasado todo el día en La Moneda, aunque sabe que no me acuerdo si lo fui a dejar o no porque ya en ese tiempo había servicios especiales, la situación era muy tensa, y entonces había servicios especiales que se colocaban delante de la escolta para auscultar el recorrido por anticipado, para ver si había algún problema, algo que pudiera pasar, informaban a la Central y la Central nos avisaba a nosotros los problemas que se iban presentando en el camino. No era fácil. Tampoco sabía mucho de la situación del Presidente porque yo era un funcionario muy subalterno, no conversaba conmigo sobre esas cosas, pero sí se pasaba el día yendo de una reunión a otra, hablando con sus asesores, con Huerta por ejemplo, me acuerdo tan bien de Huerta, todavía tengo grabada su voz… Nos subieron a un camión… Está desaparecido… Así que había mucha tensión, pero no se veía que el ejército, que había tenido tantas reuniones con el Presidente el día anterior, estando el Comandante en Jefe de la Armada, el General de Carabineros pasando todo el día en La Moneda, estuviera conspirando para un golpe.

¿Realmente no se veía?

Esa es la impresión que a uno le daba. Incluso me acuerdo que el 10 de septiembre llegué tarde, me quedé a esperar el final de una reunión en Tomás Moro, después me fui a lo de un amigo y llegué tarde a la casa. A las Doce de la noche, más o menos. El asunto es que llegué a la casa, me acosté, y poco antes de las siete de la mañana sonó el teléfono. Me llamaban de Tomás Moro. Me dijeron que el Presidente iba a bajar a La Moneda inmediatamente porque había problemas, un movimiento de tropas en Valparaíso, que al parecer la Marina se había levantado. Así que pesqué el teléfono y llamé a la persona que tenía que llamar, porque habíamos establecido una suerte de cadena que ocupábamos todos los días, de tal manera que yo en el auto siempre pasaba a buscar a algunos funcionarios que se venían conmigo al trabajo. Por ese tiempo yo vivía en Valenzuela Castillo, una calle cortita que queda en Providencia entre Manuel Montt y Miguel Claro. Y entonces salí con el auto y tomé hacia Grecia para recoger al primer compañero, después pasamos a buscar a Carlos Espinoza por Chile-España, después a Del Pino, que vivía por detrás del Estadio Nacional, después a Sotomayor y finalmente a Collío, que me esperaba en el camino, Grecia con Los Presidentes, un peladero en ese tiempo. Íbamos conversando en el auto, y ahí decidimos irnos primero hasta Tomás Moro porque por la radio estábamos escuchando que el Presidente aun no salía. Yo tenía conectada la radio de Tomás Moro, ahí nos dicen que el Presidente ya bajaba a La Moneda, pero nos quedaba todavía ir a buscar a Douglas Gallegos, que vivía en La Reina, así que subimos por Echeñique, que por entonces tenía mano para el otro lado, Gallegos se subió al auto y nos fuimos hacia Tomás Moro porque nos quedaba más cerca. Ahí nos dijeron que el Presidente ya se había ido, no entendíamos mucho, pero ahí todo el mundo estaba en actitud de defensa: los Carabineros estaban en actitud de defensa. Y hasta me pareció ver un grupo de militares con traje de campaña en la placita de enfrente, en la Martin Luther King. Seguimos directo a La Moneda, nos fuimos por el centro lo más rápido posible, tomamos el Parque Forestal, Mapocho, giramos por Teatinos, pasamos por la puerta de Investigaciones y ahí ya vimos mucho movimiento de gente. Nosotros lo que escuchábamos eran las noticias que nos iban dando de los autos que estaban en La Moneda, radiopatrullas, o de los propios servicios, pero en ningún caso terminábamos de saber qué era lo que sucedía. Así que bajamos por Teatinos hacia La Moneda, y cuando miramos por calle Compañía ya vimos que había una barrera de Carabineros impidiendo el paso. Paré el auto, hice una seña, mostré la placa, los Carabineros que estaban ahí nos reconocieron, abrieron la barrera y pasamos. A todo esto, en ese momento, llegaron dos funcionarios más, Romero y Garrido, se subieron al auto como pudieron, en Compañía, y nos fuimos hasta La Moneda. Mi auto estaba repleto de gente. Dimos la vuelta por la parte de atrás. Todo el Palacio estaba rodeado de tanquetas, unos tanques chiquitos de Carabineros, protegiendo La Moneda. Llegamos hasta Morandé Ochenta, estacionamos el auto ahí y entramos. La verdad es que estábamos todos muy tensos, preocupados de llegar, yo a mi señora la desperté antes de salir, le dije que había un principio de golpe. Ella no me dijo nada. A La Moneda ya había llegado el Presidente, los Carabineros estaban tratando de tomar posiciones de defensa, ya tenían un plan porque estaban colocando metralletas mirando desde la puerta de Morandé Ochenta, otra desde la puerta de entrada, toda la defensa del Palacio estaba dirigida por Carabineros. Nosotros teníamos las armas en la oficina, las armas largas, así que las tomamos, revisamos cuántas municiones teníamos, hicimos un inventario, yo bajé unas cajas con municiones de 9 milímetros que habíamos traído. En La Moneda no había más armas que esas. Después nos reunimos todos en la oficina y empezamos a ver cuántos éramos los que estábamos. No éramos más de dieciocho; yo tenía veinticuatro funcionarios a cargo, y habían llegado diecisiete. Era lógico. Había un muchacho de los nuestros que estaba muy mal, muy afectado, se lo veía pálido y uno se da cuenta cuando alguien no está bien. Y era lógico, como le decía, porque el miedo es algo natural que nadie se puede quitar. Hay que comprender. Uno tiene que sopesar las cosas en la vida, y muchas veces algunos las sopesan para un lado y algunos para otro lado. También yo tenía un poco de miedo, pero mi caso era distinto porque yo era el Jefe, había formado prácticamente esa unidad, la gente que estaba ahí confiaba en mí, tenía una obligación hacia ellos, tenía que ser el último en moverme de ahí. Todo era bastante grave. Imagínese que no había ninguna posibilidad de pensar que quedándonos allí íbamos a triunfar. Quedarse era someterse a algo que nos daba mucho miedo. No era una guerra. Si el ejército entero se levantaba no teníamos ninguna posibilidad, y eso lo sabíamos, pero yo pienso que hubo alguna gente de Investigaciones que sopesó esto, tanto en el aspecto político como en el profesional, puesto que al fin y al cabo estaban cumpliendo profesionalmente con un trabajo que no tenía por qué llegar a esos extremos.  Así que algunos de esos funcionarios se presentaron después en otras unidades, otros se presentaron en la Dirección General diciendo que no habían podido llegar a La Moneda. Nosotros nos quedamos en el primer piso, nos empezamos a organizar, y yo lo primero que hice fue tomar el citófono interno y llamar al Director General de Investigaciones. Hablé con Joignant y le dije “mire, Director, estoy aquí con los siguientes funcionarios, el Presidente se encuentra en La Moneda, está reunido en este momento con sus asesores, con sus Edecanes y algunos Ministros, la Guardia del Palacio defiende La Moneda, hay tanquetas en los alrededores”. O sea que le conté la situación tal como la veía, y él me dijo que yo y mis hombres permaneciéramos al lado del Presidente. Eso me dijo.

