La pregunta que hoy se formulan miles de jóvenes es qué estudiar y a qué universidad postular, la que como respuesta tendrá una de las decisiones más trascendentales que esos jóvenes tomarán, puesto que los marcará de por vida. A ellos y a ellas les hablaré como universitario, desde mis propias vivencias y sueños.
Las universidades deben ser espacios de oportunidades maravillosas para la juventud que ingresa a ellas, que permitan que en esa juventud germinen y florezcan los sueños que orientarán sus vidas. Poco aporta al estudiante motivado e inteligente permanecer en una burbuja, respirando siempre el mismo aire y observando las mismas paredes, ahogando sus inquietudes en verdades preconcebidas; sólo le aporta una sensación irreal de seguridad que depende de que la cáscara de la burbuja lo siga protegiendo.
Por el contrario, pienso que las universidades deben ser los espacios en los cuales esa juventud debe formarse como profesionales competentes, creativos e innovadores para enfrentar un mundo diverso, competitivo y globalizado; como personas con discernimiento, autonomía, libertad intelectual y sentido ético, capaces de tomar responsablemente las decisiones que orientarán sus vidas; y también como ciudadanos y ciudadanas conscientes de las responsabilidades que tienen, como parte que serán de las elites del país, en la definición y construcción del país futuro que ellos y ellas sueñan, y del país futuro con el que sueña la inmensa mayoría de la población.
Y esos espacios formadores, con esas características, se logran cuando las universidades se constituyen y se entienden a sí mismas como constructoras de ciudadanía. Cuando en ellas la comunidad universitaria de maestros y discípulos vivencia -en la cotidianeidad y en las experiencias compartidas con los demás- la tolerancia, el respeto, la diversidad valorativa, la excelencia disciplinaria, el oficio bien hecho, la libertad de pensamiento, la pluralidad, y la sensibilidad y generosidad social, en que el estudiante se nutre y crece. Cuando al interior de ellas, en sus integrantes, en sus debates, en sus formas de comunicarse, y en sus conversaciones y reflexiones se ven reflejadas las esperanzas, los ideales, las diferencias, las controversias, los malestares sociales e incluso los conflictos del país real en que habita esa comunidad universitaria, con lo que el estudiante crea vínculos profundos con su sociedad. Cuando en el accionar de esas universidades se respeta y preserva la cultura de la meritocracia, sin más limitaciones que las propias de los integrantes de su comunidad universitaria, y sin más herramientas que los talentos y trabajo que ella exhibe.
Por supuesto que la convivencia al interior de las universidades con estos ambientes de vida interna es más compleja, más difícil, incluso más atemorizante para quienes la ven desde la distancia, o para quienes han vivido su vida escolar en ambientes cerrados, excluyentes, y cultivando un temor a lo diferente.
Pero esa convivencia más libre y compleja es también inmensamente más rica, más estimulante, más formadora, más desafiante intelectualmente. Precisamente porque se están educando personas creativas y de intelecto libre, en procesos de diálogos e interacciones entre personas autónomas. Procesos en los que están presentes la razón, los sentimientos, las emociones, las convicciones y las creencias, y los juicios y prejuicios. Procesos en los que el cuestionamiento y contrapunto respetuoso de esas convicciones y creencias puede generar, en algunas personas, la reafirmación de esas convicciones y creencias, en otras, la aparición de dudas fundadas y, en otras, el acercamiento a otras ideas y, como suele ocurrir, la creación de nuevas ideas.
Y la exposición a esa experiencia de vida es tanto un desafío como una necesidad que tiene la juventud talentosa de nuestro país para ser dueña de su propio destino, soñar y construir sus propios sueños, y ser capaz y tener la generosidad de soñar con la Nación de todos.