¿Y había mucha gente?

A esa hora sí. A esa hora el Palacio era un hervidero de gente, estaba todo el mundo, habían dejado entrar a todos. Había periodistas, secretarias, funcionarios, cientocincuenta personas más o menos. Eran las ocho de la mañana. Nosotros estábamos todos amontonados en la oficina, prendimos la radio y empezamos a escuchar los bandos. También nos enterábamos de muchas cosas por las conversaciones que había en los pasillos. No estábamos cerca del Presidente; el Presidente estaba en el segundo piso, y nosotros estábamos abajo ocupándonos de los autos, del armamento, de revisar cosas. No había todavía ningún ataque, pero sí ya habían empezado a amenazar con que había que entregarse. Nadie decidía nada. Y entonces se empezaron a suceder una serie de situaciones y llegó por ejemplo alguna gente del MIR que, más que a quedarse, parece que venían a dar algún tipo de instrucción, a buscar armamento, no sé, me dió esa impresión, como si el GAP tuviera cosas que les podía pasar. Todo el mundo se movía de un lado para otro. Los mozos, los garzones, los cocineros, la gente de la limpieza, los jardineros, toda esa gente estaba en La Moneda, llegaron como cualquier día a cumplir su trabajo, pero a medida que la situación se iba poniendo más tensa se fueron retirando. Salían sacudiendo algún trapo blanco en el aire para que no les dispararan. Y todo se iba poniendo más tenso. El primer signo de que las cosas no iban bien lo notamos cuando las tanquetas de Carabineros, que estaban defendiendo La Moneda alrededor del Palacio, empezaron a retirarse. No entendíamos mucho, pero era obvio que las tanquetas ya no recibían órdenes del Director de Carabineros, que estaba con nosotros en La Moneda, sino del exterior, de gente que estaba afuera. También a esa misma hora, ocho y media más o menos, venían bajando unos vehículos de Cañaveral, la casa de la Payita, en los faldeos, gente del GAP, Enrique Rope, por ejemplo, y los detuvieron e hicieron pasar detenidos al interior de la Intendencia. Mire, supongamos que esta es La Moneda, aquí estaba el diario La Nación, aquí el Banco Central, aquí no me acuerdo qué y en esta esquina, Morandé, la Intendencia de Santiago, y entonces venían los vehículos, los hicieron bajar a todos y los metieron en la Intendencia. Toda esa gente está muerta; aparecieron en el río Mapocho muertos, fusilados, asesinados. Lo cual significaba que a esa hora ya habían tomado la Intendencia, porque el Intendente estaba adentro pero ya nadie le hacía caso.

¿El Intendente era Stuardo?

Sí, Julio Stuardo, que trataba de interceder por ellos sin que ya nadie le hiciera caso. Enrique Rope era el hijo de la Payita. Incluso en un momento salí hasta Morandé, y en medio de la calle me encontré con ella. Oye, Juan, me dijo, ¿tú puedes hacer algo?, porque detuvieron a Enriquito y a los muchachos que bajaban de Cañaveral. Qué puedo hacer yo, le dije, tenemos que ir a hablar con el General Sepúlveda, que está en el interior, y que vea el modo de sacarlo. Sepúlveda era el General de Carabineros, pero no los pudo sacar, la Payita se regresó a La Moneda a hablar con él pero él no los pudo sacar. No hubo caso. Y en ese momento volvimos a entrar porque hubo un anuncio en el que decían que los que estábamos en La Moneda, estábamos en La Moneda, y que ya no había ninguna ayuda al otro lado de las paredes. Es por ahí que se me pierde Riquelme, el muchacho que estaba tan afectado. No sé si salió antes o qué, pero seguramente salió con la gente que trabajaba en La Moneda, jardineros, cocineros, garzones, porque yo veía que el Presidente se iba reuniendo con gente que después se retiraba: algunos choferes, empleados de limpieza. No sé. Afuera estaba lleno de militares y les gritaban que tenían que salir con los brazos en alto. Salieron. Allende empezó a decir que la gente que no tenía nada que ver tenía que irse, que tenían que retirarse, y entonces mucha gente empezó a salir y fuimos quedando sólo los que teníamos ciertas funciones. También por esa hora mandó a los Edecanes a que fueran al Ministerio a informar que el Presidente no se rendía. Mantenía, mientras, reuniones telefónicas a cada rato con el alto mando militar, en el Ministerio de Defensa, enfrente de la estatua de la libertad. El Ministro de Defensa era Orlando Letelier. Hacia allá mandó a los Edecanes, pero resulta que a los Edecanes los detuvieron y ya no volvieron más. Así que al salir los Edecanes quedaron en La Moneda el Director de Carabineros, General Sepúlveda, el Director Subrogante, Urrutia creo que se llamaba, y un General de apellido Salinas. Eran tres generales que estaban ahí junto con toda la Guardia de Palacio y toda la Escolta de Carabineros. Pero resulta que, mientras esto sucedía, los Carabineros que estaban en los alrededores de La Moneda tomaron una actitud distinta a la que tenían antes, dejaron prácticamente de defender el Palacio y dieron paso al ejército que era el que venía a hostigarnos.

¿Y los Carabineros que estaban adentro? Porque adentro estaban el Director General y toda la Guardia de Carabineros...

Bueno, claro, estaban el Director, la Guardia, e incluso uno de los Oficiales habló con Allende y le dijo que había alrededor de no me acuerdo qué número de la escuela de Suboficiales de Carabineros que eran leales al gobierno. “¿Y?.. Que vengan”, le dijo Allende, pero esto no resultó porque no tenían por dónde pasar. Unos minutos después, el Presidente se reune con algunos de los Directores y veo que los Carabineros empiezan a retirarse del Palacio. Se va el Director General primero, se van los otros dos después y finalmente se va toda la Guardia del Palacio. Se desarman, se quitan los cascos, dejan todo el armamento ahí tirado y salen por la puerta creo que en dirección a la Intendencia. Incluso me acuerdo que en medio de esa desolación me encontré con un Carabinero jovencito que andaba solo, medio perdido, y le dije “¿y usted qué hace aquí? Apúrese, no ve que ya se fueron todos sus compañeros” Y entonces él se sacó el casco, tiró la ametralladora ahí en el piso y salió corriendo por la puerta de Morandé. También por ahí el Presidente empezó a insistir con que las mujeres debían retirarse, estaban sus hijas, insistía, hablaba por teléfono para coordinar la salida de ellas, y entonces salieron todas las mujeres. Él se despidió de sus hijas allí, se fueron, él les dió un beso y se fueron. Después lo perdí de vista, y al rato me lo volví a encontrar con un casco que le había pasado Carabineros –aunque parece que había llegado ya con un casco-, y también con su ametralladora, una AK que le había regalado Castro. Tenía una chapita la AK, una dedicatoria, no sé. La AK es un arma que aunque el cañón esté lleno de barro dispara lo mismo, bajo el agua dispara, no sé, la inventó un armero soviético, A y K son sus iniciales, pero no me acuerdo el nombre del armero, eran las que usaban los soviéticos, los cubanos, habían dejado unas acá cuando vinieron con Castro, y además se decía que a las AK las habían mandado en un cargamento de bultos que habían llegado al puerto. Había toda una historia sobre esos cargamentos de bultos cubanos en un viaje que hizo el Director de Investigaciones; decían que había traído unos regalos para Allende, que ahí venían muchas AK y también unas Bazokas que tiraban cohetes.

¿Y era verdad?

Quién sabe, no sé, yo ví algo de ese armamento en La Moneda, unas AK que tenía el GAP, no era una cantidad tremenda pero había bastantes. O sea: treinta AK o algo por el estilo. El GAP usaba de esas armas.

Y aquel día Allende tenía una ¿no?

Sí, tenía una, andaba con ella para todas partes, con la AK que tenía la dedicatoria y el casco. Estaba muy inquieto. A esa hora, retirados los que trabajaban, las mujeres, los Edecanes y Carabineros, quedaban solamente los médicos, la gente del GAP, los asesores, una chica de nombre Marta Silva, la Payita y nosotros, la Guardia de Investigaciones. Todos los demás se habían retirado. Un rato después de que se retirara Carabineros, el Presidente me mandó a llamar, supuse que para decirme lo mismo que le había dicho a Carabineros, que nos teníamos que retirar. Fui. El Presidente estaba en el salón Toesca, sentado sobre la mesa, me lo acuerdo como si fuera hoy, con los pies colgando en el aire, bamboléandose, y me dijo “Juan, yo voy a permanecer aquí con un grupo de revolucionarios, pero usted ya ha cumplido con su labor y puede retirarse con toda su gente”. Y entonces yo le dije que no, le dije “sabe qué, Doctor, yo me voy a quedar, tengo la obligación de cumplir con mi trabajo”, y él me dió una palmada, me dijo algo muy lindo, y después me dijo que igual tenía la obligación de decirle a mi gente que debían retirarse. Y entonces me reuní ahí mismo en el segundo piso con mis compañeros de Investigaciones, y les dije que el Presidente acababa de liberarnos de la responsabilidad de permanecer en La Moneda y que nos podíamos retirar. “¿Y usted qué va a hacer?”, me preguntó José Sotomayor, y yo le respondí que lo que fuera a hacer ya era una cuestión mía, una responsabilidad mía. Y él me dijo que se iba a quedar lo mismo, y ahí saltó otro para decir que también se iba a quedar, y otro y otro y otro. Se quedaron los diecisiete funcionarios. Todos los que llegamos estábamos ahí, juntos, salvo este muchacho que le contaba que estaba tan afectado y se fue. Después lo encontró una patrullera de Investigaciones en una calle aledaña a La Moneda, sentado en una cuneta, solo, llorando.

¿Le cayó mal la actitud de Riquelme?  

No, por favor, yo lo entendía, como no lo iba a entender…

¿Y después qué ocurrió?

Después de eso, sabiendo todo lo que se nos venía encima, ya sin ninguna clase de defensa, decidimos que era importante traer las armas, las máscaras de gas y los cascos que habían dejado los Carabineros. Así que le dije a Del Pino que por qué no iban a buscar todas las cosas que estaban al otro lado del patio. No crea que era fácil, porque estaban disparando y para atravesar hacia el lado de Carabineros había que cruzar varias partes que no tenían protección. Igual fueron Del Pino y Collío, y en un saco verde trajeron las máscaras, los cascos y un poco de armas. Nos repartimos todo, y empezamos a prepararnos para el bombardeo. No sé si eran los nervios o qué, pero en ese momento me dió mucho hambre y bajé a la cocina a prepararme un sandwich y un café. No había desayunado. En la cocina no había nadie, así que saqué del refrigerador palta, jamón, calenté un poco de agua para el café y me senté en la mesa a comer. Estaba solo, tranquilo, pensaba que las cosas iban a ser más sencillas, no sé, no me imaginaba que iba a ocurrir todo lo que ocurrió. A los pocos minutos llegó el bombardeo, y cada cual ocupó el lugar que podía. Se sabía que iba a venir, se escuchaba el merodeo de los helicópteros, los primeros vuelos rasantes, los zumbidos, pero la verdad es que, salvo por el incendio, el fuego que subía por todos lados, el bombardeo no causó demasiados problemas: lo que estaba afectado era la parte central de La Moneda y todo el lateral que daba a Teatinos, pero el lado de Morandé 80 no fue tocado. Se sentían los sacudones, las explosiones, los golpes de los roquets en los techos, los cañonazos contra las paredes que daban hacia Morandé. Los aviones pasaban, se escuchaban los motores, soltaban los roquets, después venía una pausa y después otra vez el zumbido de los motores, pero la verdad es que no era tanto lo que se sentía. La Moneda tiene unas paredes de casi un metro y medio de espesor, y entonces estábamos muy protegidos. Además los aviones volaban en dirección sur, de norte a sur quiero decir, y a la altura de Estación Mapocho soltaban los roquets para que golpearan en La Moneda, pero ocurre que hay un edificio muy alto, el que era de la casa de empleados particulares y hoy ocupa el Ministerio de Trabajo, que nos protegía de la posibilidad de que los aviones soltaran los roquets encima de donde estábamos. No sé si era por eso, porque el edificio los molestaba, o por coincidencia, pero los roquets siempre cayeron o en el centro de La Moneda o en el lado derecho mirando desde Agustinas. El incendio comenzó por la zona del Ministerio del Interior, centro-derecha de La Moneda, y de ahí empezó a expandirse hacia atrás, hacia la zona donde estaba la Secretaría General de Gobierno primero y después, por un pasillo, llegó hasta el Toesca, el salón en el que un rato antes me había reunido con el Presidente. En ese rincón había un patio de invierno, un jardín de flores interior, cerrado, todo de vidrio, y por ahí entraban las bombas lacrimógenas. Nos tiraron cualquier cantidad. Nos tiraban las bombas con unas escopetas cortas, desde la Intendencia, que estaba justo enfrente, y como las explosiones habían hecho saltar todos los vidrios, el gas nos llegaba desde todas partes, corría por los pasillos, se expandía. Nosotros estábamos todos hincados en un rincón, acurrucados, escuchando los sacudones, nadie decía nada, había una extraña tranquilidad, nos protegíamos cada vez que caía un roquet pero todo era como estar dentro de una película lejana, en algo que estaba muy lejos de lo que estábamos viviendo. Nunca ví desesperación. Me acuerdo que en un momento corrí no sé por qué hasta el segundo piso y me tendí en uno de los pasillos, y entonces estaba ahí y de pronto escuché la voz de Patricio Arroyo preguntándome como estaba. Bien, le dije, pero un poco nervioso. Todos estamos nerviosos, me dijo, y como era médico me pasó una pastilla, un ansiolítico, algo así. Me lo tomé. Y después frente a mí ví un cartón de cigarrillos medio abierto en el piso, con un montón de cajetillas tiradas alrededor, Belmont parece que eran, ¿pueden ser Belmont?, no sé, no, me parece que eran Hilton, y saqué uno y lo prendí. Hacía como diez años que había dejado de fumar. De pronto se calmaron los bombardeos, aunque el fuego se estaba desparramando por todas partes y el gas ya no nos dejaba respirar. Nos rotábamos las máscaras. No me acuerdo si fue en ese momento o un poco antes, durante el bombardeo, pero de pronto yo venía bajando del segundo piso y me encontré de frente con Jorquera que gritaba “¡el Perro se está desangrando, dios mío, el Perro se desangra!”. Olivares acababa de pegarse un tiro, en el corazón fue, y Jorquera estaba desesperado, eran muy amigos, muy amigos, y entonces empecé a correr hacia donde estaba Olivares y me encontré con Soto que venía de allá y me dijo “no hay nada que hacer, Juan, nada”. Así que no llegué a ver a Olivares. Los gritos de Jorquera fueron la única escena desesperada que realmente ví durante el bombardeo. Después de todo esto sonó el citófono en el segundo piso, alguien atendió y dijo que era para mí. El bombardeo había parado definitivamente; se había pedido una tregua parece y ahí mandaron a parlamentar a Flores, que era Ministro, a los dos Puccios, a Daniel Vergara, se los llevaron en un carro de combate hasta el Ministerio de Defensa y ahí los dejaron detenidos. Y entonces sonó el citófono, dijeron que era para mí, atendí, era un funcionario de Investigaciones que trabajaba como ayudante del Subdirector. Se llamaba Carlos Bravo. Aló, Juan, me dijo. Sí. ¿Cómo está el Presidente? Bien, le dije. Dicen que el Presidente murió, me dijo. No, le dije, si el Presidente está bien. ¿Y cómo están ustedes? ¿Cómo estás tú? Bien, estamos bien, le dije. Sabes, Juan, Don René Carrasco quiere hablar contigo. Carrasco era Prefecto, la máxima autoridad en la Institución, un viejo amigo y un hombre de izquierda que había hecho todo para que yo entrara en la Policía Política. Hacía años que no lo veía. Bravo dijo que me iba a pasar con él, pero que antes quería decirme que se sentía orgulloso de haberme conocido y de haber sido mi amigo. Me emocionó mucho lo que me dijo. Después hablé con el Prefecto, Don René Carrasco. Hola Juan, me dijo, cómo está todo, cómo está el Presidente. Bien, le dije. ¿Usted lo ha visto? Porque hay mucho comentario de que el Presidente murió. No, no ha pasado nada, le volví a decir. Dígale al Presidente, me dijo, que en realidad el Director de Investigaciones se retiró, que el Subdirector también, y que por orden de la Junta, por poseer el mayor grado, me he tenido que hacer cargo preventivamente de la Dirección General. Que no hay nada que hacer, Juan, me dijo, dígale al Presidente que no hay nada que hacer: han tomado todas las calles, han cortado todas las posibilidades de acceso, no hay ayuda de ninguna parte, no esperen ayuda de ninguna parte, el golpe militar es un hecho, Juan, dígale al Presidente que el golpe es un hecho y que a lo mejor yo puedo conseguir una tregua para que ustedes se rindan y así salvar las vidas que podamos salvar. Muy bien, Prefecto, le dije, y salí a buscar al Presidente pero me encontré antes con el Coco Paredes. Le expliqué todo lo que me dijo Carrasco, y entonces Paredes se reunió con otra gente que había ahí y decidieron ir a hablar con el Presidente.       

¿Y cuál fue la actitud del Presidente?

El Presidente llamó personalmente a Carrasco, conversaron unos minutos, se rebeló un poco al principio pero al final entendió que ya no había nada que hacer. Me dió una pena... Me dio tanta pena.. Bueno, ya, vamos a salir, dijo, y apareció una instrucción de que debíamos salir con banderas blancas, sin armas, por la puerta de Morandé 80. El Presidente ya había dado su discurso, yo no lo escuché, la verdad, ni lo ví, pero ya había dado su discurso a radio Magallanes. Arturo Jirón era el que estaba al lado. Pensar que el discurso lo dijo así, al aire, sin papeles, sin nada. Y dijo esas palabras estremecedoras, estremecedoras. Qué increíble. Después nos formamos, el Presidente le dijo al Cacho Soto que saliera primero con la bandera, pero cuando Soto va bajando del segundo piso hacia la puerta disparan una ráfaga de metralleta que rompe todos los vidrios de una ventana y hace saltar los postigos. Soto se tiró al suelo, nos gritó que estaban disparando, “¡Saca la bandera!”, le dije, “¡sácala por la puerta para que te vean!”, pero la bandera se cayó, no sé qué pasó, se cayó, y alguien pescó un delantal blanco y empezó a moverlo. Ahí empezaron a salir los primeros, por Morandé 80, aunque yo todavía seguía en el piso superior. Desde arriba ví a los primero soldados, que estaban empezando a entrar, pero no terminaban de subir al segundo piso, gritaban desesperados, decían cualquier cosa. Nosotros estábamos ya formados en fila para salir, uno detrás del otro, y Allende empezó a despedirnos uno por uno, nos daba un abrazo y nos decía “gracias por todo, compañero, gracias por todo”, y después dijo que él iba a salir último. Caminó hacia el final de la fila con su AK, dió vuelta por detrás de una pared que había, y después gritó “¡Allende no se rinde, mierda!” Yo no escuché el disparo; se disparó a quince metros de donde estabábamos, pero no escuché el disparo. Había gritos de soldados, disparos que venían de afuera, ruidos de vidrios rotos, motores de tanquetas. Así que no alcancé a escuchar nada, pero uno de los médicos vino corriendo hacia la fila y nos dijo que Allende había muerto. Y entonces me acuerdo que Enrique Huerta pidió que antes de salir todos gritáramos un “¡Viva Chile!” por el Presidente, en ese momento sí que valía la pena gritarlo, y gritamos todos ¡Viva Chile! ¡Viva Chile! y empezamos a salir. Yo seguí la fila, fuimos bajando y, en la medida en que íbamos saliendo, nos fueron poniendo hincados contra la pared. Después nos acostaron boca abajo, con la cabeza apoyada contra el pavimento y los pies contra la cuneta. Los soldados estaban enloquecidos, gritaban cualquier cosa, insultaban, todo era de una violencia tan grande, tanto que en un momento colocaron un tanque frente a nosotros, que seguíamos acostados, y trataron de pasarnos por encima. “Deje mi General que le aplaste la cabeza a estos comunistas de mierda”, gritaba uno de los soldados, el que estaba en el tanque, y entonces empezó a avanzar con el tanque hacia nosotros, pero frente a esto estaba el Ministerio de Obras Públicas, lleno de funcionarios, y cuando ven que el tanque empieza a avanzar para aplastarnos, empiezan a gritar. Y el tanque se detuvo. “¡Desocupen el Ministerio, mierda!”, gritó alguien, y entonces corrieron a desalojar el Ministerio, a retirar los carné de identidad de todo el mundo, y en medio de eso llegaron los carros de los bomberos para apagar el incendio, llegaron un par de ambulancias para los heridos, comenzaron a desparramar mangueras por todos lados. Nos salvamos del tanque. Todos seguíamos boca abajo, yo seguía boca abajo, y en eso escucho que sale la Payita, el Negro Jorquera y un chico de apellido Plaza, Eladio, todos heridos creo, la Payita traía el Acta de la Independencia.

¿El Acta de la Independencia? ¿Y cómo podía traer el Acta?

El Acta estaba puesta en un nicho en la pared de la Sala del Consejo, empotrada en la pared, con un vidrio, bajo llave, cubierta por unas cortinitas rojas, y durante el bombardeo alguien la retiró para que no se dañara y se la pasó a Allende, Allende se la pasó a la Payita para que la guardara, la Payita salió con el Acta y un soldado se la quitó. “¡Cuidado, soldado, si es el Acta de la Independencia, firmada por O’Higgins!”, gritaba la Payita, y el soldado la hizo pedazos, la rompió, yo escuché cómo la hacía pedazos. Estaban locos, locos, descontrolados. Después llegó un carro de Investigaciones que venía con el Perito del Instituto Médico Legal, de la Brigada de Homicidio, para retirar el cuerpo del Presidente, y entonces nos hicieron cruzar y nos tendieron de la misma forma pero del lado del Ministerio de Obras Públicas. Mientras tanto una ambulancia se llevó a Jorquera, la Payita y a este chico Eladio, y otra ambulancia se llevó a dos muchachos del GAP hasta la Posta Central, donde después una patrulla los pasó a buscar y se los llevó. Esos dos muchachos están desaparecidos hasta el día de hoy. Unos minutos antes, cuando íbamos saliendo, antes de que nos tendieran en la cuneta, había un General que tenía una herida en la mano, un rebote de bala parece, el General Palacios, y uno de los médicos lo atendió, lo curó con una venda, y entonces el General preguntó por los médicos, quienes eran, y ahí algunos se salvaron: Bartulín, Soto, Guijón, Arroyo, Oñate, Jirón y Quiroga, pero ocurre que a Jirón lo reconoció un bombero y le dijo a los militares que había sido Ministro, de manera que los militares lo agarraron y se lo llevaron al Ministerio de Defensa. A los que quedábamos, cuarenta y nueve personas, nos metieron en unos buses en medio de una golpiza con culatas, patadas, combos, y nos hicieron viajar hincados hasta el regimiento Tacna. Los buses eran de la Armada, parece, y nos dejaron en el patio interior del regimiento, en una especie de canchita de basquetbol donde estaban preparando unas ametralladoras. Yo me dí cuenta que nos iban a fusilar porque empezaron a sacar a toda la gente que estaba detrás nuestro, al otro lado de la canchita, y ahí el General Joaquín Ramirez Pineda, Comandante del regimiento, dió la orden de que nos fusilaran a todos y los soldados empezaron a colocar las municiones. Nadie decía nada, ni una palabra, pero ahí llegaron unos Oficiales antiguos del mismo regimiento, hablaron con el General y le dijeron que no nos matara. Yo escuché cómo lo calmaban. Los oficiales conversaban entre ellos, nos hincaron a todos nuevamente en el suelo, nos hicieron sacar los zapatos y nos hicieron mover hacia el interior del regimiento. Todo era un desorden, no se entendía nada, pero en medio de la confusión nos arrastraron hasta unas caballerizas que tenían el suelo de adoquín, me acuerdo, y como unas ondulaciones para que salieran los excrementos de los caballos, y nos tendieron en filas de a tres. Había cinco chicos del GAP que durante la noche quedaron fuera de las caballerizas, a la intemperie, llovía, y entonces un soldado los sacó de ahí para meterlos en otro lado y después terminaron en el Estadio Chile con otra gente. De manera que de los cuarenta y nueve que había, quedamos cuarenta y cuatro. Pasamos toda la noche ahí, retorcidos sobre los adoquines, mascullando algunas palabras, sin pegar un ojo, diciéndonos alguna que otra cosa. ¿Qué es lo que nos va a pasar? ¿Qué nos van a hacer? Pensábamos que nos iban a matar, por el trato, por el odio que había, pensábamos que nos iban a matar, y recién al otro día, como a las dos de la tarde más o menos, escuché que empezaron a llamar a los funcionarios de Investigaciones, a la gente que trabajaba conmigo. Al final me llamaron a mí, “Juan Seoane” dijeron, y cuando me paro veo que hay un Inspector, Santiago Cirio, y un Detective, Juan Soto. “Oye, Juan”, me dijeron, “sacá a los funcionarios, pero sólo a los funcionarios, no vayas a sacara a nadie más”, y entonces los nombré uno por uno. Nos llevaron a un lugar en el que nos interrogaron, nos pidieron documentos, nos sirvieron un café y nos llevaron a una enfermería que estaba en el piso de arriba. A esa hora ya no había tanta gente en el regimiento, pero durante la noche el regimiento se había llenado de gente, gente que llevaban de un lado para otro, que se iba, que no se iba, y entonces interrogaron a toda la gente de Investigaciones y empezaron a llegar patrullas de la Institución y se fueron llevando a todos los funcionarios. Yo también me preparaba para irme, pero el Inspector que nos vino a buscar me dijo: “oye, Juan, tú te vas a tener que quedar, porque resulta que como eres el Jefe te va a interrogar un Oficial que no está en este momento”. Así que todos se fueron, menos yo, nos despedíamos, “yo voy a pasar por tu casa” me dijo Gallegos y después se quitó el sueter que tenía puesto y me lo dió: “con éste no me ha pasado nunca nada, asi que cómo te va a pasar algo a tí”. Me puse el sueter porque era lo único que tenía, hacía frío, y de ahí me llevaron nuevamente a las caballerizas donde estaban todos los demás, pero al final no me metieron en esas caballerizas sino en unas que estaban antes, hacia un costado, donde guardaban unas lonas de camiones que ocupaban todo el lugar. Ahí me metieron. Había unos chicos muy jóvenes, lolos, diecisiete o dieciocho años, dos parejitas de niños a los que habían detenido durante el toque de queda, ahí me dejaron, ya era un poco de noche, y entonces cuando se hizo más de noche nos metimos bajo las lonas, nos acurrucamos unos contra otros y ahí dormimos, calentitos, porque hacía tanto frío. Los niños me conversaban, pero yo no podía hablar mucho, no me salían las palabras, estaba muy apenado. A la mañana siguiente nos levantaron y nos mandaron a lavar los baños, un edificio que estaba frente a las caballerizas, y ahí en los baños había cualquier cantidad de documentos, carnés, identificaciones, y con estos chicos empezamos a tirar todo por las rejillas, para abajo, nos hacían limpiar los baños con las manos, y en eso estábamos cuando llegó un soldado de civil pero con la pechera característica de los que participaban en el movimiento alzado, una pechera naranja, no sé, un uniforme de fagina pero con un peto o un beatle naranja, fuerte, parecido al del Servicio Aéreo de Rescate, y me llevó a un lugar en el que estaban todos los que se habían quedado en La Moneda. Alcancé a ver a Arsenio Poupin, que venía caminando atado de otra parte, pero enseguida me obligaron a inclinarme sobre el suelo y empezaron a amarrarme con alambres, los brazos y las piernas, bien atados por detrás de las espaldas. Todos estaban amarrados. Nos pegaban patadas, nos golpeaban, y como estábamos boca abajo teníamos toda la cara rota. Eran las dos de la tarde. Ahí llegaron unos camiones, yo sentí el ruido del motor que nos pasaba por al lado, y se bajaron unos soldados y empezaron a llamar por lista y a nombrar y a nombrar y a nombrar. A cada uno que nombraban, los soldados los agarraban de los alambres y los tiraban como paquetes, boca abajo, sobre el camión. Me acuerdo especialmente de Huerta, porque, cuando lo fueron a subir, él se quejó de que se estaba ahogando. “¡Qué importa! Te vai a morir antes nomás hueón!”, le dijeron, y lo tiraron al camión. A mí seguían sin nombrarme, y de pronto empezaron a llamar a los mismos funcionarios de Investigaciones que ya se habían retirado. “Quintín Romero”, llamaron, y alguien dijo “no, Romero no porque es de Investigaciones”. “David Garrido… ah, no, si es de Investigaciones”, y lo mismo y entonces dejaron de nombrar a los de Investigaciones y me dejaron de nombrar a mí. Así que yo fui el único que se quedó tirado en el suelo, solo, porque el camión partió y yo me quedé ahí en el suelo, amarrado, boca abajo, sintiendo de pronto que un sargento me levanta la cabeza y me pone una corbata bajo la cara porque estaba sangrando, tenía toda la cara rota, los golpes, las horas que llevaba con la cara apoyada contra el suelo. Pasé horas ahí, hasta que a las cuatro o cinco vino el mismo soldado que me había sacado del baño y me dijo que me iba a llevar a un interrogatorio. Me cortó los alambres de los pies, y me llevó caminando hasta una sala en la que había una mesa grande con tres personas sentadas alrededor y una silla frente a ellos. Me hicieron sentar. Yo estaba en el medio. No conocía a nadie. Todos tenían pecheras de color naranja. Vestían de civil. Empezaron a preguntarme quién era yo, qué es lo que hacía, que por qué me había quedado en La Moneda. Me quedé en La Moneda porque yo trabajo allí, les dije. Y después me preguntaron algo sobre las armas, si había armas, si yo las había visto y si acaso yo vivía en Tomás Moro. No, les dije, yo no vivo en Tomás Moro, yo soy un funcionario de Investigaciones que trabajaba en La Moneda protegiendo al Presidente de Chile. ¿Y las armas? ¿Y las armas?, insistían. Claro que había armas, les dije, cómo no iban a haber armas, claro que sí, yo las ví, las ocupé incluso. Ah, me decían, y después seguían preguntándome puras generalidades, no sabían qué preguntarme, hasta que en un momento dieron por terminado el interrogatorio. Ahí me llevaron de nuevo a las caballerizas, me amarraron las manos, me dejaron tirado durante un rato. No había nadie en las caballerizas. Al poco rato me vinieron a buscar, y me llevaron a una pieza muy larga en la que había un montón de camastros con colchones de paja. Yo estaba deshecho. Ahí entre los camastros había un solo prisionero, Vicente Sota, ingeniero en aquella época, miembro del MAPU, yo lo había visto por ahí con una pierna enyesada, con el puño en alto, se le caían las lágrimas, así lo recuerdo, y cuando yo entré a esa pieza él se me acercó y me dijo “qué cosa, compañero, todo lo que usted ha sufrido, venga para acá que yo lo voy a proteger”. Y me agarró y me abrazó como si yo fuera su hijo, y la verdad de las cosas es que yo me puse a llorar, y él me decía llore nomás, no importa, llore, y después agarró un poncho, una especie de manta de lana, me la puso encima y le gritó a un soldado que me vaya a traer un café. El soldado corrió a buscar el café, estaba conmovido, nos convidó un cigarrillo y después nos dijo “de buena se salvaron ustedes, compañeros, porque a todos los que pescaron en el camión se los llevaron a Peldehue, les hicieron cavar sus propias tumbas, y los fusilaron”. Qué terrible, qué cosa tan terrible. Al ratito después de que estaba ahí, me vinieron a buscar de Investigaciones y me llevaron en una patrullera al cuartel. Llegué al cuartel, y ahí me estaban esperando mis compañeros. Me acuerdo que estaban todos compuestitos, vestidos, yo parecía un cadáver. Me trajeron un médico, me pusieron una inyección, un calmante, llamaron a mi casa y le dijeron a mi señora que me mandaban para allá y que no se asustara cuando me viera. Y ahí llegué a la casa. Mi mujer me dió un abrazo muy fuerte. No dijo ni una palabra. Me dió un abrazo, me metió en el baño y empezó a lavarme. No nos decíamos nada. Ella lloraba, y yo también lloraba, pasamos horas así, bajo la ducha, llorando. Después no podía dormir, me dió una hemorragia de úlcera, fui al médico, me mandaron al psiquiatra, dijeron que tenía una psicosis de guerra. A los pocos días, el 18 de septiembre, me llamaron de Investigaciones y me pasaron a retiro, ya no estaban ni Carrasco ni Montecinos, no había nadie, me quedé cesante, no tenía trabajo, me echaron. Y después algunos amigos empezaron a decirme que me aislara, que me iban a matar. Y entonces traté de trabajar en alguna cosa pero no tenía ninguna posibilidad de nada, todos me miraban con desconfianza, la gente se acusaba una con otra, el clima era tremendo, tremendo, nada era reconocible, pasé un tiempo con un amigo ayudándole en una farmacia que tenía, pero era mucha la tensión, todos decían que yo era comunista, jefe del GAP, así que me tuve que ir del país. Había pasado por acá un amigo argentino que trabajaba en La Plata en una fábrica de cojinetes de automóviles, Rogelio Justo, y me ofreció que me fuera para allá. Así que en Diciembre del 73 me despedí de toda mi familia y partí para Argentina a trabajar en la fábrica de cojinetes, me hicieron algunos problemas en la frontera, pero me dejaron salir igual. Yo tenía órdenes de aprensión en todas partes. A la Argentina llegué en un buen momento porque Perón tenía una actitud muy deferente hacia todos los exiliados, pero después vino la ruptura de Perón con la izquierda el 25 de Mayo y se acabó el asunto. Empezaron las persecuciones y las cazas de bruja también allá, y entonces me echaron de la fábrica de cojinetes. Me quedé solo, aislado, sin plata, me ayudó la Embajada de Cuba y me fui para allá. Viví en Cuba, en México, en Nicaragua; pasé infinitos años fuera del país. Y ahora aquí estoy, conversando con usted, convertido en un amargado. Qué le voy a hacer. Ha pasado el tiempo, tengo setenta años, soy un hombre mayor, a esta edad ya no espero cosas y hasta hubo algunos años en los que fui feliz...

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